Uno de los principios innatos de las democracias sanas es la alternancia del poder. De acuerdo con esto, primero de la mano de Hugo Chávez y hoy al alero de Nicolás Maduro, Venezuela camina por la misma senda que han transitado otras naciones subyugadas por la tiranía de unos pocos.
Publicado el 30.01.2018
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Para no perder la costumbre, Venezuela vuelve a posicionarse en las portadas internacionales, esta vez con la noticia de que las elecciones presidenciales previstas para diciembre—como es tradición— serán adelantadas a abril próximo. Esto cae como balde de agua fría sobre la dividida oposición y le viene como anillo al dedo al oficialismo.

Contrario a lo que puede pensarse, a lo largo del año pasado Nicolás Maduro demostró que no es aquel “mico mandante” del que muchos se mofaron. Resultó que el Presidente venezolano tiene bastante inteligencia y, sobre todo, una gran habilidad política. Lo anterior se refleja hoy: contra viento y marea —sorteando desidias, amenazas y sanciones—, el sucesor de Hugo Chávez está a un paso de consolidarse en el poder.

Adelantar las elecciones supone una movida inteligente del oficialismo, que al sumar diversos factores, evidentemente resolvió que éste es el escenario “ideal” para convocar a las urnas. Es baja la confianza del electorado opositor, desanimado al cumplirse un año de las protestas que, políticamente hablando, resultaron más bien estériles; los constantes fracasos en los intentos de diálogo, las elecciones marcadas por la abstención, y el triunfo del oficialismo en todas ellas agravan el pesimismo.

En este complejo escenario se mueve una fragmentada y desorganizada oposición, que no ha sabido dar muestras concretas de cohesión y claridad de propósito en situaciones claves, como los más recientes procesos electorales. Rearmar su estrategia política en un margen tan acotado de tiempo (menos de tres meses) resulta difícil, más aún cuando las figuras de mayor tonelaje político están detenidas o imposibilitadas de competir en los comicios. Es el caso de Leopoldo López (condenado a 14 años de cárcel), Henrique Capriles (inhabilitado para ejercer cargos públicos) y Antonio Ledezma (exiliado).

El panorama es sombrío y no existe claridad respecto de quién o quiénes representarán a la oposición en las elecciones de abril, tampoco cuál será el proceso para definir a los candidatos, e incluso si participarán o no. Todo indica que Maduro tiene bastante avanzada su “reelección”.

Uno de los principios innatos de las democracias sanas es la alternancia del poder. De acuerdo con esto, primero de la mano de Hugo Chávez y hoy al alero de Nicolás Maduro, Venezuela camina por la misma senda que han transitado otras naciones subyugadas por la tiranía de unos pocos.

Mientras exista control absoluto sobre los poderes del Estado y los medios de comunicación, y mientras se persiga e inhabilite a la disidencia, Venezuela estará más cerca de agudizar su crisis multifactorial que de resolverla. En dicha línea, estas elecciones pueden ser el paso decisivo que acabe finalmente con la poca integridad electoral que queda en el país. Y si todo se desarrolla como lo prevé el gobierno, no cabrá duda: la integridad electoral se habrá extinguido y estos comicios tendrán sólo una fachada democrática. En la práctica serán un mero trámite para perpetuar definitivamente la dictadura chavista.

 

Natalia Farías, investigadora del Centro de Estudios Bicentenario