Este 21 de mayo desde las calles de Valparaíso recibimos un mensaje mucho más claro y urgente que adentro del Congreso, sería hora de escucharlo y asumirlo, de una vez por todas, en su profundo sentido político.
Publicado el 22.05.2016
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Como todos los años, este 21 de mayo la Presidenta de la República asistió a una solemne sesión del Congreso Pleno, para dar cuenta al país de la labor del gobierno. Discurso ampliamente comentado, es el momento de máxima expresión de los temas que ocupan por estos días a gobierno y oposición.

Mientras la Mandataria lee su mensaje, afuera, en las calles que circundan el edificio del Congreso, un grupo de aproximadamente 400 encapuchados destruyen lo que encuentran a su paso, atacan a Carabineros y se despliega en todo su esplendor la batalla campal a la que ya estamos habituados.

Son los “manifestantes”, a los que los policías deben contener con especial cuidado: el uso de los balines de goma, sólo en situaciones extremas, debe hacerse con la precisión de un ensayo de polígono; el famoso “guanaco” debe apuntar su pitón en una dirección y a una distancia que garantice la certeza de ser inocuo; las lesiones que sufren los policías son una estadística, las que eventualmente lleguen a ocurrirle a un encapuchado son motivo de investigaciones judiciales e informes del Instituto de Derechos Humanos a organismos internacionales.

Sólo que este 21 de mayo hubo una diferencia: los encapuchados prendieron fuego a un edificio en el que se encontraba un modesto trabajador, el cuidador de 71 años, que no alcanzó a escapar y que falleció producto del humo tóxico y el calor del incendio.

Era cuestión de tiempo para que esto ocurriera y el problema no es, como se dijo el mismo sábado, que falló la inteligencia policial o que hay que trasladar esta ceremonia a otra parte.  El problema es que llevamos años capturados por la ideología que trata al encapuchado como manifestante y no como como delincuente y que, a su vez, trata al delincuente como víctima, en lugar de tratarlo como lo que es.

La oposición busca, también desde hace tiempo, un “relato” y no lo encuentra por una razón muy simple: está encerrada en los temas que coloca la izquierda. Hace años que la figura del encapuchado agrede todo lo que un partidario de una sociedad basada en la libertad individual valora. El encapuchado es la negación de la igualdad ante la ley, de la justicia de la responsabilidad, de un orden social fundado en el Estado de Derecho. Frente a todo eso es la expresión del imperio de la patota, de la fuerza vociferante, de la agresión al “sistema” piedra en mano.

El que ve la imagen en televisión de un encapuchado lanzándole una piedra a un carabinero que se protege encogiéndose tras en un escudo o una muralla y no percibe que ahí está desplegado todo el debate político de los últimos 300 años o más, sencillamente no va a encontrar nunca su relato.

Y, aunque no sea evidente, la misma razón para actuar con debilidad al momento de tomar posición frente al encapuchado es la que explica las dudas en la discusión constitucional. Es la misma confusión en lo elemental que debiera configurar la alternativa política a la izquierda: la idea del gobierno de la ley, de una sociedad en que todos –gobernantes y gobernados- estamos sometidos a normas comunes, que debemos respetar y cuya infracción acarrea sanciones para todos.

Un marco objetivo, que permite a cada persona buscar su propio desarrollo, haciéndose dueño del producto de su esfuerzo, en que ni la mayoría, ni la patota encapuchada, puede pasar por sobre ese sistema que es la base de una organización civilizada y que llamamos Estado de Derecho.

El proceso para llegar a una nueva Constitución ideado por el gobierno y su objetivo de una asamblea constituyente, fuera de todo el ordenamiento jurídico, es precisamente la renuncia a esos valores, es aceptar la lógica de que quien tiene el poder puede saltarse las reglas, para imponer su visión de la sociedad y definir los derechos de acuerdo a su voluntad. Es la lápida de cualquier proyecto de sociedad libre.

El encapuchado vulnera la seguridad jurídica y por ende la libertad individual a piedrazos, el proceso constituyente lo hace a “decretazos”. Tomar posición frente a esto con la misma claridad y decisión no es “falta de olfato político”, como dicen algunos; ni quedarse debajo de lo que “quiere la gente”, como plantean otros. Es simplemente asumir el núcleo fundamental del proyecto político que se dice representar. Renunciar a eso es desaparecer conceptualmente, es convertirse en un mero lector de encuestas, en ejecutivo de ventas de un partido; condenado, como todo vendedor, a entrar en la lógica de las ofertas.

Este 21 de mayo desde las calles de Valparaíso recibimos un mensaje mucho más claro y urgente que adentro del Congreso, sería hora de escucharlo y asumirlo, de una vez por todas, en su profundo sentido político. Es demasiado grande el elefante, perdón el relato, para no verlo.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

FOTO: AGENCIA UNO

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