Independientemente de la presidencialización de los comicios locales, vislumbremos que lo que está en juego es mucho más que un loteo de cargos edilicios, sino el futuro de la legitimidad de nuestra democracia.
Publicado el 10.09.2016
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Muchos estamos pendientes de las elecciones presidenciales, pero nadie tiene muy en cuenta las municipales. En general son percibidas como las hermanas menores de las elecciones, una lata. “¿Qué me importa lo que sucede en Conchalí, La Cisterna, Alto Hospicio o Timaukel?”, suelen decir. Considerando el escenario de posible alta abstención, y considerando también que, por lo general, las elecciones locales son menos concurridas que las nacionales, los resultados de las municipales pueden implicar serias consecuencias para el futuro de la democracia en el país. Dado que el Congreso está siendo altamente reactivo a la coyuntura, si la abstención en las votaciones supera el umbral de lo pronosticado, lamentablemente sería cosa de tiempo para volver a un sistema de voto obligatorio.

Las municipales son —esto es un cliché— elecciones que determinan mucho más que solo el aseo y ornato de las comunas y la distribución de sus comisarías y consultorios. Las elecciones locales son un espacio para levantar información por parte de los agentes políticos. Los partidos activan sus redes territoriales para ganar el apoyo ciudadano pero, en paralelo, recaban información de las necesidades de los habitantes de las comunas. Si los partidos están debilitados, tienen menos capacidad para levantar esa información y el resultado es la configuración de programas de gobierno nacionales alejados de las problemáticas más urgentes.

Para quienes estamos en la lucha por la disminución del poder del Estado en las vidas de los ciudadanos, las elecciones municipales deben ser vistas no solamente como un festín de prebendas otorgadas por los candidatos a costa de nuestros impuestos. Debemos verlas también como una instancia para observar el comportamiento tanto de los partidos como de la ciudadanía en una democracia claramente agotada en sus capacidades dialógicas: ni los ciudadanos quieren escuchar, proponer y participar, ni los políticos quieren rearticular su idea de la política y aumentar los estándares de su propio comportamiento ético. En definitiva, estas municipales podrían hacer aún más explícito el diálogo de sordos que se está configurando en la sociedad actual.

Las elecciones municipales tienen un poder importante. Significan una instancia de observación y rearticulación de discursos. Prestémosles más atención de la que estamos dándoles hoy. Independientemente de la presidencialización de los comicios locales, vislumbremos que lo que está en juego es mucho más que un loteo de cargos edilicios, sino el futuro de la legitimidad de nuestra democracia.

 

Jean Masoliver Aguirre, Cientista político Fundación para el Progreso.