Discutir y analizar las propias ideas no puede sino ser un ejercicio enriquecedor. No sólo porque permite ponerlas al día, sino que también porque posibilita revisarlas y mejorar lo que se esté haciendo mal. Esa trinchera ideológica que la derecha va abandonando poco a poco no equivale a la renuncia -como muchos han pretendido-, sino que es la mínima sensatez de mirarse al espejo: revisarse no equivale a claudicar.
Publicado el 19.06.2017
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Recientemente se ha publicado el libro La mayoría de las ideas, de la retroexcavadora al manifiesto republicano, donde se funde el aporte de numerosos autores en torno al texto Manifiesto por la República, una invitación a pensar, elaborado por connotados políticos de la centroderecha (Andrés Allamand y Hernán Larraín) y también por intelectuales ligados a ese sector (Ramiro Mendoza, Joaquín García-Huidobro, Hugo Herrera y Pablo Ortúzar).

Sobre este libro hay, al menos, dos aspectos muy interesantes que comentar: el ejercicio en sí mismo y el contenido que aborda.

El ejercicio es muy interesante, porque demuestra que la derecha, a pesar de que algunos insistan en lo contrario, ha cambiado muchísimo en los últimos ocho años. Ha cambiado porque es consciente de que revisar, enfrentar y dialogar en torno a sus propias ideas está lejos de ser un ejercicio nocivo y mucho menos espurio. Este sector estuvo dominado mucho tiempo por una especie de pudor a la discusión interna, que lo llevaba a ver cualquier confrontación de ideas no sólo como una pérdida de tiempo, sino que también como una especie de muestra de la propia debilidad. Discutir internamente era equivalente a mostrarse en paños menores y, por lo tanto, algo indecoroso. Constituía una especie de concesión al rival, imposible de tolerar.

Por el contrario, discutir y analizar las propias ideas no puede sino ser un ejercicio enriquecedor. No sólo porque permite ponerlas al día, sino que también porque posibilita revisarlas y mejorar lo que se esté haciendo mal. Esa trinchera ideológica que la derecha va abandonando poco a poco no equivale a la renuncia -como muchos han pretendido-, sino que es la mínima sensatez de mirarse al espejo: revisarse no equivale a claudicar.

En segundo lugar, sus contenidos ya no son los de la simple eficiencia económica, la buena administración y la lucha contra el socialismo: logra expandirse más allá. Buscan actualizar sus valores y principios a la discusión que hoy se vive y hablar, por ejemplo, sin renunciar a la subsidiariedad, de su dimensión complementaria en la solidaridad. Como muy bien lo hace ver Claudio Alvarado en su artículo de este libro, la solidaridad viene a complementar la mirada que la derecha tiene de la libertad. Una libertad inclusiva y responsable, que mira también al bienestar de la sociedad, pues todos somos responsables del destino común. La mejor manera de defenderla, entonces, es robustecer y difundir su concepto de solidaridad, que lejos está del igualitarismo de izquierda.

Otra muestra es Salvador Valdés, al abordar el componente ético de nuestro sistema de pensiones, comprendiendo que nunca ha bastado con su defensa estrictamente técnica y que es necesario explorar nuevas líneas de disuasión.

En definitiva, el libro es un aporte que permite mostrar a una derecha dialogante y pensante, que se va mirando a sí misma y explorando nuevos caminos de acción. Que pone acento en las semejanzas, aunque no olvide las diferencias internas, porque lo más importante es ir acrecentando lo que se tiene en común.

 

Antonio Correa, director ejecutivo de IdeaPaís

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO