La gradualidad no hace ni más ni menos doloroso el cambio, sólo lo hace más lento.
Publicado el 17.11.2014
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Cuando las reformas se complican, cuando los proyectos de ley se trancan en el Congreso y se empiezan a escuchar fuerte las voces contra los cambios, los gobiernos suelen sacar una cartita bajo la manga: la gradualidad. “Esto se aplicará no ahora, en 5, 10, 15 años”, dicen, para calmar las ansiedades de quienes se sienten afectados. No mencionan que la gradualidad no hace ni más ni menos doloroso el cambio, sólo lo hace más lento. Y que muchas veces detrás de la gradualidad, no hay sólo el legítimo intento de implementar una reforma por pasos para adaptarla a la sociedad de manera paulatina, sino que en realidad se busca “patearle” a quien venga los costos reales de los anuncios.

El proyecto que busca poner fin al lucro, a la selección y al copago, hoy discusión en el Senado, se ha tratado varias veces de suavizar con la promesa de gradualidad. Se ponen plazos para el cambio de condiciones de los colegios, como si para una familia fuese menos incertidumbre saber en marzo 2015 o marzo 2018 o marzo 2020 exactamente qué pasará con su colegio. Le dan la espalda al hecho que desde que una reforma de este tipo entre a regir (e incluso desde que se anuncia), la inseguridad se apoderará de los padres, quienes empezarán desde ya a mapear cómo reorientar el futuro escolar de sus hijos. El plazo prolongado no altera el hecho de que las certezas y decisiones que habíamos tomado para nuestros niños se ponen en entredicho y lo más normal es empezar a moverse para no llegar tarde a las mejores opciones. La gradualidad es sólo un placebo, que en este caso, por tratarse de una de las cosas más importantes para las familias como es la educación de los hijos, para colmo no funciona.

Los padres lo tienen claro y por eso exigen que la reforma apunte hacia la calidad. Para ellos, y lo han hecho sentir fuerte en la calle y en los medios, presionar el cierre de colegios buenos y escogidos por los padres ahora o en una década más es igual de dañino. Las lógicas políticas, sin embargo, no siempre parecen tener la misma claridad. En la llamada “cocina” legislativa los plazos prolongados son moneda de cambio para posiciones públicas de oposición, para no poner en aprietos al socio al que no le gusta tal o cual artículo. En este caso, sin embargo, puede que quienes se aferren a la gradualidad como moneda de consenso se equivoquen al momento de dar la cara a sus electores. Ellos le recordarán que hay algunas cosas en la vida que mientras más se posterguen, peor, porque cada aplazamiento abre una duda, un temor. En esa lista, a la cabeza, está la educación de los hijos y que todas las oportunidades se abran ante ellos.

 

Marily Lüders, Foro Líbero.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO