La propia experiencia de este Gobierno ha hecho que notemos que lo que parece bueno para La Moneda, no es necesariamente bueno para Chile: muchas veces lo que se celebra en palacio, se resiente en los hogares del territorio nacional.
Publicado el 09.10.2016
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En esta primera semana de octubre el gobierno saca cuentas alegres. Comenzó con un ministro Valdés que salió de la retórica del “winter is coming” para anunciar la llegada de “señales primaverales”; continuó con rimbombantes -aunque no sabemos si eficaces- anuncios de la Presidenta frente a la crisis del Sename, y se coronó con una mejora en los resultados tanto para el Gobierno como para la Presidenta en la reciente encuesta Adimark. Se añade a lo anterior, una victoria en el Congreso para el Ejecutivo, al lograr aprobar en el Senado la elección directa de intendentes (Gobernadores Regionales en la nomenclatura del Gobierno), tras ásperas discusiones y negociaciones.

Sin embargo, lamentablemente, la propia experiencia de este Gobierno ha hecho que notemos que lo que parece bueno para La Moneda, no es necesariamente bueno para Chile: muchas veces lo que se celebra en palacio, se resiente en los hogares del territorio nacional. El caso de la elección directa de los intendentes podría ser otra muestra de aquello.

¿Por qué tanta critica y escepticismo con el hecho de que la máxima autoridad del gobierno regional sea electa bajo sufragio? Porque en democracia, los electores votamos con la expectativa de que las autoridades cumplan una función, para cuya realización poseen competencias definidas en la ley. El primer problema de la disposición aprobada es que permite la elección directa de Intendentes sin un decálogo de competencias para el ejercicio de sus funciones. Pero lo que parece más irrisorio es que dichos Gobernadores Regionales deberán solicitar el traspaso de competencias, a nadie más ni nadie menos, que al gobierno central. Quien a su vez, instalará un delegado presidencial, que terminará siendo en la práctica el intendente en las sombras, y como decían en la popular serie que le da el título a la presente columna “el poder es una sombra, y un hombre pequeño (delegado presidencial) puede proyectar una sombra muy grande“.

Como resultado de lo anterior, la frustración de una autoridad electa con un amplio número de votos, pero sin capacidad de incidencia, ni administrativa ni financiera, se cristalizará en una constante tensión y disputa con el poder central, porque recordemos que los escenarios de cohabitación serán posibles, es decir, intendentes de centro derecha deberán lidiar con un gobierno central de izquierda, o viceversa. Esta balcanización política del territorio nacional, configurará un escenario similar al de la serie norteamericana, donde un número de reinos (algunos más dóciles y serviles, otros más hostiles)  entra en disputa permanente con el trono de hierro, emplazado en este caso, en el Palacio de La Moneda. Neutralizar a un intendente con sed de revancha respecto de un poder central que no le otorga reales competencias ni recursos, no será labor sencilla.

Mientras que desde las regiones, los ciudadanos percibirán a su Gobernador Regional como un actor político con legitimidad democrática pero sin poder real (un Jon Snow) y al delegado presidencial como un poder real sin legitimidad democrática (un Lannister). Esa dinámica no es sana, pero no parece preocupar en demasía al Gobierno. Una de las enseñanzas de Juego de Tronos, es que precisamente, no siempre el poder reside donde los hombres creen que reside: los Gobernadores Regionales podrían ser el caso.

 

Jorge Ramírez, Coordinador Programa Sociedad y Política LyD.

 

 

FOTO: HANS SCOTT /AGENCIAUNO