La alta votación del Presidente Piñera puede interpretarse como la aspiración de los grupos medios de volver las cosas a su cauce, esto es, a la senda de la prosperidad perdida en los últimos cuatro años.
Publicado el 06.07.2018
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En “La épica de América”, un libro publicado en 1931, James Truslow Adams acuñó por primera vez el término “sueño americano”, para referirse a la posibilidad de los habitantes de Estados Unidos de lograr sus objetivos en la vida únicamente con el esfuerzo y la determinación. Alcanzar la prosperidad en ese país, al decir del historiador norteamericano, depende de las habilidades de cada cuál y de su trabajo, no de un destino rígido determinado por la jerarquía social o el estado. Desde entonces decenas de millones de personas, entre ellos no pocos chilenos, han vivido en carne propia el “sueño americano”, engrosando la que puede considerarse la mayor clase media gestada por la modernidad capitalista del siglo 20.

¿Podría ser que algo parecido pudiera estar tomando forma entre nosotros, un “sueño chileno” anidándose en el seno de los grupos medios surgidos de nuestra criolla modernización capitalista? Una interrogante de esta naturaleza, que no hace mucho pudo ser un simple desvarío, de pronto cobra sentido cuando centenas de miles de migrantes han cruzado nuestras fronteras desde tierras lejanas para encontrar aquí un destino mejor. Para ellos, qué duda cabe, es el el sueño chileno.

Desde 1990, el crecimiento de la economía chilena generó condiciones para que millones de chilenos ascendieran a niveles de vida propios de una clase media moderna y globalizada.

Pero es la victoria por amplio margen de Sebastián Piñera en la última elección presidencial la señal más elocuente de un “sueño” que parece estar energizando, por así decirlo, las pulsiones de la creciente clase media chilena. Su génesis se encuentra en el status que los nuevos grupos medios alcanzan sobre la base del esfuerzo y la meritocracia, una trayectoria vital radicalmente distinta a la que resulta de políticas de subsidios masivos que han caracterizado el auge de las capas medias en otros países de la región. La diferencia no puede ser más nítida: unos se sienten constructores de su destino y son más bien escépticos del rol del Estado; los otros dependen críticamente del financiamiento público para progresar en sus vidas. Los primeros dependen de ellos mismos para forjar una vida mejor, mientras los segundos esperan casi todo de una caja fiscal que casi nunca da abasto.

En los últimos cuatro años, el crecimiento, motor de la movilidad social, se detuvo casi del todo, frenando el ritmo acelerado que había adquirido el ascenso social por casi tres décadas.

Desde 1990, y en forma casi ininterrumpida durante cinco gobiernos consecutivos, el crecimiento de la economía chilena generó condiciones para que millones de chilenos, que se debatían en los márgenes de la pobreza, ascendieran a niveles de vida propios de una clase media moderna y globalizada. Pero algo inédito tuvo lugar en los últimos cuatro años, una situación que esas personas no habían experimentado hasta entonces: el crecimiento, motor de la movilidad social, se detuvo casi del todo, frenando el ritmo acelerado que había adquirido el ascenso social por casi tres décadas. Por primera vez los grupos medios sintieron en carne propia que el sueño de la prosperidad se podía interrumpir. Y lo que parecía enterrado en el pasado familiar, ese “miedo inconcebible a la pobreza” que Osvaldo Rodríguez canta en “Valparaíso”, hizo presa de muchos hogares que habían logrado superarlo o que nunca lo habían experimentado hasta aquí.

La alta votación que obtuvo Piñera no puede sino interpretarse como una reacción frente a la interrupción del sueño de progreso social que la clase media venía incubando sin pausa por más de un cuarto de siglo.

Así las cosas, la alta votación del Presidente Piñera puede interpretarse como la aspiración de los grupos medios de volver las cosas a su cauce, esto es a la senda de la prosperidad perdida en estos años. En una elección carente de ofertas ideológicas totalizantes o de proyectos épicos de alta capacidad de seducción -algo de eso hubo en la elección presidencial de 2013-, casi no queda otra opción que interpretar ese resultado cómo una reacción frente a la interrupción del sueño de progreso social que la clase media venía incubando sin pausa por más de un cuarto de siglo. En tal caso, estaríamos en presencia de un nuevo ethos en el que ésta crece y se desenvuelve en el Chile del siglo 21, con profundas consecuencias para la política que debe intentar comprenderlo sobre la marcha. Se trataría de un “sueño chileno” en toda la línea, una forma de concebir la trayectoria vital de las personas en el contexto de un mundo de crecientes posibilidades impulsadas por el emprendimiento y la tecnología. Ignorarlo puede llevar a la derrota política, cómo creo que ocurrió en la elección de diciembre pasado, cuando no a la irrelevancia de movimientos y partidos que fueron piezas fundamentales del mapa político chileno de las últimas décadas.

Un “sueño chileno” de estas características, el nuevo ethos social que cristalizó al calor de los mejores años de crecimiento de las últimas décadas -justo cuando, paradojalmente, arreciaban las marchas del movimiento estudiantil de 2011-, se puede constituir en la más formidable plataforma de lanzamiento al pleno desarrollo de nuestro país, una que será muy difícil de derribar por quienes no descansan con la idea de la sustitución del modelo, que hace cada vez menos sentido para los grupos medios.

Claudio Hohman, ex ministro de Estado