Con su performance del miércoles, el ministro del Interior realizó todos los esfuerzos por llevarse el crédito de la operación para destituir a Riquelme y, con ello, debilitó aún más a una Presidenta confundida y frustrada.
Publicado el 19.02.2016
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Si la salida de Cristián Riquelme fue un “parto inducido”, como sostuvo el ministro del Interior, ¿quién fue el partero? Con su ingeniosa frase, Jorge Burgos ha querido demostrar de manera ruidosa –dejando en ridículo a la vocera subrogante y mal parada a la Presidenta de la República– que él provocó la caída de Riquelme.

Nadie duda que la renuncia de éste era más que necesaria para un gobierno cuyo manejo político tiene la cualidad de convertir los problemas en crisis y las crisis en escándalos. La obstinación de preservarlo en su puesto transformó lo que debió ser un mero acto administrativo en un tema de relevancia. ¿O alguien había escuchado antes sobre la existencia del cargo de administrador de La Moneda? Se requiere una buena dosis de ineptitud para hacer que la salida de un burócrata secundario cope titulares durante semanas. En demasiadas ocasiones, el actual Ejecutivo ha demostrado tener ese talento natural.

Por lo tanto, hizo bien Burgos en provocar el pase a retiro de Riquelme. Sin embargo, las formas son muy importantes y el ministro no las respetó. Había necesidad –incluso urgencia– de sacar a Riquelme, pero no de esa manera. Actuando así, desautorizó a la Presidenta. Todo indica que lo hizo de forma consciente, como si quisiera darse un gusto, cobrar alguna cuenta añeja (¿el viaje presidencial a La Araucanía?) o demostrar su poder.

Pese a que Burgos había dicho que el puesto de Riquelme no está bajo su dependencia, por lo que no le correspondía a él removerlo, se decidió a actuar contra el funcionario cuando se conocieron los negocios de las empresas de éste con algunas reparticiones estatales y la omisión de su declaración de patrimonio. En lugar de escoger el bajo perfil y permitir que fuera la Presidenta de la República quien se llevara el crédito por la remoción de Riquelme, Burgos hizo lo posible para que se notara que fue él quien precipitó la caída de uno de los últimos vestigios en Palacio de la facción G-90. Canceló con publicidad un viaje al sur, permitió que se filtrara la existencia de su llamado telefónico a la Presidenta –quien descansa en el lago Caburgua– para pedir la cabeza del jefe administrativo de La Moneda y asumió él mismo la vocería que le correspondía a la ministra Claudia Pascual (un par de horas antes, ésta había anunciado que no había novedades que reportar). Por último, al parecer rompió el acuerdo de que se haría ver la salida de Riquelme como una renuncia, al rematar con la frasecita del “parto inducido”. A nadie puede quedarle duda de que Burgos se afanó por  demostrar que quien manda es él.

Justamente en eso se equivoca el titular del Interior. Porque él es el jefe de gabinete, pero Michelle Bachelet es la jefa de gobierno y la jefa de Estado. Por lo mismo, a ningún ministro puede convenirle dejar mal a la Mandataria, porque eso lo único que hace es debilitar al Ejecutivo entero, mostrar fisuras donde éstas no deberían ser visibles y dañar la institución de la Presidencia de la República. No cabe duda que sus limitaciones, su falta de popularidad, los problemas de su familia, su excesiva ideologización y su escasa flexibilidad han hecho de Michelle Bachelet una Presidenta débil. Justamente el trabajo de Jorge Burgos y del gabinete que lidera es tratar de que, pese a lo anterior, Michelle Bachelet luzca fuerte. Eso es lo que conviene al gobierno y a la institucionalidad. Sin embargo, con su performance del miércoles, el ministro del Interior hizo justo lo contrario: realizó todos los esfuerzos por llevarse el crédito de la operación para destituir a Riquelme y, con ello, debilitó aún más a una Presidenta confundida y frustrada.

Es verdad que Michelle Bachelet no es una jefa ideal. De hecho, ha tenido severos problemas con todos sus ministros del Interior DC. Para éstos no es fácil relacionarse con ella, pues no comparte el poder y concentra la toma de decisiones en torno a un equipo reducido e incondicional. Sin embargo, eso no significa que no deban trabajar para la abeja reina. En un sistema presidencialista como el chileno, donde todo gira en torno a la figura de la Mandataria, la fortaleza de ésta es requisito sine qua non para que las cosas funcionen. Por lo mismo, todos los ministros deben ser 100% leales a la Presidenta de la República y abandonar sus agendas propias en beneficio de la jefa de Estado. Lo mismo cabe para los partidos. Esto no es un modelo parlamentario donde los secretarios de Estado pueden desafiar el liderazgo del Primer Ministro e incluso reemplazarlo. Aquí la que cuenta con la legitimidad que proviene del respaldo en las urnas es la Presidenta, de cuya confianza dependen los ministros, quienes a su vez le deben lealtad a quien los designó. Mientras antes se dé cuenta Jorge Burgos de esto, mejor para él mismo, para el gobierno en general y para la institucionalidad de la República.

 

Juan Ignacio Brito, periodista.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.