El racismo es una enfermedad peligrosa, pero la historia ha demostrado que también es contagiosa. Produce una suerte de dinámica que permite la difusión de la propaganda de odio, que va sumando nuevos adeptos bajo las más diversas razones: una superioridad racial histórica; la existencia de enemigos contra la nacionalidad, sus costumbres o su gente; la reconstrucción de un lenguaje de odio con argumentos poco racionales, aunque efectivos en algunos grupos, etc.
Publicado el 26.08.2017
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En las últimas semanas se han vivido nuevas oleadas de violencia y protestas en Charlottesville, Virginia. Probablemente esto no sería noticia -considerando que prácticamente en el mundo entero hay movilizaciones sobre los más diversos temas-, pero en este caso hay ciertas características particulares que lo vuelven preocupante, no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo entero. Aquí reaparece con fuerza el racismo, lo que vuelve las protestas especialmente preocupantes y peligrosas.

El racismo no es una novedad histórica, sino que tiene muchos siglos y manifestaciones diversas. Algunas han sido sangrientas y dramáticas, como nos recuerda el drama del nacionalsocialismo y el régimen de Hitler en Alemania, entre 1933 y 1945. El dictador alemán gustaba adornar sus discursos con sendos mensajes contra los judíos, a quienes culparía hasta el final de su vida de los mayores males de la Europa de entonces, lo que le permitió desarrollar una escalada de acciones contra ellos, a través de la mera propaganda en un primer momento, seguida por persecuciones específicas, hasta llegar a las detenciones en masa, y finalmente el genocidio.

Con seguridad, las manifestaciones de los últimos días no tienen la gravedad ni las connotaciones de lo que fue la experiencia histórica del nazismo. Sin embargo, conviene estar alertas y analizar lo que han sido en su justa dimensión. Después de todo, las manifestaciones en Charlottesville han tenido, entre otras cosas, algunos símbolos del nazismo y también una recreación de su discurso, que al componente supremacista blanco ha agregado un componente antisemita.

El tema racista tiene una larga data en los Estados Unidos. Uno de sus momentos más dramáticos fue la guerra civil que sacudió a esa nación en la segunda mitad del siglo XIX; ciertamente la década de 1960 sigue en el recuerdo de muchos que vieron la marcha de Martin Luther King y escucharon sus emotivas y convocantes palabras en favor de una sociedad más unida. La elección de Obama como Presidente fue otro instante en el cual el racismo parecía quedar en la historia, abriendo paso a la consistente visión de Estados Unidos como una tierra de oportunidades. Sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas han vuelto a poner el tema en la palestra.

Como sabemos, hay un contexto que en otras ocasiones suma diferentes problemas al tema del racismo: policías que golpean a personas sospechosas por ser “de raza negra”, a lo que se suma un discurso político de los últimos años que tiende a uniformar y falsear la historia, que supuestamente habría sido hecha por blancos que hoy se sienten amenazados. Así lo señalaron algunos relatores de las Naciones Unidas tras conocer los acontecimientos de Virginia: “Estamos alarmados por la proliferación y prominencia que han ganado los grupos que promueven el racismo y el odio. Actos y discursos de este tipo deben ser condenados sin medias tintas, y los crímenes de odio investigados y sus autores sancionados”.

El racismo es una enfermedad peligrosa, pero la historia ha demostrado que también es contagiosa. Produce una suerte de dinámica que permite la difusión de la propaganda de odio, que va sumando nuevos adeptos bajo las más diversas razones: una superioridad racial histórica; la existencia de enemigos contra la nacionalidad, sus costumbres o su gente; la reconstrucción de un lenguaje de odio con argumentos poco racionales, aunque efectivos en algunos grupos, entre otros problemas asociados.

Chile debe estar atento a este problema, considerando la creciente inmigración, que muchas veces sirve para que emerjan sentimientos racistas, argumentos construidos especialmente en contra de los inmigrantes. En esto, como en otras cosas, es mejor prevenir que curar, es más conveniente educar adecuadamente la relación con otras personas o razas, a esperar que fluyan espontáneamente las reacciones que reinstalen la barbarie y contradigan la civilización.

Quizá el mayor bien que han producido los ataques racistas en Estados Unidos ha sido la reacción prácticamente unánime para condenarlos. Las fórmulas que se han usado son diversas: el racismo es un mal, su violencia es inaceptable, como lo es la odiosidad que lo acompaña. Es un tema en el cual corresponde y conviene hablar claro, para evitar interpretaciones sesgadas o tibias, que necesariamente parecen justificatorias y, por lo mismo, inaceptables. Es mejor cortar el racismo de raíz, lo que permite enfrentar de manera más clara y definitiva los males asociados.

Estados Unidos, como otras sociedades, está viviendo un momento sicológico: es el que permitirá que la escalada de odio racista crezca hasta límites desconocidos y peligros, o bien es llevará a enterrar el racismo donde corresponde: al vertedero de las “ideas” que, si bien existen, son repugnantes, y aunque renazcan con cierta fuerza cada cierto tiempo, deberían avergonzar a las sociedades y grupos que las patrocinan.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)

 

 

FOTO: MAGALY VISEDO/AGENCIAUNO