Ante una Nueva Mayoría sin sustancia y con una centroderecha que tiene más de pacto instrumental-electoral que de coalición política, se abre una oportunidad histórica para la reconfiguración de una fuerza capaz de unir a sectores socialcristianos y conservadores. Esta unión, con precedentes claros en la historia de Chile y con una matriz doctrinaria común, abre una oportunidad para una ecuación ideológica muy particular, capaz de conjugar un fuerte cariz social con una clara identidad de principios, tan necesaria en nuestro país.
Publicado el 14.08.2017
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De un tiempo a esta parte el escenario político ha comenzado gradualmente a reordenar sus fuerzas. El nacimiento del Frente Amplio, con su impulso desde las universidades, ha reestablecido un espacio más o menos ausente durante la década del 90 y se ha constituido como una nueva fuerza política del país. Por su parte, la alianza liberal Sumemos -que hace unos días fue presentada por Andrés Velasco y Lily Pérez-, con sus respectivos partidos, intentará reubicarse en el centro político y encantar desde el discurso público de las libertades individuales.

Dado este movimiento de cartas, cabe preguntarse: ¿es lo único que puede pasar? Claramente, no. Ante una Nueva Mayoría sin sustancia y paradójicamente relegada a ser “minoría”, y con una alianza de centroderecha que tiene más de pacto instrumental-electoral que de coalición propiamente política, se abre una oportunidad histórica para la reconfiguración de una fuerza que sea capaz de unir a sectores socialcristianos y conservadores. Esta unión, con precedentes claros en la historia de Chile y con una matriz doctrinaria común, es una oportunidad para situar en el escenario político actual una ecuación ideológica muy particular, capaz de conjugar al mismo tiempo un fuerte cariz social, junto a una clara identidad de principios, tan necesaria en nuestro país.

Esta fuerza, para hacerse efectiva, requiere de al menos tres condiciones básicas. La primera consiste en readaptar y revivir el impulso presente en la Juventud Conservadora de los años 30, quienes, según describe Alejandro Silva Bascuñán en su libro Una experiencia social cristiana, fueron capaces de exponer con intensidad un catálogo rebosante de ideas, lo que les permitió rebelarse frente a una actitud complaciente y miope de los políticos de su época. En segundo lugar, esta readaptación necesita de un compromiso real con las “miserias humanas” que afectan a la sociedad chilena actual, constituyéndolas como un elemento central de su identidad.

Por último, para hacerse efectiva, esta nueva alianza requiere superar divisiones añejas y poco representativas de los desafíos actuales, superando así la obsoleta división que significa el plebiscito de 1988. Este desafío sólo podrá ser asumido por nuevas generaciones de políticos socialcristianos y conservadores dispuestos a juntar aguas y a construir política desde la misma ribera del río.

Finalmente, para hacerse realidad, esta tercera fuerza cuenta con un conjunto de diagnósticos e ideas vigentes y con un concepto novedoso que permite darles aterrizaje político: la solidaridad. Ella, como principio que orienta el orden social, permitirá dar respuestas concretas a una tensión social que aumenta cada día más. Una tensión fomentada por la izquierda radical y desconocida por la fuerza liberal, pero a la que la unión de conservadores y socialcristianos podría responder de manera integral.

 

Pablo Valderrama, director de Formación de IdeaPaís

 

 

FOTO: RAFA MARTINEZ /AGENCIAUNO