Me inclino por pensar que estamos ante un portafolio de demandas no satisfechas que hoy están representadas por sujetos menos ilustrados, con menos capacidad retórica para instalar discursos, y menos habilidad política para ser escuchados que los líderes estudiantiles del movimiento del 2011, que por lo demás fue igual o más violento.
Publicado el 27.06.2016
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La noticia que resaltó sobre la marcha estudiantil del jueves pasado fue que hubo aislados disturbios. Una pregunta que pudo surgir casi inmediatamente fue: ¿deberíamos alegrarnos porque hubiese menos violencia? Sin embargo, por legítima que fuera esa interrogante, supone que el universo imaginario del llamado movimiento estudiantil y sus demandas gira en torno a la protesta y a la violencia. De modo que es posible preguntarse también, incluso antes de si hemos de alegrarnos por bajar los niveles de violencia de las marchas, ¿no hay otra forma de canalizar políticamente las demandas?

Es cierto que las sociedades contemporáneas exhiben una desideologización producto de un largo derrotero provocado por motivos filosóficos, sociológicos, políticos y tecnológicos. Nos comprendemos, relacionamos –y expresamos- de modos distintos a los de hace 50 años. No obstante, la forma en que canalizan algunos sectores sus demandas, particularmente los estudiantes, parece aún decimonónica. Por varios motivos.

Primero, porque no estamos frente a un ejercicio político propio de la postmodernidad, a saber, convertir asuntos privados en un problema público; la educación es más bien desde antaño un tema social. Segundo, porque existe una unidad dentro de la fragmentación de sujetos convocados, la cual converge en una visión ideológica que se ubica una capa anterior a las demandas por gratuidad y estatización de la educación. Subyace así para ellos la idea de una sociedad desigual, injusta, un modelo político y social elaborado por y para algunos, etc. Pero, además, porque las formas de canalización violentas no se están incubando recién ahora. Por el contrario, podríamos leerlas como una forma ya clásica de buscar instalar las demandas por parte de los estudiantes de izquierda. De hecho, pareciese ser que desde siempre la juventud estudiantil goza de cierto privilegio por cuanto su condición de alumno incluiría el ser “aceptados” como antisistémicos. Basta observar que muchas veces la toma (entiéndase esta como un recurso violento y destructor por ser antidemocrático) ha sido el recurso primero de instalación pública de las demandas de grupos izquierdistas aquí y en otras partes del mundo.

Me inclino más bien entonces por pensar que estamos ante un portafolio de demandas no satisfechas que hoy están representadas por sujetos menos ilustrados, con menos capacidad retórica para instalar discursos, y menos habilidad política para ser escuchados que los líderes estudiantiles del movimiento del 2011, que por lo demás fue igual o más violento. Hoy por hoy también  hay que considerar que es esperable que los discursos carezcan de sustento empírico (entiéndase esto como dato que justifica las demandas) y de ideología (relato que las motive y movilice) por cuanto las razones de los discursos y las movilizaciones vienen de sujetos cargados de frustración de expectativas frente a las promesas generadas. Esto no debería estar ausente del análisis porque la izquierda siempre ha pretendido “justificar” la violencia a partir de las injusticias políticas y sociales. Menos componentes programáticos o sustanciales tienen que ver, por tanto, con un contexto sociopolítico que genera vectores de expresión distintos al 2011. De otro modo, el discurso de la igualdad y la gratuidad escuchado por todos los sectores hace cinco años y recogido por el programa de la Presidenta Bachelet hoy se enfrenta al “realismo sin renuncia”, a Revolución Democrática indexada por dos años en el Ministerio de Educación, al PC instalado en los ministerios, y a Boric justificando negocios familiares. La Nueva Mayoría fue, para estos jóvenes, un bloque que terminó de constatar la imposibilidad de generar el “derrumbe del modelo”, anunciado incluso desde esa misma coalición, como fue la declaración del senador Quintana en la que señalaba la intención de remover con retroexcavadora los cimientos “neoliberales”.

Entonces, la violencia en sus diferentes formas, que es un recurso viejo como sabemos y hemos dicho, no está ausente de la ideología que por años ha movido a estos grupos. De modo que cuando observamos la forma y el fondo de estas protestas, uno puede bien preguntarse si podemos creer que se fue la ideología, o si más bien ella es la causa de la violencia. Es más, la desafección o el rechazo al sistema actual no deberían dejar de ser vistos como un sistema de convicciones políticas que generan una cosmovisión (por tanto, ideología) aún moderna.

 

Claudio Arqueros, director área de formación Fundación Jaime Guzmán.

 

 

FOTOS: MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO