Parecía que el conflicto entre librecambistas y mercantilistas se había resuelto desde que en 1776 Adam Smith publicó su "Indagación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones", pero no es cierto. El juicio tosco de los mercantilistas revive cada cierto tiempo y le hace un gran daño a la sociedad, empobrece a los pueblos y, aun sin proponérselo, fomenta la discordia y la guerra.
Publicado el 10.03.2018
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Había advertido que lo haría. Donald Trump ha desatado una guerra comercial. Es un mercantilista confeso. Estamos sólo en la segunda escaramuza. La primera fue renunciar insensiblemente al Acuerdo Transpacífico. Esta vez les ha fijado altos aranceles a la importación de acero (25%) y de aluminio (10%). Luego se ha jactado de que ganará la contienda. Probablemente tiene razón: triunfará. Europa depende más de las exportaciones que Estados Unidos. Sólo que Europa es una aliada y carece de sentido tratarla de esa manera. Será una victoria pírrica. Provocará represalias que todos acabaremos pagando.

Herbert Hoover, un Presidente republicano que antes de llegar a la Casa Blanca fue un gran funcionario público, también ganó la guerra comercial que generó la ley Smoot-Hawley de 1930. En ese año, cumpliendo una promesa de campaña de 1928 —lo que desmiente la tesis de que fue una consecuencia del crack del 29, esa terrible crisis comenzada un jueves negro que tardaría más de una década en blanquearse—, Estados Unidos aumentó los aranceles a miles de productos agrícolas importados desde el extranjero.

Fue el acabose. Esa victoria proteccionista exacerbó el nacionalismo europeo, redujo en un 65% las transacciones comerciales internacionales, agravó la Gran Depresión, contribuyó a la victoria de Franklin Delano Roosevelt (los demócratas estuvieron 20 años consecutivos en el poder, de 1933 a 1953), y acercó más el horrendo desenlace de la Segunda Guerra Mundial, con sus 60 millones de cadáveres, la destrucción de la judería europea (la mayor concentración de talento de la historia), y medio planeta convertido en escombros por los bombardeos inmisericordes de tirios y troyanos.

Tanto en Trump como en Hoover el error tenía un mismo origen: no entender el significado de la balanza comercial. O utilizarlo demagógicamente para complacer a los clientes políticos y perjudicar al resto. O entenderlo muy mal, como siempre han hecho los mercantilistas, permanentemente vigilantes de cuánto les compramos o vendemos a los otros países, sin comprender que el dato resultante con frecuencia no significa mucho a la hora de pasar balance.

Es verdad, por ejemplo, que China le vende mucho más a EEUU que viceversa. ¿Y qué? Los norteamericanos disfrutan de productos mucho más baratos e invierten la diferencia de precios en nuevas empresas, en salarios, en ventajas para la sociedad. Además, con parte de sus ganancias los chinos adquieren bonos del Tesoro norteamericano, lo que sería algo así como intercambiar cosas, objetos tangibles que han costado millones de horas de trabajo, por papeles que otorgan un modesto interés, pero que cuentan con el respaldo de un gran país cuyas instituciones funcionan con seriedad y que cumple religiosamente las promesas de pago.

El 90% de las transacciones internacionales se realiza en dólares. El 70% de los países mantiene sus reservas en dólares o en bonos del Tesoro de EEUU. ¿Qué más quiere Trump? Durante los 42 años consecutivos en los que la balanza comercial de Estados Unidos ha sido negativa, la economía nacional ha crecido exponencialmente, ha logrado casi el pleno empleo, y hoy alcanza los 18 billones de dólares (trillones en inglés). Pero eso ha sido posible, entre otras razones, gracias a un déficit comercial de 800 mil millones de dólares (algo más de 4% del PIB), que no pueden considerarse pérdidas y regresan a las arcas del país de diversas maneras.

En cambio, entre el año 2001 y hoy, Venezuela ha vivido una etapa de balanza comercial muy positiva, que sirvió para enriquecer a Alí Babá y sus 40.000 ladrones. No obstante, no es el único país que exporta más de lo que importa: Angola, Brasil, República Democrática del Congo, Guinea Ecuatorial o Mongolia también lo consiguen, como casi todos los años ocurría con la Cuba prerrevolucionaria, sin que ese indicador significara mucho.

Parecía que el conflicto entre librecambistas y mercantilistas se había resuelto desde que en 1776 Adam Smith publicó su Indagación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, pero no es cierto. El juicio tosco de los mercantilistas revive cada cierto tiempo y le hace un gran daño a la sociedad, empobrece a los pueblos y, aun sin proponérselo, fomenta la discordia y la guerra. Por eso 107 congresistas republicanos le escribieron una carta a Donald Trump rogándole que no impusiera los aranceles al acero y al aluminio. Se daban cuenta de que no tenía el menor sentido pelear esa guerra, y mucho menos ganarla.

 

Carlos Alberto Montaner, periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de Canallas.

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