A la gente no le faltaron motivos para hacer lo que hizo, pero en toda la elite política no se manifestó la menor sospecha. En La Moneda todavía andan preguntando si alguien le tomó la patente al camión, mientras que en la oposición no se pueden borrar la sonrisa, como si se hubieran ganado un Loto muy grande y con boleto regalado.
Publicado el 31.10.2016
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Esta parece ser la pregunta del día y que todos los partidos —especialmente los de oposición— deberían estar haciéndose. Porque nos equivocamos todos, absolutamente todos, y el que me venga con eso de que “tenía la intuición” de que algo así podía pasar… perdone, pero no le creo. Pepe Auth hizo “correr” su modelo y mientras todavía se abrían las mesas y contaban los primeros votos, sostenía en televisión que la Nueva Mayoría obtendría el famoso triunfo cuatro a cero sobre la oposición. Y yo, que estaba con él, no lo contradije, porque pensaba lo mismo.

Hay muchos ángulos para hacer un análisis de lo sucedido: el rechazo político al Gobierno, sus últimas chambonadas hechas con precisión quirúrgica en la semana anterior a la elección, el descontento de la clase media con las reformas, el famoso “jubilazo”.

En fin, lo que está claro es que a la gente no le faltaron motivos para hacer lo que hizo, pero en toda la elite política de dirigentes, autoridades, analistas y expertos en opinión pública, no se manifestó la menor sospecha. En La Moneda todavía andan preguntando si alguien le tomó la patente al camión, mientras que en la oposición no se pueden borrar la sonrisa —salvo algún precandidato presidencial que esperaba un fracaso de Chile Vamos—, como si se hubieran ganado un Loto muy grande y con boleto regalado.

Bernard Manin, importante profesor de ciencia política y autor de un libro muy valorado, “Los principios del gobierno representativo”, anticipó hace tiempo que nuestra democracia estaba cambiando desde su forma tradicional de partidos a otra que él llama la “democracia del público” o de “las audiencias”.  Esto quiere decir que los distintos sectores están midiendo su apoyo más en “rating”, que en “adhesión”.  Es otra de las maneras de describir esta sociedad líquida, que puede cambiar profundamente con una velocidad inesperada.

El capitalismo, en su estado actual de evolución, genera sociedades inestables, con el grado de inseguridad que es correlativo a la libertad. Cualquier emprendedor sabe de lo que estoy hablando; ya no existe la carrera funcionaria, ni en el Estado, ni en la más grande de las empresas. El reloj entregado por cuarenta años de colaboración abnegada y leal prácticamente no existe, porque los trabajadores andan buscando mejores opciones todos los días y los dueños de las empresas andan buscando a quién vendérselas.

Es la cultura de nuestra era y —como la política es el arte de lo posible— hay que lidiar con ella. El punto es que nada asegura que lo que cambió el domingo de las elecciones municipales no vuelva a cambiar el día del conteo de votos presidencial y parlamentario del próximo año. Antes se decía que en política nadie tiene clavada la rueda de la fortuna; ahora nadie sabe dónde está esa rueda, si es que existe.

Lo que es claro es que el electorado no corrió ilusionado a los brazos de Chile Vamos, simplemente abandonó los de la Nueva Mayoría y, por descarte, le propinó al oficialismo una paliza tan inesperada como dolorosa. Pero los electores están ahí, mirando, observando qué les ofrecen; siguiendo con la analogía de Manin, podríamos decir que los chilenos tienen por delante un año de “zapping” político, para decidir finalmente con qué oferta se quedan.

Aquí es donde la oposición no se puede equivocar, porque la derecha, racional como es, tiene tendencia a hacer ofertas asociadas al resultado: vamos a crear tantos empleos, el país volverá a crecer a esta tasa, haremos esto y lo otro. Muy bien, pero hoy a la gente le importa más el cómo: cómo vamos a llegar allá, por qué camino nos vamos a ir, en qué forma voy a participar yo en la construcción de ese resultado.

Vivimos en la sociedad de los procesos, son ellos los que proveen legitimidad, los que deben resistir todo tipo de auditoría social; se deben poder abrir, inspeccionar, desarmar y volver a montar. Las decisiones de un grupo de genios, trabajando 24/7 y tomando café no sirven; la gente que “sabe lo que hay que hacer” no es la que se busca en estos tiempos, la que sirve es la que, además de saberlo, está dispuesta generar procesos de participación para priorizar, definir rutas, medios, etc.

En 1999 Lavín hizo una consulta popular en su campaña presidencial. Por entonces fue una genialidad, pero hoy sería completamente insuficiente. De la etapa en que la gente pedía que se le preguntara, pasamos a una en que pide participar en la confección del cuestionario y luego en trabajar implementando las respuestas. ¿Cómo se hace eso? No conozco la respuesta precisa, pero sí sé que a la derecha se le da menos que a la izquierda trabajar con esta lógica.

Un ejemplo de eso es que muchos políticos le piden a Sebastián Piñera que se proclame candidato ya, ahora. Que se decida. Sería un error. Lo que el ex Presidente debería estar reflexionando, pienso yo, es cuál va a ser el proceso que va a emplear para tomar esa decisión, de qué forma van a participar sus electores, mejor dicho, los electores, en la definición del para qué volver a ser candidato. Simplemente decidirlo evaluando los tiempos, juntando genios a hacer un programa y haciéndole una promesa a “la gente, esos que están allá afuera, esperando la novedad del año”, no funciona.

Los electores, infieles cual consumidor, están mirando qué invitación les formulan y la oposición tiene que aplicarse en ofrecer una entretenida. Si no, a fines del próximo año será ella la que podría estarse preguntando qué fue lo que pasó.

 

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

 

 

Foto : CRISTIAN VIVERO BOORNES / AGENCIAUNO

 

 

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