Mientras los políticos acusados no realicen actos de nobleza que apunten a un desarrollo ético de su labor, la clase política no se transformará en modo alguno. La condena de las “malas prácticas” debería salir de los discursos de campaña y comenzar a forjarse en actitudes políticas concretas y serias.
Publicado el 03.07.2016
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La formalización de Laurence Golborne pasó sin pena ni gloria. A pesar de la suavidad de las medidas cautelares, que hoy son fundamentales para que comience la polémica, nadie dedicó mucho tiempo a discutir sobre el caso Golborne. Pareciera como si el fenómeno de la falta de probidad se estuviera volviendo algo común para los chilenos. Además de las cautelares, hubo otro elemento que quizás ayudó a que la formalización pasara “de colado” entre la prensa: la silenciosa participación del acusado. Golborne no dijo nada, ejerciendo su derecho a guardar silencio y aludiendo de esta forma a su total inocencia. No apareció ni la más mínima intención de dar una cuña para la galería, algo que alimentara el comidillo político de la semana. Nada de nada.
Cuando vemos a los políticos en instancias de campaña, los discursos que se plantean sobre ellos mismos son bellísimos. Todos han salido de la clase media, todos han venido de sectores sociales vulnerables, todos se han esforzado para llegar a donde están, todos lucharon o contra la dictadura o contra el marxismo, todos son humildes, buenos, probos. Todos estarían de acuerdo en que Chile debe ser un país mejor. Nosotros, los ciudadanos, vemos su propaganda y creemos que aquella historia es verdadera. Podemos tener dudas, puesto que también nos creemos ese cuento de que son todos malos y corruptos. El punto es que, llegadas las elecciones, vamos a las urnas y votamos por ellos creyendo parcial o totalmente que le hemos hecho un bien al país.
Cuando volvemos al día a día, somos capaces de recordar que las personas por las que votamos son normales. Cometen errores y pecados, como cualquier ser humano, pero hasta que no vemos acciones de corrupción explícitas su imagen no cae en el desprestigio. Hoy vivimos en un momento en que hemos cruzado ese umbral. Los políticos tienen una aprobación paupérrima, los partidos comienzan a fraccionarse lentamente y la participación decae elección tras elección.
De ahí que el silencio de Golborne y sus declaraciones posteriores llamen la atención. Todos los personajes cuestionados continúan tomando decisiones en que prima el cálculo. Siguen teniendo en el bolsillo la regla de tiempos pasados y con ella miden las consecuencias de una situación que ha cambiado. Así es como vemos que al discurso de probidad, superación y buena onda que abunda en las campañas, le sigue un discurso de “letra chica”. Un ex senador que emitió boletas ideológicamente falsas se salva de un juicio por la prescripción y de inmediato aparece la vieja regla: la prescripción equivale a probidad. Lo mismo en el caso de Golborne, que dice no haber cometido delitos tributarios cuando lo relevante es si éticamente su conducta fue la adecuada para su campaña.
Hoy ya no estamos para ese tipo de actitudes. Por mucho que lo correcto a la hora de defenderse de las acusaciones es apuntar con especificidad a las mismas, de lo que se trata es de definir actitudes para abordar la situación de una política futura. Mientras los políticos acusados no realicen actos de nobleza que apunten a un desarrollo ético de su labor, la clase política no se transformará en modo alguno. La condena de las “malas prácticas” debería salir de los discursos de campaña y comenzar a forjarse en actitudes políticas concretas y serias. Acabar, en último término, con ese doble estándar que no siempre castigamos al votar.
Hay un problema con todo esto. No tenemos la certeza de poder esperar ese tipo de cambios al interior de estructuras de poder tan establecidas. Nuestros partidos tradicionales lo demuestran cada día. Así, tras una ley de primarias que fue aplaudida como el punto cúlmine de la democratización de los partidos, ahora debemos sentarnos a contemplar cómo ellos mismos se pelean para saltarse un mecanismo que crearon con sus propias manos. Nuevamente el doble estándar. Primero panegíricos de la probidad al crearse la ley y después peleas con el Servel y entre los partidos de las coaliciones para utilizar consultas ciudadanas en vez de primarias.
Algunos vemos con potencial un espacio político aún en pañales, pero con futuro: la universidad. Aunque en las tradicionales las malas prácticas están instaladas, en las privadas hay cierta inmadurez e ingenuidad que las convierten en terreno fértil para nuevas (y mejores) prácticas. Es de esperar que aparezcan ahí movimientos y líderes que, defendiendo su autonomía y no dejándose llevar por las prácticas de otras casas de estudios, construyan la posibilidad de apoyar ese recambio político que tanto necesitamos.

 Francisco Belmar Orrego

Investigador Fundación para el Progreso