Lo que pasó en Colombia fue histórico, especialmente por su inesperado resultado, que abre las puertas a una paz duradera para Colombia, con justicia, sin ventajismos ni impunidad.
Publicado el 05.10.2016
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El domingo pasado 12 millones y medio de colombianos concurrieron a las urnas para suscribir o rechazar el pacto alcanzado en La Habana entre el gobierno del Presidente Santos y las FARC. Contrariando los pronósticos de todas las encuestas, la opción “No” ganó con un 50,24%, significando un importante triunfo político para el sector liderado por el ex Presidente Álvaro Uribe.

Tuve la suerte de estar en Bogotá representando al movimiento político Republicanos en medio de estas elecciones. El ambiente reinante era propio de un proceso histórico de gran envergadura. Existía la convicción de que Colombia se estaba jugando parte importante de su futuro. Como me comentó un joven militante del Partido Socialista chileno que se encontraba de observador, para nuestra generación este plebiscito era el equivalente al “Sí o No” chileno de 1988.

Sin duda lo ocurrido el domingo fue un hecho doblemente histórico: por el proceso mismo y por su resultado. De esto podemos sacar varias lecciones:

  1. Falsa disyuntiva entre la guerra y la paz

Durante la campaña y a los ojos del mundo se presentó este plebiscito como un referéndum entre la continuación de la guerra por un lado o la obtención de la paz por otro. Sin duda fue un recurso comunicacional efectivo pero que, sin embargo, ocultaba la realidad de los hechos: los colombianos fueron convocados a suscribir o rechazar el acuerdo alcanzado en La Habana -bajo el patrocinio del dictador cubano Raúl Castro- entre el Presidente Santos y las FARC.

En ese sentido, el resultado del domingo permitió derribar esta falsa disyuntiva. Así quedó de manifiesto cuando el propio Presidente Santos -quien durante la campaña tildó a los opositores de “enemigos de la paz”- al momento de aceptar su derrota, reconoció también que todos los colombianos habían votado por la paz. Simplemente dijeron que no a los acuerdos.

Algunos han sostenido que las zonas afectadas por el conflicto votaron mayoritariamente por la opción “Sí”, lo que desconoce que otros lugares también afectados como Caquetá, Arauca, Norte de Santander, Santander o Antioquia votaron mayoritariamente “No”. Más grave todavía, parece desconocer una realidad terrible, como es el hecho de que todo el pueblo colombiano ha sido afectado por la acción de las FARC.

Mención aparte merece un aspecto que parece olvidarse o bien ocultarse: no estamos en presencia de una guerra, sino de terrorismo, fruto de la acción ilegítima de grupos violentos. Menos de 30 mil hombres armados en contra de millones de colombianos, a quienes han atemorizado injustamente durante varias décadas.

  1. Paz con honor

En el preludio de la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro inglés Neville Chamberlain intentó una política de apaciguamiento con el dictador alemán Adolf Hitler, que se manifestó en el famoso Pacto de Munich. Al defenderlo en el parlamento británico, tuvo la enconada oposición de Winston Churchill, quien le espetó al primer ministro: “os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra”.

Al caminar por las calles de Bogotá en compañía del senador Iván Duque, uno de los principales voceros de la opción “NO”, era posible palpar algo de este espíritu churchilliano entre los colombianos. Varios se detenían en la calle para decirle al senador que “no se arrodillarían ante las FARC”, mientras otros sostenían que nada bueno para Colombia podía venir desde el régimen de Cuba.

Como hemos dicho, nadie se opone a la paz, sino a los acuerdos que los colombianos estimaron como excesivamente beneficiosos para quienes se han consagrado a la tarea de asesinar, secuestrar y atemorizar a sus compatriotas. En ese sentido, los acuerdos de La Habana contenían importantes concesiones a los guerrilleros de las FARC, entre ellas: la creación de tribunales de justicia por encima de las cortes colombianas; la adjudicación de diez cupos parlamentarios (5 en la Cámara de Diputados y 5 en el Senado) aun cuando no obtengan ningún voto en las elecciones; la entrega de 31 emisoras de radio para que difundan su mensaje cuando ningún otro partido político posee tal beneficio; la mantención mensual de los ex combatientes y la posibilidad que criminales condenados puedan ejercer cargos de representación popular sin pasar un día en la cárcel, como el propio líder de las FARC Timochenko, que acumula 16 condenas por más de 400 años de prisión y otros 182 procesos en su contra. El acuerdo convertía a las FARC en un partido político bien financiado y con condiciones ventajosas, incluso la de tener parlamentarios sin obtener un solo voto.

  1. Convicciones y valentía

En política las elecciones se pueden ganar o perder, pero nunca se puede dejar de enfrentarlas con convicciones y valentía. Ese es el ejemplo del ex Presidente Álvaro Uribe.

La tarea no era fácil para los partidarios del No. Se enfrentaban a una especie de consenso en la necesidad de transar con las FARC, aprobado por parte importante de la comunidad internacional, entre ellos la propia ONU, Obama e incluso el Papa Francisco; también al aparataje estatal destinado a influenciar el voto, a una campaña millonaria y al apoyo público de los medios de comunicación que se abanderizaron tempranamente con el “Sí”. Incluso al cambio en las reglas del juego, debido a que el Congreso -a instancias del Presidente Santos- bajó el quórum de aprobación del plebiscito de un 50% a solo un 13%. Por eso llama la atención que distintos personeros, incluido el Gobierno de Chile, critiquen la baja participación del electorado, especialmente cuando la propia Presidenta Bachelet no dijo nada por el mínimo quórum requerido para aprobar los pactos cuando estuvo en La Habana o en Cartagena. Esto en caso de que sea verdad que nos interesa la participación y no solo les desagrada el resultado electoral adverso.

Frente a esto, el ex Presidente Uribe salió -en su estilo- a recorrer el país: visitó pueblos distantes, expuso en universidades y organizó conversatorios ciudadanos; sumó el apoyo de otros políticos, como el del ex Presidente Andrés Pastrana; no dudó en calificar los acuerdos de La Habana como “paz con impunidad”, enlazando con el sentimiento profundo de los colombianos que prefieren ver a los terroristas en la cárcel que en el Parlamento (88% según la última encuesta).

La oposición al pacto tuvo en Uribe, en Pastrana y en el ex procurador Alejandro Ordoñez a tres grandes líderes. Como es lógico, no todos los que votaron por el “No” son uribistas, pero fue él quien “encarnó” la oposición popular a los acuerdos. El mayor ejemplo tuvo lugar en Cartagena: mientras el Presidente Santos suscribía el pacto en compañía de 15 Jefes de Estado, el secretario General de la ONU y el representante del Papa, en el otro extremo de la ciudad Uribe megáfono en mano lograba convencer a la calle.

El día de la elección tuve la oportunidad de acompañar al ex Presidente Uribe a votar. Al entregar su voto, declaró que “la paz ilusiona, pero el acuerdo con las FARC decepciona”. El resultado a esa hora era incierto y las probabilidades jugaban en contra. Aun así, el ex Presidente se preocupaba junto a sus más cercanos asesores de buscar la unidad nacional, respetando los sentimientos de los colombianos que habían votado tanto por el sí como por el no. Por eso, a la hora del triunfo, no dudó en tender la mano a los derrotados y llamar de inmediato a nuevos acuerdos de paz, con justicia para todos. Los hechos le dieron la razón. Al día siguiente, las FARC y Santos se manifestaron a favor de reevaluar los acuerdos.

Lo que pasó en Colombia fue histórico, especialmente por su inesperado resultado, que abre las puertas a una paz duradera para Colombia, con justicia, sin ventajismos ni impunidad. Sin duda, un día de elecciones y lecciones para Colombia y el mundo. Un día en que la paz ha dado un paso gigante, que no tendrá vuelta atrás.

 

Julio Isamit, Coordinador General Republicanos.

 

 

 

 

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