Defender nuestra libertad no es simplemente aceptar nuevas medidas que buscan nuestra seguridad, por el contrario, es preguntar: ¿no es esto un paso en retroceso?
Publicado el 22.04.2017
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Tuve la suerte de participar en una curiosa discusión esta semana, el tema: los drones. El problema que atravesó toda la discusión era muy simple, ¿está bien que se utilicen los drones para la vigilancia de todos nosotros? La respuesta, como siempre, no es tan simple. Más de alguna duda nos sigue quedando al respecto.

Una mirada rápida pareciera decir que no hay mayores problemas con mejorar los sistemas de vigilancia, que es solo una forma de mejorar la seguridad por medio de los avances tecnológicos disponibles. Más de alguna vez se ha invocado aquel famoso adagio de Jefferson donde nos dice que el precio de la libertad es su eterna vigilancia, para justificar la masificación de un sistema que pide más y más de sus miembros.

El problema es que ello no es sino un problema en la lectura de la frase. Defender nuestra libertad no es simplemente aceptar nuevas medidas que buscan nuestra seguridad, por el contrario, es preguntar: ¿no es esto un paso en retroceso?

La conversación se nos hacía más problemática, ¿el nuevo proyecto de drones, en qué dirección iba? ¿En qué punto, para generar condiciones de libertad, no se pasa a coartarlas? La idea en primera instancia parecía buena, era solo una forma más eficiente de la vigilancia necesaria para nuestra seguridad, pero ¿y la privacidad? ¿No es, acaso, la privacidad un elemento necesario para nuestra libertad?

En un famoso libro publicado hace más de 40 años, el célebre pensador francés Michel Foucault utilizaba la figura del panóptico para explicar cómo los sistemas de vigilancia hoy en día guardan una íntima relación con el poder y los métodos de dominación. El panóptico es una idea de Jeremy Bentham que describe la arquitectura de una cárcel. En ella un observador puede mirar a la vez todas las celdas y sus prisioneros, pero cada uno de ellos no puede ver a quien lo observa y por ello no sabe si efectivamente lo están viendo en ese momento. La posibilidad constante de estar expuesto a la mirada del vigilante permite que éste ejerza el poder de manera más directa y efectiva.

¿Y qué tiene que ver toda esta arquitectura con nuestros drones? Nada más que una oportunidad para pensar. Quizá vale la pena tomar la figura del panóptico y aplicarla a nuestro problema de los drones. Si la vigilancia tiene relación con el poder, no deberíamos descartar tan rápido la posibilidad de que esta nueva forma de vigilarnos no sea, a su vez, un peligro para nuestra libertad.

Supongamos una masificación del sistema de drones para vigilar, ¿no se pasa a llevar en algún punto nuestra privacidad? ¿En qué minuto dejamos de ser vistos? Eso nos deja las puertas abiertas a una de las herramientas más eficaces del poder: la exposición. Entre menos espacios tengamos para desarrollar nuestra intimidad y privacidad, más difícil será  luego poder desarrollar nuestra libertad y una vida en común. Esto, porque precisamente si de algo requiere una relación con otro es que sea algo distinto de mí, algo que me excede, algo que es algún punto no puede ser mío. La exposición y normalización no solo destruye nuestra intimidad, sino que con ello se lleva también a la comunidad.

Pero seamos honestos, los drones no son el fin ni de la libertad ni de nuestra vida en comunidad. Sin embargo, son un llamado de atención para pensar los límites que ponemos al poder. Si seguimos aquella idea de Jefferson, debemos estar atentos a las posibles amenazas a la libertad. Nada es tan inocuo como parece.

 

Raimundo Cox, pasante de investigación Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO