La Nueva Mayoría parece llegar a su final. La realidad fue más compleja y más prosaica que las simplificaciones románticas de 2013. Por otro lado, la altura de sus pretensiones no hizo sino subrayar lo estruendoso de su fracaso. El mundo que viene requiere una actitud más humilde y un oído más atento.
Publicado el 21.11.2016
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Recuerdo mi último día como funcionario de gobierno, pocos días después del segundo triunfo de Michelle Bachelet, en 2013. Entre malhumorado e infantil, de puro picota, le solté a una funcionaria del bando vencedor: “No se acostumbren. Pronto les va a tocar estar donde estamos nosotros. La política ya no se entiende”. Me miró de arriba abajo y se limitó a sonreírme. Ni ella, tan educada, ni yo, tan bruto, sospechábamos que en realidad estaba en lo correcto. Tres años después, las elecciones municipales y los resultados en los sondeos dan cuenta de una historia de escándalos políticos, reformas mal diseñadas y crecientes desavenencias ideológicas al interior del conglomerado izquierdista.

Sin embargo, el desconcierto de la derecha de entonces era de muy distinto signo al de la izquierda de hoy. Ayer, el bando derrotado sufría a causa de la parquedad de sus ideas. No había cómo cuadrar la derrota electoral con las mejores cifras económicas vistas en años. En cambio, la situación de lo que va quedando de la Nueva Mayoría se parece un poco a la de los intelectuales de “El Péndulo de Foucault”, la novela de Umberto Eco. Allí donde a unos les faltaba un discurso, a los otros el exceso de discurso les impedía acertar en el diagnóstico de la realidad política.

El libro relata la historia de tres intelectuales que trabajan en una editorial donde reciben innumerables ofertas de escritores esotéricos y ocultistas. Con el propósito de pasarlo bien, entran en contacto con este gremio de lunáticos y desarrollan su propia teoría conspirativa: un supuesto plan de los Templarios para dominar el mundo a través de las corrientes telúricas. Por supuesto, se trata de una broma, pero los locos se toman la broma muy en serio y arrastran a los protagonistas hacia un thriller desquiciado.

A primera vista, es una crítica del esoterismo. Eco describe minuciosamente las conexiones voluntariosas y antojadizas que la mente del ocultista lleva a cabo. Sus teorías pueden acomodar cualquier similitud o coincidencia. “Estoy persuadido —señala— de que el mundo es un enigma benigno que nuestra locura vuelve terrible, porque pretende interpretarlo con arreglo a su propia verdad”. Sin embargo, una lectura más atenta descubre un blanco mucho más amplio. El ataque se dirige contra las ideologías y las explicaciones totalizantes. No en vano Eco gasta litros de tinta describiendo las discusiones políticas de los protagonistas, todos ellas imbuidas por las ideas de Marx.

El paralelo con el devenir de la Nueva Mayoría es asombroso. Como si se tratara de la Era de Acuario, los ideólogos de la izquierda anunciaron la llegada de un “nuevo ciclo político”. Cual iluminados, ataron los cabos y descifraron la verdadera voluntad del pueblo. Era cuestión de desarticular una a una las trampas de la derecha y el progreso estaría a la vuelta de la esquina. Contra la conspiración neoliberal, erigieron “el programa” y su consecuente división entre fieles y herejes.

Sorprende, en todo caso, la seriedad con que llevaron a cabo la empresa. Uno se pregunta si los redactores de “El otro modelo” no estarían jugando con las demandas de la calle, diseñando un plan delirante que luego se les escapó de las manos.

Como fuere, la Nueva Mayoría parece llegar a su final. La realidad fue más compleja y más prosaica que las simplificaciones románticas de 2013. Por otro lado, la altura de sus pretensiones no hizo sino subrayar lo estruendoso de su fracaso. El mundo que viene requiere una actitud más humilde y un oído más atento.

Por eso, el resultado más asombroso de esta historia es que hoy, acaso quien se encuentre en mejor pie para enfrentar los desafíos del futuro sea la derecha. La obtusa, tosca y parca derecha chilena.

Por una parte, puede que la misma frugalidad ideológica que en otras ocasiones le ha jugado malas pasadas, opere esta vez a favor de la derecha. Las sociedades contemporáneas se han vuelto más complejas e impredecibles. En ese contexto, una tendencia al pragmatismo y sentido común debiese ser un mejor aliado que la ampulosidad conceptual de la izquierda. Por otro lado, es improbable que la derecha repita los errores del programa de la Nueva Mayoría, tales como la ceguera frente a la sociedad civil o el absoluto descuido de la necesidad de financiar las reformas prometidas.

Con todo, dotar a las instituciones políticas de un relato adecuado a la sociedad actual es una tarea difícil y de largo aliento. Por lo pronto, dotar de relatos no es algo que a la derecha se le dé con facilidad. Lo que definitivamente no puede hacer es permanecer en silencio. Si lo hace la ciudadanía quedará abandonada entre la incomprensión y el mutismo de un lado, y los delirios chapuceros del otro.

 

José Miguel Aldunate, abogado, licenciado en Filosofía y magister en Teoría Política

 

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO