Las políticas públicas deben avanzar en tener una discusión más técnica que a su vez sea más transparente, de modo que permita distinguir los argumentos de quienes las proponen. También hay que abogar por que en el espacio público estas discusiones tengan un mayor componente histórico.
Publicado el 07.06.2018
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“This time is different”: esta vez es diferente. Este es el título de un famoso libro sobre crisis financieras a lo largo de la historia en donde los autores, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, anotan que esta expresión, utilizada por inversionistas y reguladores que son sobre-optimistas sobre la evolución de los mercados financieros e incapaces de advertir la existencia de burbujas especulativas, representa una mezcla de ignorancia y arrogancia intelectual (y también falta de memoria). En estos casos vemos que, aún cuando la evidencia muestra que hay patrones comunes muy significativos entre crisis (y que son consistentes con distintas teorías económicas), hay agentes que niegan (u olvidan) que la economía y las finanzas cuentan con modelos generales y robustos que sean aplicables a contextos concretos. Nosotros estaríamos dispuestos a argumentar que éste corresponde a un fenómeno más general, que no sólo afecta a los participantes en los mercados financieros.

En efecto, de distintas maneras o formas, esta misma expresión , -“esta vez es diferente”-, ha estado en juego en múltiples circunstancias. Esta última semana, por ejemplo, un medio reportaba que, de acuerdo a un estudio de la Superintendencia de Bancos, la rebaja de la tasa de interés máxima convencional implementada en 2013 habría estado excluyendo a un número significativo de (potenciales) deudores de poder acceder al crédito bancario (eventualmente generándose un desplazamiento de estos agentes hacia otras fuentes de crédito). La idea de rebajar esta tasa sonaba como una política muy razonable. Pero, y sin haber ido a revisar la prensa o los debates parlamentarios de la época, es muy probable que haya habido muchos economistas que predijeron que esta política iba a tener otros efectos (que sus proponentes no habían probablemente previsto), en términos de que muchas instituciones financieras no iban a estar dispuestas a prestar a algunos agentes (a la nueva tasa máxima), dados sus niveles de riesgo. Y, sin embargo, la política se aprobó, presumiblemente porque se pensó que estos presagios no se iban a cumplir (¿o porque estos efectos iban a ser menores comparados con los beneficios esperados de esta política?).

En políticas públicas el voluntarismo no basta.

El punto es que la pura buena voluntad no puede torcer el efecto de las leyes que rigen el comportamiento económico. Este asunto está relacionado con una arrogancia distinta a la anotada anteriormente: del creer que los problemas se solucionan en base a la fuerza de voluntad y sin necesidad de mucho análisis técnico. En políticas públicas el voluntarismo no basta, como aprendimos durante el gobierno pasado. (Y por ello debemos ver con desconfianza el renacer de recetas estatistas ya probadas pero ahora revestidas con aires nuevos, que vemos en nuestro país, y que prometen que “esta vez será diferente”.)

En todo caso, el problema que analizamos no tiene que ver sólo con un exceso de voluntarismo. Cuando se sugiere que una política tuvo “efectos imprevistos”, se da a entender que sucedió algo accidental, fortuito, que es lo que dio lugar a que no se cumplieran las expectativas de los proponentes de la misma. Pero el problema se puede deber a que el análisis consideraba un modelo incompleto o incorrecto; esto es lo que ocurrió en el caso de la tasa máxima convencional. El hecho de que no estemos dispuestos a reconocer que contamos con un marco analítico incorrecto es la que nos lleva a este tipo de justificaciones. El punto es que en estos ámbitos nos cuesta reconocer que podemos estar equivocados.

Hay varias lecciones del ejemplo que hemos consignado. Para anotar sólo un par, nos parece que las políticas públicas deben avanzar en tener una discusión más técnica que a su vez sea más transparente, que permita distinguir (y evaluar) los argumentos de quienes las proponen. Adicionalmente, hay que abogar por que en el espacio público estas discusiones tengan un mayor componente histórico. El aprender del pasado no es mera entretención; es una oportunidad para aprender de las lecciones de otras generaciones, incluyendo de sus errores de política.

Juan Pablo Couyoumdjian, Universidad del Desarrollo