Los candidatos que se están perfilando lamentablemente no están cumpliendo con una imprescindible característica para que una democracia sea sana: el uso de la palabra pública.
Publicado el 27.08.2016
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Se acerca a toda velocidad el momento de la verdad. Los pre-pre-pre-candidatos presidenciales se están acomodando para lograr el apoyo de la ciudadanía. Lamentablemente lo están haciendo de la peor forma: callan. Desde hace algún tiempo —inspirados por la técnica bacheletista del «paso»—, los líderes que se asoman como posibles cartas para alcanzar la primera magistratura parecen guardar un parsimonioso silencio cuando sienten que se está asomando cierto apoyo popular manifestado en las encuestas: Piñera casi no habla, especialmente a propósito de lo que se está fraguando en Argentina, Guillier dice que no está preparando una candidatura mientras hace campaña municipal por el país, Allende es presionada por sus propios correligionarios para que acepte que es una opción, Lagos manifiesta algo y escondido espera los efectos, Enríquez-Ominami ya casi no existe ante su debacle judicial y Ossandón hace rato que no da declaraciones rimbombantes.

Sin embargo, debemos decir que la democracia no es solamente el gobierno de la mayoría como comúnmente se nos enseña. La democracia es el ejercicio de la deliberación pública, del encuentro entre personas distintas, con opiniones contextualmente condicionadas deseosas de lograr su propio modelo de sociedad para el conjunto de la comunidad nacional. Así, el proceso mediante el cual se selecciona un gobierno será legítimo si y solo si los participantes de este proceso están en diálogo y exposición constantes. Lo diré de manera sencilla: si un candidato presidencial no expresa sus opiniones y asimismo las somete libremente a la discusión pública, no es un demócrata.

Los candidatos que se están perfilando lamentablemente no están cumpliendo con una imprescindible característica para que una democracia sea sana: el uso de la palabra pública. Los ciudadanos merecen conocer las opiniones de quienes probablemente conducirán los destinos del país los próximos años. Pensemos en los jóvenes Jackson y Boric: ellos disfrutan altos niveles de aprobación en parte porque son capaces de decir lo que piensan. Irrigar las arterias de la democracia supone la expresión libre de puntos de vista. Esto solo puede tener buenas consecuencias, excepto para los políticos, claro, dado que están sometidos a la capacidad crítica de la ciudadanía.

Llama la atención el comportamiento de los mencionados porque, si de algo podemos estar seguros, es que para ser Presidente de la República es fundamental tener un alto grado de confianza y vanidad. ¿Cómo es posible que alguien tenga la soberbia como para creer que sería capaz de gobernarnos y, a la vez, está dispuesto a anular su propia capacidad de expresar su opinión de lo que quiere para el país? Es que el deseo por alcanzar el poder es tan grande que es capaz de hacer callar a quienes toda la vida no buscaron hacer más que aparecer tras las cámaras y ser recordados en los libros de historia.

 

Jean Masoliver Aguirre, Cientista político Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO: MATIAS DELACROIX/ AGENCIAUNO