Nunca fuimos, no somos y probablemente no seremos nunca –al menos si seguimos el mismo derrotero- un país serio. Nunca fuimos probos, ni políticamente estables, ni legalistas ni institucionales.
Publicado el 05.04.2015
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Quizá es una de las frases más célebres de nuestra historia política, basada a su vez en uno de los mitos mejor custodiados por parte de nuestra academia, nuestra historiografía y por supuesto, por nuestros políticos. Y es que la apariencia de país serio es el mejor paraguas frente a cualquier escándalo. Pareciera que como si por sólo invocar la idea todos nos pusiéramos de acuerdo en que es mejor barrer los escándalos bajo la alfombra, bajarle el perfil al asunto y dejar que “las instituciones funcionen”.

Lamentablemente para nosotros, la realidad siempre puede más que las apariencias. Y es que la verdad, por mucho que la tapemos con la alfombra o la escondamos en un sobre, siempre aflora. Preguntémosle a Stalin, quien llegó incluso al extremo de borrar a ciertos personajes del registro fotográfico para desconocer su existencia –luego, por supuesto, de haber sido “desaparecidos” por parte de la dictadura soviética-, intentos que terminaron, obviamente, en un gran ridículo internacional.

En Chile pecamos un poco de lo mismo, aunque sin tantos muertos. Y es que nuestro doble estándar moral individual se refleja en nuestra vida pública y trasciende a la política ¿Y qué jué? Así como el chileno –transversalmente- siempre intenta aparentar más de lo que es o tiene, también disfruta en reconocerse distinto a sus vecinos sudamericanos. “Estamos bien, compárate con Argentina, compárate con Venezuela…”. Ok, hay diferencias. Pero no me refiero al fondo de la comparación, sino a las formas. Porque al final del día, da un poco lo mismo lo que realmente somos. Lo relevante es lo que aparentamos ser. Da lo mismo si realmente actuamos en concordancia con la moral, lo importante es adherir a los principios. Da lo mismo si cometemos delitos, total vamos a misa el domingo. Da lo mismo. Y la política refleja esta realidad nacional.

“En Chile las instituciones funcionan”, dijo hace algunos años un Presidente mientras sus ministros recibían sobres con dineros no declarados. El mismo Presidente cuyo hijo fue ministro, de un día para otro, sin que nadie lo conociera de antes, o a lo más por no haber pagado una beca de estudios (pública). El Presidente no terminaba de pronunciar tan célebre frase cuando la oposición -conservadora, honorable y tradicional, descendientes de pares del reino- corrió para ayudarle a mantener esa creencia tan arraigada, lanzándole un salvavidas que en realidad era un collar de plomo para el país. Y es que somos, ante todo, un país serio.

Lo único serio en todo esto, al tiempo que lamentable, es que nos creemos el cuento. Nunca fuimos, no somos y probablemente no seremos nunca –al menos si seguimos el mismo derrotero- un país serio. Nunca fuimos probos, ni políticamente estables, ni legalistas ni institucionales. Por el contrario, cualquiera que lea desprejuiciadamente la historia nacional, o analice con imparcialidad y buena memoria nuestra historia reciente, no podrá dejar de observar que la corrupción está a la orden del día.

Es por ello que los últimos episodios son tan lamentables. ¿Penta? Se probará el delito, ok. Nombre usted una persona que pague feliz sus impuestos o que no haga lo posible por evitarlos. Todos lo hacemos. Lo triste es que no lo queremos reconocer, así que mejor limpiemos el chiquero rapidito, antes de que comience a salpicar para quizás dónde y continuemos con nuestros anhelos por creernos la Suiza americana mientras dejamos de cumplir la ley. Dejemos que las instituciones funcionen, y que el SII aplique sus propios criterios para investigar o no. Sigamos creyendo que los poderes están separados porque así lo dice la Constitución, y que los políticos de alto nivel son honestos e incorruptibles.

¡Que viva el Rey y que muera el mal gobierno! Gritábamos durante la monarquía, bajo la creencia de que los reyes eran seres inmaculados, y cualquier error era culpa de sus asesores. Hoy sigue todo igual. El ministro del Interior dice que la Presidenta no miente, ok. El Fiscal Nacional dice que no acepta intromisiones, ok. Se dice que el SII actúa de manera autónoma, ok.

Y es que al final del día, somos un país serio.

 

Javier Infante, Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO