Los prejuicios son conscientes, los declaro, pero los sesgos están ahí, en lo profundo, haciéndonos creer que son la verdad, cuando muchas veces es solo parte de aquello que nos ha tocado vivir y heredar.
Publicado el 21.06.2016
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Que el ser humano compone y se compone de sesgos, es un hecho ineludible. Que nos afrontamos al mundo con ideas preconcebidas de lo que es y puede ser, es casi una certeza. Que creemos que las cosas son o no por una razón, es lo que está arraigado en lo profundo del inconsciente, y que al imponerlo como la verdad, ha generado las más grandes de las crisis, guerras e involuciones.

Hace solo algunos días vivimos el horror de Orlando, donde 49 personas dejaron de existir por el solo hecho de ser ellas, y no estar dentro del deber ser de Omar Mateen, el autor de la masacre. Cuando tuvimos la posibilidad de contar con una mujer como Presidenta de la República, mucho se habló de la real capacidad de gestión que podría tener ésta por ser mujer, y por ende más sensible y menos ejecutiva, restando totalmente realidad a sus potencialidades como líder que –en esa primera administración- la llevaron a ser uno de los mandatarios más reconocidos y admirados, y que definitivamente lo bueno y lo malo no tuvo ni tiene que ver con su género. Y si nos remontamos sólo a algunos años atrás, la lucha de las personas de color, de las mujeres, de los inmigrantes, de los pueblos originarios y de tantos aquellos a los que llamamos minorías, son parte de esta historia, que se sigue construyendo con nuestro presente, cargada de sesgos y prejuicios, que han significado grandes sacrificios y tragedias en la historia de la humanidad.

Yo, como mujer, sin duda he sido parte de eso. Que no iba a ser capaz de irme a estudiar sola fuera de Chile; que no iba a poder levantar sola una organización; que no me metiera en temas que son de hombres; que no mezclara el desarrollo humano con los negocios porque no tiene nada que ver; y tantos otros NO son parte de esas trabas que en muchas oportunidades me hicieron repensar mis decisiones y sueños y, al no abandonarlos, luchar contra muchas corrientes que me quitaron energías y tiempos para poder avanzar y aportar. Porque sí, uno de los más grandes problemas que genera el sesgo es el no permitir que todos los potenciales con los que contamos salgan a relucir por el temor a no estar dentro de ese deber ser o simplemente no contar con el espacio para desarrollarlos por no ser parte de lo que se debe ser.

Sin duda, mi historia es la de muchas, y por qué no decirlo, también de muchos, que han afrontado estos u otros sesgos. Porque el primero que hay que romper es el de creer que yo no los tengo y no los traspaso a mi manera de ver y relacionarme con otros. Los prejuicios son conscientes, los declaro, pero los sesgos están ahí, en lo profundo, haciéndonos creer que son la verdad, cuando muchas veces es solo parte de aquello que nos ha tocado vivir y heredar.

Hace solo algunos días tuve la oportunidad de reunirme con 50 altos ejecutivos -presidentes, directores y gerentes generales- de gran parte de las más importantes empresas nacionales y multinacionales, (¡y sí! como imaginan) en su gran mayoría hombres, en promedio de 50 años, casi en su totalidad ingenieros comerciales, economistas o abogados. ¿Para qué? Para responder “cuáles sesgos inconscientes existen en cada uno de ellos en relación a la inclusión de la mujer en la alta gerencia”, y uno de los primeros resultados fue mi propio sesgo ante ellos. Por todas las características dadas anteriormente me mentalicé para estar en un espacio –el que, como parte de la metodología del ejercicio, repetimos cuatro días seguidos, por dos horas cada jornada- donde las respuestas políticamente correctas iban a predominar y en el que uno de los principales argumentos sería que no era real que a la mujer no se le diera espacio en el mundo laboral, sino que si no pasaba, era simplemente porque ellas querían otra cosa o no lo buscaban realmente. Y… sorpresa… durante las ocho horas de conversación pude escuchar cómo cada uno de los asistentes fue generando un proceso profundo de introspección que les permitió reflexionar sobre aquello y exponer sesgos que sinceramente no pensé escuchar de gran parte de ellos. Y para ser justa, lo creí así no solo por mis sesgos, sino que también porque por siglos hemos sido protagonistas sobre cómo en nuestro país las mujeres aún no cuentan con el espacio que les corresponde, y no por ser mujeres, por ser parte de esa minoría –que curiosamente es más del 50% a nivel nacional y global- sino que por ser personas, que debemos estar presentes en las diferentes aristas de la construcción social. Un ejemplo claro de esto es la no presencia de mujeres en los seminarios y foros que se realizan para hablar del Chile de hoy y del futuro. Porque si somos claros y radicalmente honestos, la presencia femenina está muchas veces representada por la Presidenta Bachelet o en las ministras, no por ser ellas o representar ese porcentaje de la sociedad, sino que por el cargo que tienen.

Pero, qué permitió que este sesgo no se hiciera realidad, que rompiéramos la barrera,. Sin duda fue, y aunque a estas alturas ya parezca cliché, la confianza. Generar espacios de confianza y respeto son la clave para poder debelar la realidad con la que todos cargamos y vivimos. Es en esos espacios donde la posibilidad de dar mi opinión sin ser ridiculizado, abucheado o endiosado es una realidad, donde realmente podemos pararnos frente a otro como un verdadero y legítimo otro, conociendo y comprendiendo mi entorno, y cómo yo puedo afectar en éste. En definitiva, integrar que somos parte de un todo diverso y que la lucha no está por incluir a la minoría, sino que respetar y validar la diversidad que no tiene que ver con el género, orientación sexual o raza, sino que son todas las características particulares que nos hacen únicos y diferentes en muchos sentidos frente a otros.

Algunas de las conclusiones para lograr vivir en equidad fueron trabajar en políticas públicas que promuevan las condiciones; en políticas empresariales que permitan que el desarrollo personal y laboral equitativo ocurra; algunos estuvieron de acuerdo con la ley de cuotas para la promoción de la mujer; mientras que otros apostaban por el cambio de estructura para integrar a las mujeres –y otras de estas llamadas minorías- en la construcción de la sociedad. Pero sin duda, la más concreta de las soluciones, y que se necesita primero para lograr lo anterior, fue el apostar por una transformación de mirada, generar un cambio radical cultural de cómo veo al otro, para así lograr un nosotros en donde la diferencia sea un valor y no una barrera.

¡Sí hay esperanza, pero poco tiempo para lograr los cambios urgentes! Hay que actuar y transformarnos ya, y por cierto, no esperar a la generación de los “30” para que haga el cambio, ya que éste sería un acto de irresponsabilidad con respecto a nuestro presente y futuro.

 

Soledad Teixidó, Presidenta Ejecutiva PROhumana.

 

 

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO