Mientras no se aclaren y resuelvan factores estructurales de desconfianza y desafección presidencial, es difícil que el reencantamiento con Bachelet pase de ser un veranito de San Juan.
Publicado el 14.11.2015
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El leve alza vivido por la Presidenta en la aprobación ciudadana durante el último mes hacía presagiar a su corte palaciega que los días de zozobra política eran cosa del pasado. Que un veranito de San Juan podría dar paso a un estado de reencuentro, empatía y júbilo permanente entre Bachelet y sus súbditos.

Algunos analistas y expertos de segundo piso apostaban a un reencantamiento con bolsones de votantes de izquierda a partir  de un factor “polarización” orquestado desde la Moneda. El anuncio del Proceso Constituyente y el aprovechamiento de la crisis de CMPC habrían logrado ese efecto. Otros señalaban como clave una progresiva materialización de anuncios de carácter “progresista” como la ley de inclusión.

Unos pocos más optimistas han hablado de la instalación en el consciente ciudadano de los avances y beneficios de las reformas estructurales para explicar una pequeña alza de Bachelet en su adhesión en estratos más populares y mujeres. Pero todos esos argumentos se caen frente a la dosis de realidad aportada por la última CADEM. Este estudio, más que mostrar una foto-percepción volátil en los juicios y apreciaciones del venerable durante las últimas dos semanas, es consistente con una tendencia establecida desde el 2014: los chilenos, de forma transversal, no logran entender hacia dónde va el país, cómo se pretende resolver sus problemas materiales básicos de larga data (salud y educación), cómo se disipan las incertidumbres sobre su futuro económico y laboral, y de dónde pueden surgir liderazgos que entreguen sentido de orden y propósito en un contexto de creciente caos.

Si se toman las últimas mediciones de CADEM desde abril en adelante, las áreas de gestión del gobierno valoradas por la ciudadanía que más se relacionan con la aprobación presidencial son precisamente la economía, la creación de empleo, la educación y crecientemente la salud. No las reformas políticas o constitucionales (lo que no quiere decir que no sean relevantes para cambiar la fisonomía política, jurídica y social del país).

Coherente con esta relación aparecen los datos de la CEP que señalan que el aspecto de sus vidas donde los chilenos se muestran menos satisfechos es respecto de su situación financiera. Más aún, entre la CEP de julio de 2014 y agosto de 2015, aumentan de un 24% a un 42% las personas que evalúan la situación económica como mala o muy mala. Dicho pesimismo es sólo comparable en los últimos 10 años, a la medición de junio de 2008, en pleno primer gobierno de Bachelet, cuando se comenzaban a sentir coletazos de crisis subprime y un 45% de encuestados manifestaba que situación económica era mala o muy mala. A esto se suma incertidumbre e inconsistencias derivadas de los recientes anuncios en educación (fin a la selección como principio, pero aumento de la selección en establecimientos emblemáticos de mayor calidad), o salud (una parálisis de los proyectos hospitalarios a construir vía sistema de concesiones, sostenida en ideologismos y gallitos políticos de pasillo, que olvidan la precariedad sanitaria de la población más vulnerable).

Por lo tanto, mientras no se aclaren y resuelvan (al menos a partir de una agenda y hechos más creíbles) los mencionados factores estructurales de desconfianza y desafección presidencial, es difícil que el reencantamiento con Bachelet pase de ser un veranito de San Juan.

 

Juan Cristóbal Portales, Director Magíster Comunicación Estratégica UAI.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO