En los más diversos análisis estos comicios aparecen deslavados y peligrosos, con una opacidad que contrasta con las manifestaciones de vitalidad propias de la economía y la democracia que han caracterizado a los Estados Unidos, muchas veces temido u odiado, pero también admirado y emulado.
Publicado el 02.10.2016
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El próximo martes 8 de noviembre habrá elecciones en Estados Unidos, la principal potencia del mundo. Esto, que es habitual en las democracias y que los norteamericanos viven con normalidad cada cuatro años, se mira con especial atención este 2016, debido principalmente a lo competitivo de estos comicios, como a los candidatos que han levantado los Demócratas y Republicanos: ambos -tanto Hillary Clinton como Donald Trump- son figuras polémicas, complejas, que generan más detractores que partidarios y que, por lo mismo, hacen mirar la elección con más preocupación que esperanzas.

El tema se ha vuelto a poner en la palestra a propósito del primer debate presidencial entre estos dos principales candidatos, realizado este lunes 26 de septiembre. Esto forma parte de una larga tradición norteamericana -ya presente, aunque de otra manera, en el siglo XIX-, que recuerda algunos enfrentamientos memorables transmitidos por televisión y, según algunos analistas, decisivos. Ahí están los de Richard Nixon contra John F. Kennedy en 1960; Jimmy Carter contra Gerald Ford en 1976; el propio Carter contra Ronald Reagan en 1980; Bill Clinton contra George Bush (padre) en 1992; George W. Bush contra Al Gore el 2000; entre otros. ¿Fue decisivo el primer debate Clinton-Trump? Habrá que ver, pero ya se pueden sacar algunas conclusiones.

Si se analizan las encuestas que existían hasta la semana pasada, los resultados preliminares son realmente extraordinarios: las cadenas Fox y CNN presentan resultados prácticamente iguales, con apenas un punto de diferencia, lo que es un escenario novedoso, cuando hace un mes Hillary Clinton superaba ampliamente a Trump. En las últimas semanas los números se han estrechado y por lo mismo el resultado aparece abierto.

Sin embargo, en el caso del debate del 26S, los números vuelven a cambiar: un sondeo de CNN muestra que el 62% estima que Clinton ganó el debate, mientras sólo un 27% cree que Trump fue el vencedor. Sin perjuicio de ello, todavía es muy pronto para saber si esto tendrá impacto en la intención de voto o si dará un vuelco real en el proceso electoral, cuando todavía quedan seis semanas de campaña y otros debates que reunirán a ambos candidatos. En cualquier caso, la opinión mayoritaria sobre el debate es coincidente con la que han realizado los analistas en diferentes lugares del mundo, incluyendo ciertamente a los norteamericanos.

Por otra parte, se estima que el debate fue seguido por más de cien millones de personas en diferentes lugares del mundo. No resulta extraño, en modo alguno. En parte por lo que significa Estados Unidos para el mundo, pero más todavía por lo que representan Clinton y Trump como candidatos y, por ende, como eventuales gobernantes de la superpotencia del norte. La situación se explica porque -al menos hasta el momento- las dos candidaturas destacan más por las críticas a su adversario de turno que por potenciar sus propias posturas. En otras palabras, muchos comentarios se concentran en por qué no debe gobernar Trump o por qué no debe hacerlo Clinton, más que enfatizar por qué cada uno de ellos sería una buena opción: el primero acusa que la demócrata no muestra los correos electrónicos que borró, mientras a él se le acusa de no mostrar sus declaraciones de impuestos, porque está escondiendo algunas cosas.

El estilo Trump es curioso y corresponde, al menos parcialmente, a ciertas características del populismo como estilo político. El estilo Clinton es el propio de las elites políticas que llevan décadas en el liderazgo de su respectivo país -su marido estuvo en la Casa Blanca durante dos períodos a fines del siglo XX-, en un momento de desprestigio de la actividad y de deseos de cambio: “política típica, que habla y no tiene acción”, le espetó el candidato republicano en el debate. Ambos apelan a liderazgos diferentes, y descalifican la posición y personalidad de su adversario. En el caso de Trump, además, hay variantes de populismo económico y un nacionalismo que propone imponer aranceles altos tanto a las importancias de China como desde México. Clinton, por su parte, explota su capacidad, la calidad de una persona que se ha preparado para el cargo, que conoce diversos lugares del mundo y que tiene una trayectoria que la avala; Trump insiste en su capacidad empresarial, en que tiene inversiones en los más diversos lugares y que pondrá de nuevo en marcha a un país que enfrenta una fase de decadencia. A esta altura, resulta bastante claro que ambos candidatos han logrado persuadir a una parte importante de sus electores, pero que todavía queda tarea para lograrlo con el casi 20% de indecisos, que son los que finalmente inclinarán la elección.

Es probable, como se ha dicho reiteradamente, que esta sea la elección donde han competido los dos “peores candidatos” en mucho tiempo. Ninguno de ellos logra entusiasmar realmente -como lo hizo Reagan o el propio Obama en sus mejores años- y más bien parecen ubicarse en lo que se llama “el mal menor”, es decir el candidato que hay que apoyar para que no sea elegido el contrincante. A ello se suma una característica que estuvo presente en el debate y que ambos intentaron aprovechar: tanto Trump como Clinton aparecen como no confiables. Puede que haya algo de exageración en estas aseveraciones, pero es seguro, al menos en el caso de Trump, que no logra representar la esencia de lo que ha sido el movimiento republicano en el último medio siglo, y no queda claro cuál será su proyección en caso de ganar el magnate.

Las elecciones norteamericanas son muy importantes y muy serias. No sólo incidirán en lo que ocurra en Estados Unidos, sino que tienen una clara proyección mundial, como lo dejaron ver ambos candidatos en el primer debate. Sin embargo, en los más diversos análisis estos comicios aparecen deslavados y peligrosos, con una opacidad que contrasta con las manifestaciones de vitalidad propias de la economía y la democracia que han caracterizado a los Estados Unidos, muchas veces temido u odiado, pero también admirado y emulado. Una campaña que entra en la recta final y cuyo resultado es esperado con atención desde los diferentes continentes.

 

Columna de Alejandro San Francisco, historiador, publicada en El Imparcial de España.

 

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO.