La retroexcavadora chocó con la realidad de que los chilenos quieren mejorar, no cambiar, el modelo. Como las alternativas al capitalismo no han logrado resultados positivos duraderos en ninguna parte, las ínfulas revolucionarias no lograron pasar de un rechazo al capitalismo a una propuesta de modelo de desarrollo alternativo. En América Latina, ni Venezuela, ni Ecuador, Bolivia o Cuba ofrecen alternativas que permitan imaginar la superación del capitalismo.
Publicado el 30.05.2017
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Ahora que la Nueva Mayoría agoniza, la izquierda chilena tendrá la oportunidad de forjar una nueva coalición que no se vea frenada por la presencia moderadora de la Democracia Cristiana. Pero ya que la izquierda concuerda solo respecto a su rechazo al modelo económico actual, pero no respecto a qué tipo de sociedad aspira a construir, ese sector no podrá aprovechar la oportunidad. Después de todo, no tiene una hoja de ruta sobre cómo avanzar, porque no tiene un destino común ni objetivos compartidos.

La caída del Muro de Berlín y el desastroso fin de los socialismos reales a fines de los 80 generó una crisis profunda en la izquierda mundial. En Chile, que venía saliendo de la dictadura, la izquierda tomó la bandera de la defensa de la democracia y de los derechos humanos, y convirtió su oposición a la dictadura en la plataforma de unidad para las distintas visiones que coexistían en el sector. Ya que llegó al poder como el socio minoritario de una alianza con el centro, las políticas económicas y sociales impulsadas en los primeros 10 años de democracia fueron aquellas favorecidas por el socio mayoritario de la Concertación. Si bien una buena parte de la izquierda se acostumbró al modelo neoliberal impuesto por la dictadura y dotado en los 90 de un componente social de mercado, otros sectores mantuvieron vivo el argumento de que, apenas la izquierda pudiera ejercer el poder sin necesidad de estar aliada al centro, entonces recién se abrirían las grandes alamedas y se superaría el modelo capitalista.

La llegada de Ricardo Lagos al poder en 2000 y de Michelle Bachelet en 2006 echó por tierra esos sueños de superar el modelo, en tanto ambos Gobiernos realizaron reformas que fortalecían el pilar solidario, pero también profundizaban los principios neoliberales. La aplastante victoria de Bachelet en 2013 produjo una borrachera revolucionaria tardía en aquellos que nunca aceptaron que la única opción era construir más igualdad dentro del modelo capitalista —remodelando, más que usando la retroexcavadora—. Incluso la propia Bachelet hizo suya la tesis de la refundación y de la superación del capitalismo como una opción plausible.

Pero a poco andar, la retroexcavadora chocó con la realidad de que los chilenos quieren mejorar, no cambiar, el modelo. Además, incluso los que quisieran cambiarlo no logran articular propuestas alternativas viables. Como las alternativas al capitalismo no han logrado resultados positivos duraderos en ninguna parte, las ínfulas revolucionarias no lograron pasar de un rechazo al capitalismo a una propuesta de modelo de desarrollo alternativo. En América Latina, ni Venezuela, ni Ecuador, Bolivia o Cuba ofrecen alternativas que permitan imaginar la superación del capitalismo. Es más, para que esos países salgan de las crisis en las que se encuentran inmersos, sus Gobiernos tendrán que adoptar políticas de libre mercado, no profundizar la estatización de las economías.

Precisamente cuando no aparecen alternativas al capitalismo en ninguna parte, la izquierda chilena se encuentra con la posibilidad de construir una propuesta electoral que se diferencie del modelo social de mercado que impulsaron todos los Gobiernos desde 1990 en adelante.  El quiebre con la PDC supone la renuncia a la moderación que impulsaba ese partido. Ahora, sin correa al cuello, la izquierda podrá proponer el modelo en el que realmente cree para superar al capitalismo.

Aunque muchos parecen entusiasmados con la oportunidad, han bastado unas semanas desde que desapareció el veto de centro para que quede en claro que la izquierda solo se une en su rechazo al modelo actual. Mientras los moderados —cercanos al laguismo— promueven políticas de competencia y mercado, los revolucionarios del Frente Amplio impulsan abandonar el barco del capitalismo (que ya se hunde, según ellos) y saltar a un barco que iremos construyendo participativamente todos mientras flotamos en alta mar. El candidato oficial de los partidos de izquierda, el senador Alejandro Guillier, personifica la confusión al pasar de las promesas refundacionales un día a un discurso de mejoras de lo que hay al día siguiente.

Por casi 30 años la izquierda culpó a sus socios de centro por las políticas amigables con el mercado que impulsaron los Gobiernos de la Concertación y la Nueva Mayoría. Ahora que esa excusa ha desaparecido, la izquierda se ve enfrentada a la dura realidad de reconocer que, aunque los une su rechazo al modelo, ese sector no tiene una hoja de ruta alternativa para construir una alternativa al capitalismo. Por eso, si la izquierda llega a ganar el poder, por más nerviosos que se pongan algunos, entre seguir la derrotada vía del socialismo cubano o chavista, la izquierda chilena solo podrá, siguiendo el ejemplo de Aylwin, darle un rostro humano al neoliberalismo.

 

Patricio Navia, #ForoLíbero

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN/AGENCIAUNO

 

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