La Michelle Bachelet que transmitía confianza a una mayoría aplastante del país hoy busca en la calle motivos para recuperar el aplauso.
Publicado el 13.08.2016
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“Todos estos años he sentido el tremendo cariño y el apoyo de la inmensa mayoría de chilenas y chilenos. No hay nada que se compare con la felicidad de estar en casa. Aquí estoy de regreso en nuestro país, con toda la energía pero también con toda la humildad que se necesita para asumir esta enorme responsabilidad”.

Estas fueron las palabras de la hoy Presidenta Michelle Bachelet cuando arribó a Chile el 29 de marzo de 2013 y que se constituyeron en parte del que para los expertos es uno de los mejores spots electorales que hemos visto los chilenos en la pantalla chica.

En política –como en la vida misma–, la narrativa que se quiere transmitir, especialmente en un momento electoral, es un buen termómetro para comprender, sugerir y hasta incluso prevenir los juicios y comportamientos que tendrá la ciudadanía. Y todo relato debe contar al menos con un protagonista, un escenario y un guión que dé coherencia.

En una lectura apresurada es difícil entender cómo Bachelet, esa incombustible figura que dejó La Moneda con más del 80% de popularidad y partió a encabezar ONU Mujeres, puede contar hoy con un apoyo no superior al 20%.

Y es que desde ese “hablemos en marzo” lanzado estratégicamente en diciembre de 2012 por la entonces ex Presidenta, el relato bacheletista fue siempre el del regreso del mesías tras su paso por el país y su asención al cielo neoyorquino. Esa narrativa mesiánica es electoralmente muy efectiva, aunque difícilmente sostenible en el tiempo. Si no, échese un vistazo a Obama 2008.

El regreso de Bachelet fue aplastante, al punto que el resto de los candidatos –al menos los sensatos– sabían que sencillamente debían perder con dignidad. El espejismo salvífico incluso permitió la unión insospechada de tiendas políticas que hoy terminan por explicitar que no se explican cómo pudieron trabajar en un proyecto común.

De regreso en La Moneda, los problemas narrativos comenzaron en el acto. El “segundo piso” del Palacio, en el que desde el gobierno anterior se confunden peligrosamente amiguismos y favores con confianza y profesionalismo, fue incapaz de sostener el ritmo poético electoral, tal como ocurre con tantas historias literarias y cinematográficas que se estiran con intereses no artísticos hasta estallar por dentro y desmoronarse por completo. Como botón de muestra, véase la aberración hecha por Peter Jackson con El Hobbit.

Frente a ese vacío no hay competencia ni atributo que sobreviva. La Michelle Bachelet que transmitía confianza a una mayoría aplastante del país hoy busca en la calle motivos para recuperar el aplauso, llegando hace algunos días al extremo con sus anuncios sobre política previsional, noticias que exponen una buena intención solidaria, aunque de manera irresponsable; y solidaridad sin responsabilidad, no es más que populismo.

Es humanamente imposible que, a largos 18 meses de acabar su segundo gobierno, Michelle Bachelet no se vaya a dormir algunos días pensando en por qué diablos decidió volver al país. De hecho, era una perogrullada el plantearse ese 2013 el escenario en el que hoy podría estar sucediendo a Ban Ki-Moon como primera Secretaria General de la ONU.

Otro de sus spots electorales –también premiado por su calidad cinematográfica al transmitir el mensaje– se lo preguntaba directamente: “¿Por qué, Michelle?”. Y ella, como respuesta, se asomaba por la ventana a escuchar el clamor de la multitud, esa que ya no está de su lado, pues ha quedado en evidencia que este mesías no puede convertir el agua en vino, tal como lo prometió en su programa.

 

Alberto López-Hermida, Doctor en Comunicación Pública y académico UANDES.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO