Si bien la mayoría de los partidos nuevos son iguales a todos los emprendimientos, sus curvas de vida y éxito son bajas, los que han resultado exitosos son aquellos que fueron capaces de entender que la coherencia y el camino son largos.
Publicado el 30.11.2015
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Desde el fin de la Guerra Fría, el sistema de partidos políticos en Europa Central se había mantenido casi sin alteraciones. En ellos dominaban las tres grandes familias ideológicas herederas de la post guerra: socialdemocracia, socialcristianismo, liberalismo y conservadurismo. Ellas agrupadas de distintas formas, eran los pilares políticos de los gobiernos agrupados en dos ejes: izquierda/derecha.

Hoy el panorama cambia diametralmente: el fantasma del reemplazo de los partidos tradicionales recorre Europa. Se multiplican los partidos que desafían exitosamente el orden político establecido: los challenger parties o partidos desafiantes. Casi todos han nacido en los últimos cinco años, pero han crecido como levadura en las encuestas y uno de ellos (Syriza/Grecia) ha llegado al poder.

Muestras de ellos son Ciudadanos y Podemos en España; Syriza y El Río en Grecia; el Partido de las Cinco Estrellas en Italia; el Partido de la Independencia Británica (UKIP) en el Reino Unido; Die Linke en Alemania; el Partido de la Libertad en Austria y en Holanda; y varios partidos nacionalistas y anti-inmigrantes en los países nórdicos. Unos moderados, la mayoría radicales. Cuesta armar un ethos común entre ellos, pero comparten algunas características.

Primero, su profundo espíritu iconoclasta frente a los partidos tradicionales y sus prácticas. Prometen reemplazar el desgastado sistema de partidos. Se instalan en el clivaje reemplazo/continuidad política. La mayoría de ellos acusa de inconsecuencia a los antiguos dueños de la identidad izquierda/derecha y hace imposible dibujarlos en algún domicilio político tradicional. Para muestra un botón: el Partido de las Cinco Estrellas Italiano, gran sorpresa en la última elección, se define asimismo como “ni de derechas ni de izquierdas y afirma que no existen ideas de izquierdas o de derechas, sino ideas inteligentes o estúpidas”. Al final, un engendro desde el mundo de las ideas pero con un mensaje absolutamente claro: la única contraposición aceptada y aceptable es entre «la Gente» (la gente normal, que trabaja honestamente, paga sus impuestos y es expresión de la virtud popular) y «la Casta» (sobre todo políticos y empresarios). Su relato le ha permitido “quebrar” los electorados tradicionales (más del 30% de su electorado proviene de la derecha y un 25% de votantes de izquierda). El caso de Ciudadanos en España -que se encuentra sorpresivamente a punto de ser gobierno a menos de 10 años de su fundación- es particular, se ha parado al centro del mapa político con un fuerte discurso responsable en lo económico y anticorrupción. Han rechazado ser homologados en el eje tradicional izquierda-derecha, diciendo moverse más bien en el eje libertad-autoritarismo -en el lado de la libertad-, un eje que consideran «mucho más cercano a los problemas reales de la ciudadanía». Su éxito ha sido la torpeza con que lo han enfrentado el establishment político español: acusarlo de izquierdista por el PP y de derechista por el PSOE.

Estos partidos tienen una segunda característica común. Su surgimiento coincide con su identificación con un tema ancla (issue) que ellos han logrado poner en la agenda. La defensa del medio ambiente, la denuncia de la corrupción, el escepticismo frente a la Unión Europea o la oposición a los ajustes y la austeridad económica. Su imagen pública sí está fuertemente ligada a asuntos nuevos y controvertidos. El grueso se ancla en el reemplazo de la actual clase política. Suelen combinar una estrategia programática (énfasis en un asunto nuevo) con una estrategia carismática (dependencia de un líder con carisma personal). Algunos dependen más del carisma y popularidad del líder (Podemos con Iglesias, Cinco Estrellas con Beppe Grillo, Ciudadanos con Rivera, Syriza con Tsipras), pero en todos los casos han institucionalizado un partido con múltiples liderazgos y de acuerdo al tema que gatilla su surgimiento. Ergo, su surgimiento lo gatilla un líder, pero su institucionalización lo transforma en partidos políticos de tomo y lomo.

Si uno puede establecer un patrón común definitivo es su naturaleza iconoclasta y anti-establishment. Todos se definen en contraposición a las élites políticas tradicionales y a los partidos políticos establecidos, y enemigos de los privilegios de estos grupos. Su notoriedad pública nace de la fricción permanente que generan con ese establishment. Denuncian a los partidos políticos por haber engrosado el club de los poderosos y ellos se plantean como una alternativa a ese poder.

Oportunidades para Chile

Buen momento histórico para innovar y emprender en política. En todo Europa los partidos tradicionales están en retirada o al menos bajo fuego intenso. En otros países, los partidos tradicionales enfrentan rebeliones o grupos radicales en su interior: el Tea Party en el Partido Republicano de EE.UU., Bernie Sanders en el Partido Demócrata de EE.UU., Jeremy Corbyn en el laborismo británico. En América Latina los partidos nunca tuvieron mucha estabilidad institucional, pero hoy tanto ellos como las instituciones de la política (ejecutivo, Congreso, tribunales, policías) están en mínimos históricos de legitimidad y popularidad. En algunos países (Colombia, Uruguay), el bipartidismo histórico ya hace rato que se quebró. En otros (Costa Rica, acaso Chile) el fenómeno es más reciente y de naturaleza más fluida.

Oportunidad para hacerlo desde el centro. El caso de España (especialmente), pero también Grecia, Colombia y Costa Rica son ejemplos de democracias que hicieron su reemplazo desde el centro. Especialmente interesante es el caso italiano y español (casualmente las dos democracias a las que los partidos políticos chilenos tradicionales más deben en su conformación). El caso español y el fin del bipartidismo impulsado desde el centro por Ciudadanos y el proceso de restauración política Italiana llevada adelante por El Olivo de Romano Prodi que derivó en el Partido Democrático y el actual gobierno de Matteo Renzi -que permitió reagrupar a los herederos de la cultura socialdemócrata, social cristiana y liberal-, dan cuenta de que los movimientos centristas de corte liberal pueden ser exitosos en democracias con fuerte bipartidismo e incapacidad política de las mismas elites de esos partidos de renovarse. En Chile, la excesiva polarización del debate, la nula renovación de los liderazgos y el claro corporativismo en que han caído los partidos, sumado a su descrédito y la desconfianza; han abierto una enorme brecha desde el centro que puede ser ocupada.

Necesidad del carácter anti-privilegios. Para que los emprendimientos políticos chilenos sean exitosos necesitan no tener miedo a generar fricción reiterada con el establishment y sus hábitos. Esto implica serlo con la misma política y su cartelización. Es evidente que la principal herramienta que tienen los partidos tradicionales es usar sus herramientas para cooptar o impedir esta dinámica de reemplazo político. Por una parte usar su poder para atrapar las vocaciones políticas a través de atajos (potencial gobierno o acceso corto al Parlamento manteniéndolos dentro de las alianzas tradicionales -caso Evópoli o Revolución Democrática) sumado al chantaje rasca del domicilio político (si no estás conmigo te fuiste a la derecha y viceversa). O bien, simplemente como el peor cartel económico, poner todas las barreras de entradas posibles para que no puedan acceder al Congreso (llevado al paroxismo de la antidemocracia con requisitos excesivos para formas partidos, negación a reficharse, limitar financiamiento público solo a incumbentes, etc.).

Aprender que esta es una dinámica evolutiva: si bien la mayoría de los partidos nuevos son iguales a todos los emprendimientos, sus curvas de vida y éxito son bajas, los que han resultado exitosos son aquellos que fueron capaces de entender que la coherencia y el camino son largos. El futuro no se resuelve en una elección, sino en resultados incrementales. Y sobre todo requiere el coraje de optar por nuevos caminos, más allá de la oferta momentánea de poder. Lo que hay tener seguridad es que una vez que se ha iniciado el proceso, el resultado es predecible: el reemplazo no tiene retorno.

 

Sebastián Sichel, presidente ejecutivo de Plural. 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO