En casi todos los temas de la agenda —especialmente los relacionados con su programa de reformas—, el Ejecutivo y su coalición adoptan un enfoque de “héroes contra villanos”.
Publicado el 10.02.2015
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“El discurso político contemporáneo tiende a reducir el universo a dos bandos —uno bueno, uno malvado—, cuando de hecho pueden existir cuatro o cinco, cada uno con sus propias ventajas y desventajas. Al presentar dicotomías simplistas y a menudo falsas, el discurso contemporáneo tiende a canonizar a un bando y a anatemizar al otro”, sostiene la estudiosa de las comunicaciones Kathleen Hall Jamieson en su libro “Elocuencia en la era electrónica”.

La reconocida académica norteamericana escribe sobre el estado de la comunicación política en su país, pero lo que dice calza perfectamente con la experiencia chilena reciente, sobre todo durante el actual gobierno. Aunque el discurso maniqueo no es monopolio de la izquierda, por cierto, es indudable que se ha agudizado mucho en estos tiempos de Nueva Mayoría.

En casi todos los temas de la agenda —especialmente los relacionados con su programa de reformas—, el Ejecutivo y su coalición adoptan un enfoque de “héroes contra villanos” (que también aplican a sus socios que se salen del libreto, pregúntenle a la DC). Si hablan de educación, o estás con los estudiantes injustamente discriminados, o con los colegios que lucran discriminando. Si se trata de impuestos, o estás con la vapuleada clase media, o con el 1% más rico. Si hay que discutir una reforma laboral, es cuestión de elegir entre trabajadores y explotadores. ¿Aborto? De un lado están las mujeres, del otro, sus enemigos. ¿Derechos humanos? O estás con las víctimas, o te cuadras con los torturadores. ¿Se suspende HidroAysén? Gana el desarrollo sustentable y pierden los depredadores del medioambiente.

Ese país en blanco y negro es políticamente cómodo, porque todo consiste en enfrentar posiciones que están moralmente en las antípodas. Canonizar o anatemizar. Claro como el agua y sin complicaciones.

El inconveniente es que esa forma de ver los problemas no nos acerca a las soluciones, sino más bien lo contrario, como habitualmente ocurre con las lecturas reduccionistas de la realidad. Más que un sesgo ideológico, es un mecanismo para evadir la reflexión y ahorrarse el trabajo de abordar los temas conflictivos en toda su complejidad. Una opción intelectual pobre, a la vez que una estrategia política irresponsable.

Porque, claro, si un gobierno —éste o cualquier otro— se esfuerza honestamente por entender mejor los desafíos que enfrenta, luego está obligado a explicar sus conclusiones y a justificar sus decisiones ante la opinión pública, una tarea que suele ser tan difícil como ingrata. Y en esta época de encuestas semanales, exposición mediática 24/7, movimientos ciudadanos inquietos y redes sociales hipersensibles, lo políticamente sensato es evitar riesgos y sinsabores, porque así se gana en las urnas (lo que también habla muy mal de los electores, seamos francos).

Eso es muy distinto al liderazgo, que es lo que uno espera de quienes conducen los asuntos del país.

No siempre fue así. Los grandes referentes de la tradición retórica occidental, nos recuerda Hall Jamieson, “rutinariamente exponían el rango de alternativas políticas a examinar, analizando por turno cada una de ellas. Sólo después de haber señalado las fallas de las opciones alternativas, sopesado las objeciones a sus propuestas, y argumentado las ventajas comparativas del curso de acción que favorecían, llegaban a una conclusión”. De ese modo demostraban “manejar los hechos de una situación, entender las alternativas, y podían defender su elección por sobre las otras”.

Si en verdad nos preocupa tener un debate público inteligente, sería buena idea desempolvar esa tradición.

 

Marcel Oppliger, Periodista y y coautor del libro “El malestar de Chile: ¿Teoría o diagnóstico?”.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO