Que un niño o joven no entienda lo que lee o tenga malos resultados en esa área es una limitación muy grave a sus posibilidades de desarrollo y a sus oportunidades educacionales o laborales futuras. Como ese es el tema de fondo, es evidente que hay que aproximarse de manera distinta a estas pruebas. La información no existe simplemente para saber “cómo estamos”, sino también para ver de qué manera revertir los malos resultados.
Publicado el 03.05.2017
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En abril conocimos los resultados de la última prueba SIMCE, que una vez más trajo tristes resultados. Si bien hay algunas razones para alegrarse, como el alza en Lenguaje de los Cuartos Básicos en el promedio de los últimos diez años, las cifras generales nos muestran un sistema educacional estancado.

Esto es lamentable, porque desde hace muchos años sabemos que la enseñanza chilena tiene problemas en áreas tan importantes como Lenguaje y Matemáticas, pero después de analizar los resultados, criticar una política determinada o al instrumento de medición, siempre volvemos a la realidad cotidiana, sin realizar cambios fundamentales que permitan un giro radical.

En ese sentido, es preocupante que los jóvenes de Segundo Medio promedien siete puntos menos en Lenguaje que hace diez años. No se trata, como algunos sostienen, de un mero problema de números, o de la obsesión por las pruebas estandarizadas, sino de un tema mucho más profundo: que un niño o joven no entienda lo que lee o tenga malos resultados en esa área es una limitación muy grave a sus posibilidades de desarrollo y a sus oportunidades educacionales o laborales futuras. Como ese es el tema de fondo, es evidente que hay que aproximarse de manera distinta a estas pruebas. La información no existe simplemente para saber “cómo estamos”, sino también para ver de qué manera revertir los malos resultados.

Como bien sabemos, uno de los problemas fundamentales de la educación chilena es la calidad. El país tiene una cobertura extraordinaria en la enseñanza básica, media y universitaria, lo que rápidamente nos lleva a dos conclusiones. La primera es que se debe ampliar la educación preescolar, con especial cuidado de que llegue a los más pobres y así tengan una formación de base adecuada para continuar el resto de la enseñanza formal. La segunda es que, allí donde se ha logrado la cobertura, es imperativo mejorar la calidad, de manera de eliminar un autoengaño y aumentar los estándares, como lo exigen la sociedad y la realidad del mundo contemporáneo.

En lo esencial, los alumnos de Segundo año Medio obtienen malos resultados en el SIMCE de Lectura, al igual que hace unos años los estudiantes de Cuarto Básico no entendían lo que leían en un porcentaje cercano al 50%.  Si hace una década, con los datos sobre la mesa, hubiéramos hecho un giro radical en la enseñanza para que todos los que no entendían lo que leían lograran hacerlo, hoy no solo tendríamos resultados mejores, sino también una generación con más oportunidades. No reparar en esto es seguir cometiendo una injusticia, así como mantener un discurso ideologizado y poco sensible a la realidad representa una frivolidad política y una ausencia de sentido común que terminan pagando siempre los mismos.

El próximo Gobierno –al actual no podemos pedirle más— debe poner a la educación de calidad como una prioridad de Estado en la cual se comprometan las familias, la Iglesia, los particulares, la sociedad civil, las universidades y los municipios. Hay que desterrar la cultura del estatismo y de las ideologías gastadas, para avanzar hacia un futuro en que a los niños y jóvenes no se les repita que han vuelto a obtener malos resultados, sino que hay un compromiso social por el aprendizaje y el proyecto vital de cada uno de ellos. Los resultados del SIMCE han demostrado una vez más que hemos fallado: ahora es necesario transformar las quejas en oportunidades, los lamentos en decisiones y las ideologías del Mineduc en aprendizaje real para los niños y jóvenes de Chile.

 

Julio Isamit, coordinador de Republicanos

 

 

FOTO: VICTOR PEREZ/AGENCIAUNO

 

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