Existe una razón profundamente moral en la prioridad del pleno empleo. Como bien destacaba el Papa, la aplicación de políticas asistencialistas en materia de vivienda o salud es muchas veces necesaria para los más vulnerables, sin embargo, en estas medidas la persona no es el actor principal.
Publicado el 05.04.2017
Comparte:

En los últimos días Chile ha recibido malas noticias en materia económica. El fin de semana nos enteramos de que el sector privado ha perdido 120 mil empleos con contrato en el último año. En el mismo tiempo se crearon 131 mil nuevos empleos, pero por cuenta propia, de los cuales más de 50 mil son de trabajo en las calles. Esto significa que la calidad del empleo en nuestro país, para muchos chilenos, se ha precarizado por causa de malas decisiones políticas y económicas que han llevado a un descenso continuo del crecimiento económico nacional.

Pero esto no es todo. En su último informe de Política Monetaria, el Banco Central disminuyó el crecimiento esperado del PIB para este año a un rango entre un 1% y un 2%. Esta situación podría llevar, en palabras de Mario Marcel, presidente de la institución, a “ajustes mayores a sus planillas de empleo” por parte de las empresas.

Sin duda, estas son malas noticias para los chilenos. Un bajo crecimiento económico y la precarización del empleo significan, en el corto plazo, menores sueldos; en el mediano plazo, menores oportunidades para los trabajadores y sus familias; y en el largo plazo, peores pensiones para nuestros futuros jubilados. Por eso se ha dicho que no hay mejor protección para los trabajadores que el pleno empleo.

Acceder a buenos trabajos es una de las principales prioridades para todos nuestros compatriotas. En ese sentido, conviene recordar las palabras de Su Santidad Juan Pablo II, en su visita a Chile hace ya treinta años. Dentro de sus múltiples actividades, pudo dirigirse a los delegados para la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPALC) en abril de 1987. En esa oportunidad destacó tres puntos que hoy aparecen de especial relevancia.

Primero, que existe una razón profundamente moral en la prioridad del pleno empleo. Como bien destacaba el Papa, la aplicación de políticas asistencialistas en materia de vivienda o salud es muchas veces necesaria para los más vulnerables, sin embargo, en estas medidas la persona no es el actor principal. Por el contrario, al dar trabajo a las personas, “el trabajador se adueña de su destino, se integra en la sociedad entera, e incluso recibe aquellas otras ayudas no como limosna sino, en cierta manera, como el fruto vivo y personal de su propio esfuerzo”.

En segundo lugar, el Papa era consciente del “círculo virtuoso” en la relación recíproca entre desarrollo económico y la creación de empleo. Señalaba expresamente la necesidad de planes de urgencia inmediata para las personas desempleadas. No por nada advertía que “el hombre sin trabajo está herido en su dignidad humana”.

En tercer lugar, el trabajo representa un medio esencial para superar la pobreza y generar más oportunidades para los trabajadores y sus familias. En esto, Juan Pablo II reafirmaba la importancia de la educación, la cultura y la capacitación laboral en la formación profesional de los trabajadores y en la oportunidad, indispensable, de poder dársela a sus hijos. Por eso veía a la educación como la “llave maestra del futuro, camino de integración de los marginados, alma del dinamismo social, derecho y deber esencial de la persona humana”.

Recuperar el valor ético de un trabajo bien hecho, poner los cimientos de una economía que prospere en beneficio de todos y permitir que los niños y jóvenes reciban una educación de calidad que les permita integrarse en la sociedad como personas libres, son algunos de los principales desafíos que nuestra sociedad debe encarar ahora y durante los próximos años.

 

Julio Isamit, coordinador político de Republicanos

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

 

Ingresa tu correo para recibir la columna de Julio Isamit