Termina con el quiebre del oficialismo, cuando la Presidenta Bachelet ha renegado de su liderazgo para conducir a la coalición que nació para sustentar su plan para Chile, con una herida profunda en la centroizquierda que condujo al país con éxito por dos décadas. Se termina la izquierda socialdemócrata y deja instalada a una izquierda elitista, que desprecia todo lo alcanzado en treinta años y que repite las consignas de sus abuelos.
Publicado el 04.08.2017
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Qué mal está terminando el Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, el primero –y probablemente último– de la Nueva Mayoría. Me recuerda esas películas que parten en una fiesta luminosa y burbujeante, pero que en su última etapa develan la trama de mediocridad que envuelve a sus protagonistas.

Termina mal porque en prácticamente todo lo que ha puesto sus manos –y sus equivocadas ideas– hay retrocesos evidentes. Y hasta los ministros que iniciaron su gestión con hándicap a su favor, por su reconocido talento o respetada trayectoria, dan literalmente jugo cuando intentan explicar sus resultados. El caso del ministro Rodrigo Valdés en Hacienda es, tal vez, el más emblemático: llegó para detener malas reformas, revertir el déficit fiscal y restituir el clima de confianza que exige la inversión privada, pero está terminando con resultados económicos peores a los imaginados y convertido, a ratos, en un operador político que siembra verdades a medias para justificar el desastre.

Termina mal porque los chilenos tienen hoy menos opciones de progresar que en marzo de 2014, más riesgo de perder el empleo o de reemplazarlo por trabajos precarios, o de colapso en sus emprendimientos. Porque, además, la reforma educacional, que iba a permitir un salto a la igualdad de oportunidades y justificó el alza de impuestos –cuyo costo estamos pagando en empleo e inversión–, está terminando en un ramplón bloqueo a los colegios particulares subvencionados (el castigo a la clase media que desafió la lucha de clases), en padres acampando en la calle para conseguir una matrícula, en el fin de los liceos de excelencia y en el reemplazo de un sistema de ayudas para la educación superior –de probado éxito, aun cuando requería mejoras– por la consigna de una gratuidad que no podemos pagar y que tiene desfinanciadas a varias universidades.

El Gobierno termina mal porque dio bote en las tareas esenciales para las cuales fue elegido. En Salud volvieron las listas de espera y enfermedades contigiosas que creíamos erradicadas o, al menos bajo control; la deuda hospitalaria va a llegar a su máximo histórico este año; y de los 20 hospitales prometidos, se han construido cuatro o cinco en tres años. En Seguridad, un evidente relajo, sin agenda en el Congreso, con el permanente discurso que justifica la violencia y comprende que jóvenes de 15 años porten armas para robar celulares, sin contar lo que ocurre en La Araucanía, que va ya en su cuarto intendente en tres años. Y así en todas las áreas bajo la responsabilidad del Gobierno.

En este lamentable final de período, La Moneda se da el lujo de utilizar como herramientas electorales reformas que exigen no sólo seriedad, sino grandes acuerdos y tiempo, porque impactarán a los chilenos por las siguientes décadas. Se opta, en cambio, por enviar una reforma previsional a tres meses de las elecciones presidenciales y a ocho de terminar el mandato, anunciada por Bachelet en dos cadenas nacionales durante el último año y de la cual hasta ahora sólo tenemos trascendidos. O por chutear una Ley de Migración, que enfrente con racionalidad tal vez el fenómeno más relevante para Chile en las últimas décadas (y con serio riesgo de convertirse en un conflicto social de proporciones), probablemente con la esperanza de contar con la buena onda electoral de alguno de los cerca de 600 mil inmigrantes que han llegado al país en los últimos años.

Termina el Gobierno con el quiebre de la Nueva Mayoría, cuando la Presidenta Bachelet ha renegado de su liderazgo para conducir a la coalición que nació para sustentar su plan para Chile, con una herida profunda en la centroizquierda que condujo al país con éxito por dos décadas. Se termina la izquierda socialdemócrata y deja instalada a una izquierda elitista, que desprecia todo lo alcanzado en treinta años y que repite las consignas de sus abuelos.

Este final triste le va a costar a Chile un esfuerzo de disciplina y unidad gigantesco para levantarse otra vez. No es la primera vez que debemos pagar la cuenta que deja la izquierda, sin embargo, tengo fe en que vamos a salir adelante.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

 

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