Es evidente que para restablecer el abastecimiento el Gobierno venezolano debe liberar el precio del dólar y las importaciones, pero eso tampoco es una solución al problema de fondo: millones de venezolanos han sido lanzados a la pobreza por un régimen que juraba luchar por los pobres.
Publicado el 27.10.2016
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Con el siglo XXI, el aire en Venezuela cambia. Un militar golpista es electo Presidente y tiene nueva Constitución. El nuevo régimen pone a la economía en un segundo plano, lo importante eran los intereses políticos del Presidente Hugo Chávez.

Su estrategia para mantenerse en el poder fue simple. Proveer a los más pobres grandes transferencias de dinero en forma de programas sociales, ayuda directa en dinero o el control y chantaje a los ayudados, para garantizar su lealtad. Hubo un control progresivo de los medios de comunicación y se organizaron grupos milicianos para atropellar a los opositores. Un elemento importante fue la sumisión de todas las instituciones del Estado a los intereses del Presidente: el Tribunal Supremo de Justicia, el Parlamento, la Fiscalía, la Contraloría, las autoridades electorales, etc.

Para garantizar su legitimidad, Chávez organizó un sinnúmero de elecciones de las cuales salió victorioso en casi todas, pero con un ventajismo enorme, usando todos los recursos del Estado para promoverse, el control abusivo de los medios de comunicación, una fuerte limitación del radio de acción de la oposición, la parcialización abierta de las principales instituciones como el Tribunal Nacional Electoral, etc.

Un elemento esencial de la política chavista fue el arremetimiento contra la propiedad privada. El 70 % de las tierras cultivables fueron expropiadas y ahora se encuentran en total abandono. Industrias completas, como la avícola, el café o el cacao, de las cuales Venezuela tuvo una gran tradición, desaparecieron. Las empresas de servicio como la electricidad, el agua o la telefonía fueron expropiadas, y hoy prestan servicios muy deficientes, con apagones diarios en todas las ciudades del país, racionamiento del agua, etc. En su afán expropiador, el Gobierno se adueñó de bancos, fábricas de aceite, insumos agrícolas o helados, y hasta violó algunos contratos petroleros, como el caso de la Exxon, que tiene una demanda contra Venezuela en tribunales internacionales por incumplimiento de contrato. Se expropiaron centros comerciales, lo cual produjo una parálisis en la construcción del sector privado. Todo esto en aras de un falso nacionalismo. Se expulsó a las compañías norteamericanas y europeas, y se las sustituyó por compañías rusas, bielorrusas, chinas e iraníes.

Toda esa orgía de abusos fue posible de implementar durante el boom petrolero que comenzó en 2004 y alcanzó su punto máximo en 2008. La magnitud de esa bonanza se evidencia al observar que entre 1999 y 2008, el país recibió 400 mil millones de dólares de los cuales 300 mil millones fueron entre 2004 y 2008, los años del boom. El valor de las exportaciones petroleras creció a un ritmo de 170% interanual. Había dinero para todos. El producto interno bruto creció a ritmo de 8,5% interanual. Aunque todo parecía ir bien, esas cifras engañaban, porque la economía tenía un talón de Aquiles: el crecimiento económico se debía a los dólares del petróleo que el Gobierno usó en construcciones y el comercio aprovechó para importar bienes y servicios. El resto de la economía estaba parada.

Cuando el precio del petróleo se revirtió y comenzó a bajar, lo mismo ocurrió con las exportaciones venezolanas. Para enfrentar esta situación, al principio el Gobierno se endeudó. Aun así, el Banco Central cada vez tenía menos reservas internacionales, de 32 mil millones de dólares que había en el primer trimestre de 2009, disminuyeron a 17 mil millones un año más tarde, es decir, cayeron a la mitad en doce meses. En 2011 volvieron a caer a la mitad y siguieron cayendo hasta 2013, cuando se ubicaron en menos de 5 mil millones. Desde entonces han estado oscilando entre mil y tres mil millones de dólares. Sin un ingreso suficiente por exportaciones petroleras, el Gobierno endeudó a la empresa petrolera estatal PDVSA al punto de que hoy está al borde de la bancarrota. Sin crédito internacional por el riesgo de impago y sin un sector privado que pueda suplir la producción de las empresas expropiadas, el Gobierno se encuentra con un cuello de botella que no sabe cómo resolver.

Es evidente que para restablecer el abastecimiento el Gobierno debe liberar el precio del dólar y las importaciones, pero eso tampoco es una solución al problema de fondo: millones de venezolanos han sido lanzados a la pobreza por un régimen que juraba luchar por los pobres. Después de 16 años de revolución, el balance es triste. Entre 1998 y 2016, los años de la revolución, el producto interno bruto es casi el mismo, y si tomamos en cuenta el crecimiento de la población, se observa que el ingreso per cápita en Venezuela es el mismo que existía en 1956, excepto que el ciudadano de hoy tiene muchos más gastos que el de hace 50 años, tales como celulares, televisión por cable, horno microondas, etc.

La revolución nos cambió la vida a todos. Convirtió al país más rico del continente en una sociedad hambrienta.

 

José Noguera, economista