Ser viejo o haber estado mucho tiempo en el club de los políticos inmediatamente te hace sospechoso de todos los malos atributos asociados a la clase política. Ese es el síndrome de Hillary Clinton. Independientemente de lo que hagan o digan, esos políticos que llevan tanto tiempo en el ojo público son vistos como miembros privilegiados de una elite que defiende los intereses de los más poderosos y que ha perdido contacto con la gente.
Publicado el 11.11.2016
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La sorpresiva derrota de Hillary Clinton en la elección presidencial estadounidense se explica, más que por un aumento de votos para el candidato republicano, por una caída en el apoyo al Partido Demócrata. Hillary fue incapaz de atraer a todos los votantes de Barack Obama en 2012 y eso selló su derrota. Entre las múltiples causas que se pueden identificar para explicar el poco entusiasmo que generó entre los votantes demócratas, la percepción de que ella estaba más cerca de la elite económica y política que del estadounidense medio probablemente fue una de las más poderosas. Menos gente votó por Hillary que por Obama porque ella no logró cruzar ese río que separa a la elite gobernante del ciudadano común.

En Chile también hay un enorme río que separa a aquellos que llevan demasiado tiempo ocupando espacios de poder del resto de la población. La gente percibe que los poderosos son parte del grupo de los que abusan y gozan de granjerías y privilegios inmerecidos. Porque la creencia generalizada es que la condición de elite en Chile no se obtiene por meritocracia, sino que se hereda o se gana por pitutos o compadrazgos políticos, la gente inevitablemente sospecha de cualquiera que pertenezca a la elite. Ser parte de la elite es codearse con los abusadores y con los que se benefician de los abusos. Ser parte de la elite es desconocer la realidad de esfuerzo y duro trabajo que caracteriza la cotidianeidad del chileno medio.

La clase empresarial y las elites económicas, sociales o intelectuales pueden sentirse incómodas al ser apuntadas críticamente por la gente. Pero no tienen que ir regularmente a pedirle el voto a esas personas para seguir gozando de su condición de elite. La clase política, en cambio, enfrenta un desafío distinto. Para mantener su condición de elite, los políticos necesitan legitimarse con el voto popular. Cada cuatro u ocho años, deben realizar ese acto de humildad que implica salir a pedir sufragios. Es verdad que la victoria en las urnas les confiere un grado de legitimidad superior al que poseen otros miembros de la elite, pero salir a las calles de Chile a pedirle a la gente el apoyo para mantener su posición de privilegio es especialmente complejo cuando en la sociedad reina una animadversión profunda hacia ellos.

En las elecciones del pasado martes, los estadounidenses eligieron a un candidato que, siendo parte de la elite, habló el lenguaje —a veces vulgar y políticamente incorrecto— de la gente común. En las elecciones presidenciales que se vienen en 2017 en Chile, hay buenas razones para creer que la gente también rechazará a los candidatos que sean percibidos como más cercanos a la elite que a los chilenos medios.

Como los electores no ponen demasiada atención a la política cotidiana, buscan atajos de información que permitan sacarle la foto a los distintos candidatos. Si bien en el pasado la militancia política era un buen indicador de valores y principios, la militancia partidista ya no predice bien las creencias de los políticos. Así como hay conservadores en todos los partidos, los liberales también militan en distintas partes. Además, de poco importa, porque la gente igual mete a todos los políticos en el mismo saco.

Pero como igual deben escoger a alguien para que los gobierne, la gente asocia lo joven y nuevo con la distancia a los políticos y la cercanía con la gente. Ser nuevo significa estar menos contaminado por las prácticas que llevan a crear trenzas entre la elite política y económica. Ser joven es casi garantía de que también se es nuevo.

En cambio, ser viejo o haber estado mucho tiempo en el club de los políticos inmediatamente te hace sospechoso de todos los malos atributos asociados a la clase política. Ese es el síndrome de Hillary Clinton. Independientemente de lo que hagan o digan, esos políticos que llevan tanto tiempo en el ojo público son vistos como miembros privilegiados de una elite que defiende los intereses de los más poderosos y que ha perdido contacto con la gente. Cuando un político es percibido como Hillary Clinton, adquiere una vulnerabilidad que resulta fácil de explotar por cualquiera alternativa que logre convencer al electorado de que es nueva o joven. El político viejo tendrá un camino cuesta arriba y cargará con todas las sospechas que provocan los políticos profesionales. En cambio, el desafiante nuevo —por más debilidades e inexperiencia que tenga— posee un atributo ganador: no es un político tradicional.

En la presidencial norteamericana Trump logró la victoria porque el muro de contención que había construido Hillary Clinton se derrumbó producto de una abstención más alta a la esperada entre los estadounidenses que rechazan a Donald Trump. A su vez, Trump logró imponerse porque convenció a muchos indecisos de que, a pesar de sus debilidades y fallas de carácter, al menos lo vieran como una cara nueva que estaba en pugna con esa odiada elite conformada por gente de dinero y por la clase política gobernante.

 

Patricio Navia, #ForoLíbero

 

 

 

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