Se inaugura quizás un nuevo estilo de liderazgo que será imitado por muchos aspirantes a altos cargos públicos. Sin embargo, tras una intensa e inusual campaña presidencial que ganó a pesar de su controvertida personalidad, eso podría traducirse en un alto precio a pagar para el funcionamiento político, cuyas consecuencias y futura significación están por verse.
Publicado el 11.11.2016
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Desde Lady Gaga hasta Beyoncé, Meryl Streep, George Clooney y Amy Schumer, la campaña de Hillary Clinton no tuvo problemas —ni económicos ni de agenda— para congregar a los más poderosos representantes del mundo del entretenimiento. En casi todas sus apariciones públicas de mayor envergadura, apareció abrazada, sacándose selfies, o tomada del brazo por famosos que no escatimaron elogios para describir las fortalezas de Clinton y dar la impresión de que ella era “una más del grupo”. Una asidua miembro que profesaba la misma fe y que, a pesar de provenir de una muy distinta esfera de poder, podía sintonizar con una fauna más bien espectacular, joven y popular.

Y durante los últimos tres meses de la campaña, cuando la elección cobró mayor impulso y se acercaba el día del veredicto final, fue el turno del arma más poderosa dentro del Partido Demócrata: Michelle Obama. La figura política más querida por los estadounidenses, cuyos índices de aprobación, a un mes de la elección, se elevaban 10 puntos más arriba que los de Barack Obama, con un 64%.

Con una capacidad de oratoria envidiable, con aplomo y a la vez muy desenvuelta para evocar emoción, inspiración y, sobre todo, motivación para disminuir el 57.5% de abstención electoral que hubo en el último sufragio, Michelle Obama convirtió la causa de Hillary en propia y de manera magistral. Sin embargo, lo que quizás no calibraron bien los asesores de la aspirante demócrata fue que cada vez que ambas subían al escenario para halagarse mutuamente, los atributos personales de Hillary contrastaban demasiado con los de Michelle.

Rígida y con cierto desapego emocional para dirigir su mensaje de manera cálida (a pesar de conocer muy bien el guión), la poca espontánea, pero muy experimentada candidata demócrata fue muchas veces opacada por quien fuera una de sus principales antagonistas en las elecciones anteriores de 2012.

A esto no ayudó mucho la escueta declaración del artista Shepard Fairey, quien a modo de excusa y a diferencia de 2008, cuando logró viralizar la imagen kitsch de un Barack Obama que simbolizaba la esperanza y el cambio para su país, expresó que no plasmaría a Clinton por considerarla “aburrida”. Seguramente eso fue lo que pensaron muchos de los millenials que apoyaron fervorosamente a Bernie Sanders, su archirrival en las primarias del partido, quienes siempre fueron el talón de Aquiles de la brutalmente derrotada contendora al cargo de mayor poder en la esfera mundial.

¡¿Qué pasó?! ¿Qué variables entraron en juego para que una trayectoria política de más 30 años fuese desbaratada por un hombre que nunca había asumido responsabilidades de Estado, violó de manera flagrante todas las reglas del fair play al recordar las infidelidades del ex Presidente Bill Clinton, aseguró que una vez electo encarcelaría a su rival, proclamó de que si ella no tuviese el resguardo del Servicio Secreto sufriría un atentado? ¿Qué fue grabado reconociendo que había toqueteado abusivamente a muchas mujeres, que ridiculizó a una periodista discapacitada, rehusó dar a conocer su declaración de impuestos, amenazó con deportar a miles de indocumentados y construir (hipotética o verdaderamente) un muro para alejar a los mexicanos “violadores, criminales y narcotraficantes”, insinuó que todos los musulmanes eran terroristas y utilizó, a través de toda la campaña, un lenguaje crudo, agresivo y visceral?

Sin duda alguna que los problemas de la ex primera dama fueron más allá de una falta de atractivo en su personalidad sumado a una reputación debilitada. No obstante, tras los inesperados resultados del pasado martes, el ascenso de Trump ofrecerá la oportunidad no sólo para hacer un extenso análisis sobre la derrota demócrata, sino también, de alguna manera, comenzará a arrojar luces sobre qué está sucediendo culturalmente al interior de la sociedad norteamericana.

Además de que tanto Hillary Clinton como Donald Trump han sido los candidatos presidenciales peor evaluados por la ciudadanía, con tasas de rechazo que llegaron a un 42% y 69%, respectivamente, el tono de la campaña fue percibido como extremadamente negativo y ambos contendores generaron una extendida desconfianza. Trump capitalizó el escepticismo y resentimiento que existe hacia el aparato estatal (fenómeno mundial) declarando que él llegaría a provocar los cambios necesarios para “drenar la cloaca”. Veremos, cuando esté confrontado con la realidad, si será capaz no sólo de proponer, sino de construir.

La inexperiencia de Trump terminó siendo una ventaja, ya que existe la presunción de que tanto Washington como Wall Street requieren de una profunda intervención para así quebrantar el status quo que mantiene, sobre todo a la clase media, en una especie de continua hemiplejia. Otro factor relevante, fue que el republicano, a diferencia de Clinton, consiguió mantenerse presente en la conciencia colectiva y que los medios magnificaran su figura, convirtiéndola casi en omnipresente, y que ésta acaparara la agenda supeditando la cobertura de otros hechos noticiosos.

Por otra parte, para Hillary Clinton, sobre todo durante los últimos cuatro meses de campaña, la investigación sobre los e-mails menoscabó su imagen. Esto fue lo que más se recordaba y asociaba a su persona e hizo que se la valorara negativamente debido, en parte, a que existe una evaluación preexistente que es desfavorable hacia esta forma de comunicación electrónica (¿los coletazos de Wikileaks?)

También, mientras Clinton apostaba por enfatizar la diversidad racial, étnica y sexual de la población, que recibiría desde su gobierno una atención focalizada, Donald Trump proclamó su Make America Great Again haciendo uso de lo que los sociólogos denominan como una “aproximación funcional de la sociedad”. Una mirada del sistema como un todo (la unión hace la fuerza) que resonó positivamente en muchos de quienes le concedieron su voto.

Por otra parte, el hecho de que los medios de comunicación norteamericanos estén decayendo en credibilidad a bajos históricos, no hizo más que inflamar las críticas de Trump, que los acusó de ser poco objetivos y tendenciosos a la hora de cubrir su campaña. La mayoría de los estadounidenses está de acuerdo con él, ya que una encuesta de Gallup demostró que existe una percepción generalizada de que los medios (salvo Fox News) fueron propensos a marcar una sola tendencia a la hora de entregar la información de ambas candidaturas: a favor de Clinton. Debido a eso, los asesores de Trump lograron que redireccionara su mensaje utilizando las redes sociales para “hablarle” directamente a la población. Twitter fue aquí el gran protagonista y no resultó inusual recibir tuits del republicano durante las 24 horas del día. Queda ver si ahora que será Presidente continuará tuiteando hasta altas horas de la madrugada, aunque no sería extraño que buscara otra forma de comunicación que le resultase tan efectiva como lo fue Twitter para orientar sus mensajes y saltarse el protocolo de las conferencias de prensa y los discursos a la nación.

Por último, hubo otro detalle interesante en esta elección. Previo a los comicios, Gallup realizó otra encuesta cuyos resultados arrojaron que los electores preferían un Congreso en manos republicanas, incluso si Clinton llegaba a la Casa Blanca.

Es así como la “era Trump” comienza formalmente en enero de 2017, inaugurando quizás un nuevo estilo de liderazgo que será imitado por muchos aspirantes a altos cargos públicos. Sin embargo, tras una intensa e inusual campaña presidencial que ganó a pesar de su controvertida personalidad, eso podría traducirse en un alto precio a pagar para el funcionamiento político, cuyas consecuencias y futura significación, tras el éxito de Trump, están por verse.

 
Paula Schmidt, periodista e historiadora