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Publicado el 05 de diciembre, 2014

El Plan ¿sigue adelante?

El malestar que reflejan las encuestas es el costo que la Presidenta ha estado dispuesta a pagar para implementar las reformas que conducirán a ese Chile diferente que prometió.
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Muy probablemente los resultados de la encuesta CEP no sorprendieron al Gobierno. Todas las encuestas, las públicas y también las que se encargan y analizan en reserva, han señalado en los últimos meses el progresivo deterioro de todas las variables de evaluación posibles en política: las de conducción (liderazgo), las de gestión y, las más duras de asumir, las personales (el siempre escurridizo cariño de la gente).

La decisión inmediata más probable es un cambio de gabinete. La gracia de cambiar ministros es que traerá algo de oxígeno a la enrarecida atmósfera que se respira en el oficialismo y permitirá recuperar expectativas, al menos por unas semanas. Nuevos nombres, otras caras y los medios indagando sobre sus travesuras juveniles, trayectorias y cercanía o lejanía con la Jefa, mantendrán a la opinión pública más aguda entretenida especulando respecto a cuán firme o fusible será el elenco y a los chilenos de a pie, atentos a un esperado cambio de rumbo.

Pero la Presidenta intuye que un cambio de gabinete, si bien le garantiza un respiro momentáneo, no resolverá el problema que origina la mala evaluación ciudadana. Tiene claro que el deterioro de su capital político no es el resultado de un déficit comunicacional, ni de los conflictos de su coalición, ni siquiera de la “campaña del terror” que le reprocha reiteradamente a quienes la contradigan. Ella sabe que el punto de fondo es la impronta de transformaciones que decidió darle a su gobierno, aun antes de regresar a La Moneda, definida junto a un grupo de intelectuales (o ideólogos, como Ud. prefiera llamarlos) a partir del diagnóstico, a estas alturas evidentemente equivocado, que le transmitieron.

Lo primero que notificará a los nuevos integrantes de su gabinete será que están llamados desde ese momento a concretar esas reformas. No habrán sido convocados para analizar cómo mejorar en las encuestas, ni enfrentar movilizaciones, ni para buscar acuerdos con la derecha o calmar los respingos de los empresarios. La pega es una sola y clara: ejecutar El Programa.

La Presidenta Bachelet ha demostrado moverse con mayor habilidad desde las percepciones que desde los datos. En su momento explicó el fracaso de Transantiago con un “debí hacerle caso a mi intuición”; lo primero que dijo en su discurso el 11 de marzo pasado fue que Chile no era solo indicadores –entiéndase por indicadores, números puros y duros, que reflejan verdades imbatibles -; y hace un par de meses, a propósito de cuánto recaudaría la reforma tributaria, respondió en una radio, con mucha seguridad, que sobre el punto había distintas percepciones.

Justamente porque su percepción funciona con rapidez, entendió desde el principio que su plan para Chile generaría resistencia. De ahí las comparaciones del ministro Eyzaguirre entre la implementación de la reforma educacional y la reforma agraria -sin pudor alguno por la agresividad e injusticia con las que se aplicó y el resentimiento que sembró en miles de familias chilenas-  y la tesis de que las transformaciones, por su profundidad, causan incertidumbre, pero que una vez comienzan a generar beneficios, son ampliamente aplaudidas.

En síntesis: el Gobierno se instaló sobre la base de una decisión tomada en el momento en el que Bachelet aceptó una candidatura. El relato más claro de esa decisión, se lo señaló a los empresarios en ENADE, hace justo una semana: “Quiero ser tajante: prefiero asumir y conducir las inevitables divergencias que crean las reformas que hay que hacer, antes que aceptar resignada que se frustre esta oportunidad de desarrollo”.

El malestar que reflejan las encuestas, el rechazo de la clase media que, de acuerdo a Adimark casi se ha triplicado entre marzo y noviembre (de 23% a 58%) y la pérdida en la encuesta CEP de 13 puntos de su evaluación positiva en sólo cinco meses, es el costo que la Presidenta de la República ha estado dispuesta a pagar, al menos hasta ahora, para implementar las reformas que conducirán a ese Chile diferente que prometió.

Para ella y un sector de la izquierda, el momento es ahora y esta vez no están dispuestos a dejar pasar la oportunidad histórica e irrepetible de clavar las banderas que han guardado por décadas, hasta verlas un día flamear.

Aun cuando por fea, amenazante y ruidosa, la retroexcavadora duró en público menos de 24 horas, sigue funcionando ininterrumpidamente. La mala noticia para el Gobierno es que se está topando con edificios más difíciles de derribar de lo que había calculado; y ni la tesis del costo inevitable, ni la rotación de elencos ministeriales, ni la sonrisa acogedora de la Presidenta Bachelet, podrían ser suficientes para dejarse caer.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO

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