Si no somos capaces de reaccionar oportunamente como sociedad ante esta flagrante amenaza de la violencia, estaremos dando un salto al vacío que nos hará impactar traumáticamente con otra realidad: la de vivir con miedo, como les ocurre a diario a muchos compatriotas que habitan en las zonas convulsionadas de La Araucanía.
Publicado el 19.01.2017
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En Chile estamos caminando peligrosamente por la cornisa y no son pocas las autoridades que parecen —o derechamente prefieren— mirar para el lado. La carta bomba que recibió hace algunos días el presidente del directorio de Codelco es una muestra palpable de los riesgos que enfrentamos actualmente como país. Si ese artefacto explosivo hubiese dejado víctimas fatales, habríamos perforado un umbral de consecuencias institucionales y sociales insospechadas.

No existe consistencia en el repudio que manifestaron transversalmente dirigentes de izquierda por el atentado que afectó al ejecutivo de la compañía estatal, con la actitud cotidiana que exhiben muchos de ellos frente a la situación de violencia que se vive en La Araucanía, y que de forma directa o indirecta ha provocado un continuo adelgazamiento del Estado de derecho.

Porque dejémonos de eufemismos. Lo que está sucediendo en algunas zonas de La Araucanía, más allá de si lo calificamos de terrorismo o delincuencia común, son hechos de violencia grave, que por su naturaleza misma deben ser condenados y enfrentados sin ambages. Lo que está en peligro ahí no es solo el imperio del Estado, sino que personas de carne y hueso que a diario deben experimentar temor y están expuestas a perder sus vidas y pertenencias. Pero ni siquiera el cobarde asesinato de una pareja de ancianos fue suficiente para que las autoridades ejecuten las acciones necesarias que permitan poner freno a los violentistas.

Así las cosas, no es extraño que continúe esta espiral de violencia y se sigan formando nuevos grupos, que enarbolando banderas de cualquier tipo para justificar su accionar, se sienten con el derecho a amenazar la integridad de otros ciudadanos. Si no somos capaces de reaccionar oportunamente como sociedad ante esta flagrante amenaza, estaremos dando un salto al vacío que nos hará impactar traumáticamente con otra realidad: la de vivir con miedo, como les ocurre a diario a muchos compatriotas que habitan en las zonas convulsionadas de La Araucanía.

Y que tampoco es muy distinto al temor permanente que viven muchos chilenos a causa de la delincuencia, que precisamente campea en aquellos sectores donde el Estado ha perdido presencia o ha dejado de actuar. Porque siendo cierto que el origen de la violencia no se resuelve solo con represión, también lo es que para poder implementar soluciones de fondo a estos problemas primero se requiere tener paz social; la misma que se está viendo alterada por este tipo de episodios, que en su mayoría queda impune ante la impericia de las instituciones pertinentes para detener y desarticular a sus protagonistas.

Sería un error pretender autoconvencernos de que estos son hechos aislados y de que Chile es un país inmune al terrorismo. Lo mismo se planteaba en los 90 respecto de las drogas, cuando se nos decía que solo éramos un país de tránsito, pero hoy somos una de las naciones con mayor consumo de marihuana a nivel escolar.

En la izquierda hay quienes se dedican a ser agricultores del odio, a sembrar divisiones para cosechar un mezquino rédito político. Son estos grupos los que mediante un discurso ambivalente han dejado abierta la puerta para amparar conductas violentas. Hacen precisamente lo contrario a lo que se esperaría de sectores que experimentaron en primera persona el daño irreparable que provoca la violencia desbocada.

Por lo mismo, un primer paso para poder enfrentar la violencia en nuestro país, es dejar atrás la hipocresía con que muchos dirigentes políticos abordan este tema.

 

Carlos Cuadrado, periodista