La política exterior de Chile es una de sus principales fortalezas y debemos preservarla en toda su complejidad y variedad.
Publicado el 16.07.2015
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Las declaraciones del Papa sobre Bolivia y sus aspiraciones han sido, como ha dicho la Presidenta Michelle Bachelet, interpretadas mucho más allá de su texto por las autoridades de ese país. Las hipérboles comenzaron con el ex Presidente Carlos Mesa, quien a los pocos minutos de que el Pontífice dijera “diálogo… estoy pensando en el mar”, concluyó que este era un claro apoyo a Bolivia. Esa inexactitud fue seguida por algunos de sus aliados en el plano internacional; se ampliaron después de las nuevas declaraciones del Papa; y culminan ahora con la intención del Presidente Evo Morales de llevar el tema al MERCOSUR y la UNASUR e incluso involucrar a terceros países, pidiéndoles específicamente que apoyen abiertamente su demanda. Ese esfuerzo culmina con la declaración del Presidente Evo Morales, quien audazmente afirma que “los católicos del mundo apoyan a Bolivia”.

Las aclaraciones del propio Francisco y de otros personeros de la Iglesia, reiterando que este es un tema bilateral y que el Papa “respeta la decisión del pueblo boliviano que hizo ese recurso” (se refiere por cierto a la demanda en La Haya) son omitidas, como lo es el hecho de que el Papa ha hablado siempre de diplomacia y de diálogo y que ha evadido hasta ahora cualquier tentación de ofrecer buenos oficios o mediación. Es claro que, más allá de los riesgos que implican siempre las declaraciones espontáneas sobre temas delicados, el Estado Vaticano no quiere ser protagonista de este proceso y no ha fijado, por ello, posición sobre el problema de fondo. Llamar al diálogo no es tomar partido, máxime si Chile nunca se negó al diálogo, nunca rompió relaciones con Bolivia y estuvo, antes del giro hacia La Haya, dispuesto a incluir los “anhelos” de Bolivia en ese diálogo.

El problema, entonces, no es el diálogo, ni el Papa, sino la interpretación que Bolivia busca hacer, de manera artificial y coherente con una mucho mayor agresividad comunicacional. Bolivia siempre ha desarrollado su estrategia en torno a la multilateralización del conflicto. La novedad está en el énfasis: el tema ha pasado, de ser el principal, a ser el único objeto real de su política exterior.

El principal hito del viaje del Papa a Bolivia era dirigirse al Encuentro de Movimientos Sociales, con asistentes de todo el continente. Hizo una importante alocución que, unida a su reciente Encíclica, comienzan a configurar el legado que el Papa aspira a configurar, en torno a la igualdad, los derechos de  los pobres y oprimidos y el cuidado de la tierra. El objetivo fue opacado cuando el propio Presidente incluyó el tema del mar en la primera frase de su discurso de recepción y eso fue lo que llegó a todas partes.

En estos días, el Presidente de Bolivia viaja a Argentina donde inaugurará, frente a la Casa Rosada, un monumento a Juana Azurduy, patriota boliviana que luchó con Pueyrredón y Güemes por la independencia argentina, llegando a comandar el Ejército del Norte de las Provincias Unidas; de allí irá a Brasil, donde firmará el ingreso de Bolivia como Miembro Pleno del MERCOSUR. Pero, al anunciar su viaje, Evo Morales presentó como su principal objetivo llevar el tema del mar a esos encuentros. Podría haber puesto otros objetivos, que vinculan de mucho mejor manera a Bolivia a la realidad mundial. De hecho, hasta hace poco, Bolivia era pieza importante en la búsqueda de acuerdos sobre medio ambiente.  Ahora insiste en un solo tema y lo seguirá haciendo en los próximos años.

Lo anterior pone un desafío mayor a la política exterior de Chile. Estamos ante la antigua paradoja del Puercoespín y el Zorro, recuperada por Isaiah Berlin en un texto de 1958: “El zorro sabe de muchas cosas; el puercoespín sabe de una sola gran cosa”. La consecuencia, aplicada por Berlin a la conducta humana, es que si alguien apunta a muchos objetivos, por importantes y reconocidos que sean, puede ser derrotado por la obsesión de otro, que dedica todo su tiempo y esfuerzo a un solo objetivo.

Sin ser peyorativos (Berlin identifica a Platón entre los “puercoespínes” y a Aristóteles entre los “zorros”), no hay duda de que cuando un actor aplica toda su fuerza, talento y voluntad a un solo objetivo, sus posibilidades de éxito aumentan, aun cuando sus recursos políticos y jurídicos sean menores.

Nuestra política exterior es más compleja y variada, incluyendo objetivos globales, regionales y bilaterales: buscamos contribuir a la paz en nuestra región y en el mundo y por eso estamos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y apoyamos el proceso de paz en Colombia; tenemos acuerdos comerciales con casi todos nuestros principales socios; somos leales miembros de todos los organismos regionales y subregionales; mantenemos relaciones bilaterales de alto nivel en todo el mundo; hemos suscrito todos los tratados vigentes en materia de derechos humanos y de desarme y somos activos en su implementación; todos estos y otros objetivos plasmados en una política exterior ejemplar. Bolivia ha optado por un solo objetivo prioritario, que condiciona toda su política exterior. ¿Puede el puercoespín derrotar al zorro en la persecución obsesiva de su único objetivo?

Esa misma reflexión es, probablemente, la que lleva a muchos en Chile a reaccionar de manera excesivamente negativa, acentuando la idea de que podríamos estar acorralados por esta nueva ofensiva; de que Bolivia estaría ganando la batalla comunicacional y que debemos imitarlos y concentrarnos en el rechazo a su pretensión bilateral. Alguien ha dicho que debemos dedicar tanto espacio a este asunto bilateral como el que la dedica Bolivia; redoblar las misiones al exterior; endurecer el lenguaje; e incluso condicionar nuestras buenas relaciones con otros estados a un apoyo a nuestros puntos de vista.

Al contrario, creo que la política exterior de Chile es una de sus principales fortalezas y debemos preservarla en toda su complejidad y variedad. La actual política de Estado que tenemos es compartida por todos los chilenos y respetada ampliamente en el exterior. Es una fortaleza nacional que no debemos perder. Mientras más densas sean nuestras relaciones, mientras abarquen más espacios y ámbitos en la región y en el mundo, más invulnerable se hará nuestra posición, también en relación al problema actual. Reducir o reajustar nuestra política para tener un solo tema prioritario nos debilitaría.

Pero dicho lo anterior, el problema existe y lo primero que es necesario hacer es dejar de lado cualquier autocomplacencia o menosprecio, para entender que enfrentamos, en esta materia, a un adversario poderoso, con apoyos internacionales importantes, con unidad nacional sustantiva, intentando lograr un único objetivo de su política exterior. No podemos conformarnos con argumentar internamente nuestra causa, sino seguir saliendo a exponerla al mundo con vigor, pero también con respeto.

Un problema, que es fruto de nuestra fuerza y no de nuestra debilidad, es que muchos de nuestros amigos, que también lo son de Bolivia, se preguntan (me lo preguntaron a mí, incluso cuando era Canciller hace casi dos décadas) si no sería posible algún arreglo voluntario a este problema.

Es interesante anotar que todos ellos, sin excepción, reconocen nuestra razón jurídica; nadie comparte la idea de que hay algo ilegítimo en esto. Nuestra soberanía y la intangibilidad del Tratado de 1904 no están en discusión. Pero después de esto, viene la pregunta, casi esperanzada: ¿no se podría hacer un esfuerzo, aun pequeño, un esfuerzo simbólico que resuelva la situación? Nadie quiere obligar a Chile; pero muchos quisieran ver desaparecer este asunto de la agenda. Eso no ocurrirá muy pronto, ni empezará a ocurrir, mientras persista la demanda de Bolivia.

Debemos asegurarnos de que coincidimos en la respuesta, en varios puntos:

Primero, que Chile siempre ha estado y estará abierto al diálogo con Bolivia, sobre cualquier tema que Bolivia quiera plantear. Esas instancias de diálogo han existido siempre y en algunos casos se ha estado cerca de encontrar soluciones, que nunca han fracasado por responsabilidad de Chile.

Segundo, que ese diálogo no puede realizarse mientras Bolivia mantenga una demanda contra Chile ante la Corte Internacional de Justicia. Ello no es posible de acuerdo al Pacto de Bogotá sobre Solución de Controversia; Bolivia eligió el camino que quería seguir y hay que esperar que eso se resuelva.

Tercero, si Bolivia quiere negociar, puede retirar su demanda e incluso reanudar relaciones diplomáticas que Chile nunca rompió. Las expresiones del Canciller Muñoz (como lo fueron las del Presidente Lagos en su momento) son inequívocas a este respecto.

Cuarto, la vigencia del Tratado de 1904, suscrito más de 20 años después del fin de la guerra, no está en cuestión. En pleno siglo XXI, ningún país puede ser obligado a ceder territorio soberano que está establecido en un Tratado firmado por las partes, por la fuerza o por una imposición bilateral o multilateral.

Quinto, casi todas las fronteras de nuestra América están fijadas por Tratados, muchos firmados después de conflictos entre sus partes, casi todos en el siglo XIX. En la Guerra del Pacífico, como en la de la Triple Alianza, la del Chaco y otras, para hablar sólo de América del Sur, sería gravísimo poner en cuestión alguno de esos instrumentos.

Por cierto, Chile debe asumir con fuerza la batalla comunicacional a la cual Bolivia nos ha llevado. Deberemos distraer esfuerzos y recursos para llevar nuestro mensaje a los ámbitos multilaterales y bilaterales que corresponda. Habrá, entre hoy y el fin de este proceso en La Haya, múltiples momentos complejos e incertidumbres. Nuestra posición es sólida, fundada en tres pilares: nuestro apego al derecho internacional, nuestra unidad nacional y la fortaleza de nuestra presencia en la región y en el mundo.

Por último, no debemos olvidar lo que ocurrirá después de La Haya. Bolivia no obtendrá el objetivo de obligar a Chile a negociar con un resultado preestablecido. Pero mantendrá por mucho tiempo su objetivo único y, más allá de la frustración al no alcanzar un logro jurídico, insistirá en la validez moral de su demanda. Por nuestra parte, lejos de cantar victoria deberemos esforzarnos por recomponer una amistad que nunca debe romperse, incluso sometida a trances difíciles como el actual.

 

José Miguel Insulza, Foro Líbero.

 

 

FOTO: AFKA/AGENCIAUNO