El tema es mucho más complejo de lo que insinúan las primeras celebraciones anti Le Pen. Macron, además de vencer a la líder nacionalista, se ha propuesto derrotar a una tradición estatista en Francia, ha proclamado a los cuatro vientos su definición hacia una economía de libre mercado, ha señalado que la empresa privada es el motor del progreso y ha definido una línea liberal muy clara durante la campaña, lo que en sí es un sello de distinción y novedad política.
Publicado el 13.05.2017
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La segunda vuelta en la elección presidencial francesa ha terminado con un resultado previsible, que rápidamente generó alegría y tranquilidad en la Unión Europea, así como confianza en el futuro de esa nación. Sin embargo, la realidad no es tan simple como señalar, según se ha dicho repetidamente, que el triunfo de Emmanuel Macron coincide con la detención del populismo representado por Marine Le Pen.

Es verdad que Macron obtuvo el 66% de los votos, frente al casi 34% que obtuvo la líder del Frente Nacional. Sin embargo, como en todos los procesos electorales complejos, es necesario leer un poco más profundo para intentar comprender el momento que vive Europa en general, Francia en particular, y las democracias contemporáneas como sistema político y social.

Del Frente Nacional que antes dirigiera Jean Marie Le Pen se ha dicho prácticamente de todo: que es filofascista; que ha sido por momentos negacionista respecto de los crímenes de la Alemania nazi; que su nacionalismo en anti-inmigración, eurófobo e incluso, por lo mismo, contrario a los intereses de Francia. Sin embargo, cerca de ocho millones de franceses acudieron a las urnas en esta elección -con toda la prensa en contra- para votar por Marine Le Pen. Esto no sólo es un resultado histórico en cuanto a votos y porcentaje, sino que muestra la existencia de una cultura subyacente que no está de acuerdo con la forma en que se viven la unidad de Europa, la inmigración y los problemas del desarrollo económico y social francés. A esto deberíamos sumar la alta abstención, que refleja una cierta indiferencia respecto de quién debe gobernar en Francia.

Un segundo aspecto relevante es relativizar la sensación de victoria y de freno al populismo que se ha extendido tras la derrota de Le Pen. Es verdad que este triunfo puntual es importante, pero también lo es el hecho de que las ideas representadas por el Frente Nacional, lejos de disminuir, continúan creciendo y poniendo en jaque al sistema francés. Es evidente que este freno al populismo es puntual y relativo, y hacia el futuro dependerá de otros factores tener la capacidad de proyectar de manera inteligente y permanente una Francia que se reconcilie con el progreso económico y que deje atrás las tendencias nacionalistas.

El tercer factor a considerar es el riesgo recurrente de repetir y pensar -aunque tenga bases reales- que una eventual victoria de Le Pen en Francia, o de otros líderes “populistas” o nacionalistas en otros países europeos (Holanda y Austria han aparecido en esta situación) representaría un riesgo serio para la democracia. Esto cobra importancia, porque una de las virtudes de este sistema es la capacidad de integrar electoralmente a distintas opciones políticas que compiten por el poder, con posiciones alternativas en distintos temas, pero con una base común en el respeto a la propia democracia y sus reglas. Cuando compiten por el poder político opciones “antidemocráticas” -como sería el caso del Frente Nacional-, más todavía si tienen un gran respaldo electoral, hay un peligro serio que, si se vuelve permanente, debe ser analizado con rigor y enfrentado con seriedad, antes de que contribuya a destruir el sistema desde dentro.

Por otro lado, resulta interesante analizar a Emmanuel Macron, su proyecto político y la victoria inapelable obtenida este domingo 7 de mayo: “Todo el mundo nos decía que era imposible. Pero ellos no conocen a Francia”, resumió el nuevo gobernante. El problema era en parte que su partido En marche! cuenta con apenas un año de vida, y considerando que hace un par de años el propio Macron era un verdadero desconocido en la política internacional, a pesar de su paso por el Ministerio de Economía, durante el Gobierno de François Hollande. El que será el Presidente más joven de Francia tiene apenas 39 años, ha sido un destacado inversionista, especialista en temas económicos, que desde hace unos meses decidió lanzarse en la aventura presidencial, logrando un triunfo impresionante y poco previsto tiempo atrás.

Por todo esto, el tema es mucho más complejo de lo que insinúan las primeras celebraciones anti Le Pen. Macron, además de vencer a la líder nacionalista, se ha propuesto derrotar a una tradición estatista en Francia, ha proclamado a los cuatro vientos su definición hacia una economía de libre mercado, ha señalado que la empresa privada es el motor del progreso y ha definido una línea liberal muy clara durante la campaña, lo que en sí es un sello de distinción y novedad política.

Lo resumió muy bien Mario Vargas Llosa recientemente: “Francia es un país riquísimo, al que las malas políticas estatistas, de las que han sido responsables tanto la izquierda como la derecha, han mantenido empobrecido, cada vez más en el atraso, en tanto que Asia y América del Norte, más conscientes de las oportunidades que la globalización iba creando para los países que abrían sus fronteras y se insertaban en los mercados mundiales, lo iban dejando cada vez más rezagado. Con Macron se abre por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de que Francia recobre el tiempo perdido e inicie las reformas audaces –y costosas, por supuesto– que adelgacen ese Estado adiposo que, como una hidra, frena y regula hasta la extenuación su vida productiva, y muestre a sus jóvenes más brillantes que no es la burocracia administrativa el mundo más propicio para ejercitar su talento y creatividad, sino el otro vastísimo al que cada día añaden nuevas oportunidades la fantástica revolución científica y tecnológica que estamos viviendo” (El País, 7 de mayo de 2017).

Por eso, las consecuencias de la elección de Macron como gobernante de Francia apenas se alcanzan a ver a esta altura. La derrota de Le Pen fue la causa que motivó a muchos de quienes apoyaron al líder de En marche! para la segunda vuelta. Sin embargo, el nuevo Presidente sabe muy bien -a pesar de su juventud- que una cosa es ganar un proceso electoral y otra muy distinta es hacer un buen Gobierno y lograr los cambios necesarios que hacen la diferencia entre el éxito y la modorra, entre el progreso y la mediocridad, entre un futuro promisorio o una ilusoria vida mirando al pasado esplendoroso. En este sentido cobra importancia el desafío de la gobernabilidad y la capacidad que tenga para producir cambios relevantes en la a veces impenetrable tradición francesa.

La elección ha terminado. De aquí en adelante viene la hora de la verdad y Emmanuel Macron deberá demostrar que no sólo tiene capacidades para obtener votos, sino también para mover nuevas inteligencias y voluntades que lleven adelante su programa.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España