Cómo no va a ser ingenioso que a nosotros, los campeones del discurso de la desigualdad y el abuso, bajo el Gobierno de la Presidenta paladín de esta visión, cuyo programa y reformas son una oda a esta concepción de la realidad, nos tengan en el rincón con unas pocas cucharadas de nuestro propio jarabe.
Publicado el 27.09.2015
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La clase política chilena -y no sólo la izquierda, aunque me pese reconocerlo- se ha dedicado en los últimos años a convencernos que vivimos en una sociedad “brutalmente desigual” y, por ende, injusta.  Claro, porque esa desigualdad permite que unos pocos que concentran la riqueza abusan de la inmensa mayoría, que se encuentra indefensa frente a los “abusadores”.  Es, en el fondo, el capitalismo que crea estructuras que perpetúan el control de la minoría privilegiada, por sobre la mayoría sometida.

El problema es que la tesis se explica fácil, pero se refuta con datos, argumentos y evidencia histórica; o sea la tesis del abuso calza con la intuición que la gente tiene de las cosas y su refutación apela a la racionalidad.  El drama es que, como sabemos penosamente desde Galileo, la intuición corre más rápido que la racionalidad, aunque esta última corra mucho más lejos. Por eso, la tumba de Galileo es más visitada de lo que fue su residencia en vida.

Ahora, le quiero pedir, estimado lector, que me siga en el siguiente razonamiento: aplique la tesis de la desigualdad y el abuso a nuestro conflicto con Bolivia, la campaña de comunicaciones del país altiplánico y la vocería de Evo Morales.  En el discurso de Morales Bolivia es el débil, víctima de la tremenda desigualdad en el poder económico y militar que tiene respecto de Chile, cuya pobreza es causada por el progreso nuestro –a fin de cuentas le quitamos su principal riqueza- y, abusando de nuestra condición, le negamos un acceso soberano al mar que les permitiría un mínimo de igualdad de oportunidades.

¿Cuál es la respuesta de Chile? Que la Ley y el Derecho Internacional están de nuestra parte, esgrimimos Tratados, principios jurídicos, argumentos lógicos, interpretamos y concordamos normas, citamos precedentes; mientras Evo, con su mejor aspecto de niño bueno y un gorrito altiplánico nos dice: ¿qué les cuesta?

Con el debido respeto por mis profesores de Filosofía, que me enseñaron en la universidad las pruebas de la existencia de Dios elaboradas por Santo Tomás, desde hace mucho pienso que al doctor angélico le faltó una: el evidente sentido del humor de que hace gala el Creador.  Cómo no va a ser ingenioso que a nosotros, los campeones del discurso de la desigualdad y el abuso, bajo el Gobierno de la Presidenta paladín de esta visión, cuyo programa y reformas son una oda a esta concepción de la realidad, nos tengan en el rincón con unas pocas cucharadas de nuestro propio jarabe.

Lo que me cuesta entender es que nuestros fabricantes del elixir no sean también los mejores para elaborar el antídoto y, a la hora de contestarle a La Paz, se comporten como el más clásico de los empresarios, de esos que ellos mismos denuncian como abusadores: contratan al mejor abogado (Bulnes), esgrimen la legislación vigente (Tratado de 1904) y declaran su confianza en las instituciones (Corte Internacional de La Haya).  Ah, por cierto, y nuestro Canciller no pierde oportunidad de decir que si la tesis de Bolivia prospera se termina la estabilidad de las fronteras y el principio de intangibilidad de los Tratados.  O sea, la tercera guerra mundial ad portas si gana Evo (campaña del terror).

Ahora, para coronar todo lo anterior, hemos dado muestras de varios de nuestros rasgos nacionales: la ciclotimia (lloramos depresivamente la peor derrota con un análisis que, en el mejor de los casos, es ramplón); todos somos generales después de la batalla y ahora hay como 10 millones de especialistas en Derecho Internacional que “siempre supieron” que no había que plantear al cuestión previa; y, cómo no, buscamos un chivo expiatorio y Felipe Bulnes cumple todos los requisitos, es competente, serio y dedicado como nadie.

Probablemente tenemos varios aspectos que corregir para hacer mejor nuestra defensa, pero tengo una visión diferente de las que se han expresado hasta ahora sobre el punto.  Nuestro problema no es jurídico, no es verdad que tengamos que reforzar nuestra defensa y mucho menos es justo que las emprendamos contra los que han hecho su mejor esfuerzo en nuestra representación.

Tenemos que enfrentar políticamente el fondo de la lógica que utiliza Evo: esta no es una disputa del débil contra el fuerte, sino del “pillo” contra el sistema; la Corte no puede ser el medio al servicio de “los vivos”, que usan el sistema para beneficio personal perpetuándose en el poder y demandan “por si pasa”. Necesitamos un relato que explique el conflicto en un eje completamente diferente al que nos plantea el populismo de Morales, pero la pregunta del millón es ¿podemos hacerlo, mientras sigamos aplicando en nuestra política interna la misma lógica con la que Evo nos golpea afuera?

Este no es un problema de “mar por gas”, sino de “mar por populismo”.  No hay duda que Dios tiene sentido del humor.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

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