El Papa ha logrado mantener inalterada la identidad que ha configurado a su institución durante siglos, además de demostrar cómo ésta puede avanzar y provocar cambios que vayan acorde a los tiempos, sin tener que ceder al relativismo y la crítica.
Publicado el 05.08.2016
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El estilo de liderazgo ejercido por el Papa Francisco, desde que asumió su mandato en marzo de 2013, lo ha catapultado a una esfera de popularidad transversal que resulta la envidia de líderes políticos y sociales en todo el mundo. Quizás por eso es que todos desean retratarse con él.

Y, a pesar de que ha enfrentado difíciles escenarios que no sólo cuestionan a su Iglesia, sino que también podrían resquebrajar su institucionalidad, el Pontífice no se amilana, sigue adelante y profiere un estilo de comunicación muy directo, lo que hace fácil decodificar sus intenciones, inspira confianza y que, últimamente, contrasta con los bajos niveles de adhesión hacia líderes del ámbito público, quienes están siendo altamente desaprobados a nivel mundial, en parte porque han dejado entrever que muchas veces “predican, pero no practican”.

Los desafíos para la Iglesia no son menores. Desde los casos de abusos, hasta la implacable persecución de ISIS que declara odiar a los cristianos y que occidente lucha contra la realidad, el catolicismo es una religión cuya visibilidad le confiere una enorme responsabilidad. El Papa lo sabe, y es por eso que, hasta el momento, jamás ha decidido blindar al Vaticano y, libre de complejos, ha estado abierto a responder las inquietudes de sus fieles y también de quienes no comulgan con su fe sobre una multiplicidad de temas actuales que despiertan gran interés.

Tras un exitoso cierre de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, Polonia, el pasado 31 de julio, el Papa dio paso a un anuncio que, por su esencia, provoca grandes expectativas y que, inmediatamente, ha dado inicio a una serie de pre interpretaciones que buscan abrir espacios de discusión sobre lo que ha sido la tradición cultural, histórica y milenaria que ha imperado en la Iglesia católica desde su fundación. Esto es: el rol de la mujer al interior de la institución.

Un trabajo que comenzó en 1995, tras la “Carta a las Mujeres” de San Juan Pablo II, continuó con el beneplácito de Benedicto XVI y que el actual Papa delineó en mayo de este año, tras reunirse ni más ni menos que con la abultada cifra de 900 mujeres de la Unión Internacional de las Superioras Generales. Ahí, el Pontífice acogió sus expectativas y demandas y se comprometió a constituir una comisión sobre el diaconado femenino para no sólo incluir a las mujeres en las consultas sobre la Iglesia, sino también en el proceso sobre la toma de futuras decisiones.

Es así como se acaba de dar a conocer la identidad de los 12 teólogos, de los cuales seis son mujeres, encabezados por el jesuita español monseñor Francisco Ladaria, quienes tendrán la magna responsabilidad de analizar la evolución del rol femenino al interior de la Iglesia, desde sus comienzos. Además, este será un proyecto ambicioso, ya que existen exiguos registros y real claridad sobre los deberes ejercidos por las mujeres en la Iglesia primitiva. Sin embargo, y a pesar de la complejidad que significa llevar a cabo un estudio de esta envergadura, esto no pareciera ser un obstáculo para la Iglesia, cuya inédita iniciativa y determinación entrega señales sobre la conciencia que posee en torno a la importancia y el aporte de las mujeres en su historia y futura proyección.

El objetivo de la comisión será retomar el trabajo de la Comisión Teológica Internacional, publicado en 2003, sobre el carácter institucional de diversas formas de asistencia diaconal ejercidas por mujeres. Para muchos, esto abriría la puerta para fomentar el sacerdocio femenino, al igual como sucede en otras confesiones, pero el Papa ha sido claro en expresar que lo que se desea es revitalizar el papel de la mujer en la Iglesia, visibilizar su misión de servicio y darle mayores espacios de participación, sin la necesidad de que surja la ordenación sacerdotal. Esto ha provocado reparos en ciertos sectores que califican la postura del papado como intransigente, ya que asocian al sacerdocio como la única vía de acceso a verdaderas cuotas de poder, olvidándose y restándole importancia al destacado papel e influencia que realizan muchas mujeres dentro de la Iglesia.

Es más, la mujer, no es “más mujer”, ni potencia su identidad, al querer equipararse, de igual a igual, al papel que ejerce el hombre. A estas alturas, cuando ya nadie se atrevería a cuestionar su capacidad intelectual ni moral, no enaltecer sus diferencias ni reconocer su diversidad es no sólo descalificar su esencia y estandarizarla, sino también desconocer su aporte en todo orden de cosas.

La última medida, dada a conocer por el Vaticano, denota un hito importante que expresa deseos de renovación y futuro dentro de la Iglesia. Sin embargo, y al revés de muchos líderes preocupados por sus índices de popularidad, al momento de tomar sus decisiones, el Papa ha logrado mantener inalterada la identidad que ha configurado a su institución durante siglos, además de demostrar cómo ésta puede avanzar y provocar cambios que vayan acorde a los tiempos, sin tener que ceder al relativismo y la crítica.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora Fundación Voces Católicas.

 

 

FOTO:DYN/RODOLFO PEZZONI/AGENCIAUNO.