La gente quiere un líder que sea capaz de expulsar a los mercaderes y vendedores que se han tomado el templo y que purifique tanto la política como la clase empresarial.
Publicado el 08.01.2016
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Los reiterados casos de colusión de grandes empresas y la percepción generalizada de que la clase política está más preocupada de mantener sus granjerías y privilegios que de representar a los chilenos comunes y corrientes, amenazan con convertirse en la plataforma de campaña que pavimente el camino al éxito a liderazgos populistas en las próximas elecciones presidenciales. Ya que provenir de la elite o aparecer demasiado cercano a ella representará, para la opinión pública, evidencia incontrarrestable de ser parte de los que se benefician de la colusión y el abuso, o al menos de los que no hacen nada para evitarlos, la gente premiará candidatos que se levanten contra la elite y que prometan terminar con la impunidad que parece existir para los que se coluden y abusan.

Equivocadamente, algunos analistas creen que los chilenos, molestos con todos los casos de colusión y abuso, están dispuestos a apoyar a candidatos antisistema que prometan usar una retroexcavadora para derribar el modelo social y económico que se comenzó a construir en Chile en dictadura y que ha sido mejorado, profundizado y ampliado desde el retorno de la democracia. Para aquellos nostálgicos de la revolución y apocalípticos profetas del fin del modelo, el malestar acumulado por los casos de financiamiento irregular de campañas y las repetidas evidencias de colusión en los mercados, que no funcionan libremente y que son capturados por carteles que abusan de los consumidores, ha hecho que los chilenos estén más que determinados a poner fin al modelo social de mercado que existe en el país.

Pero estar descontento respecto a cómo funciona el barco, a la forma en que se distribuyen las oportunidades y los beneficios y a que las reglas no aplican igual para todos, no significa que la gente quiera que se hunda el barco. Además de que no hay otro barco al que cambiarse, la idea de quemar la nave que nos ha permitido llegar lejos no es sensata. Los que quieren incendiar el barco dicen que entre todos podemos construir un barco nuevo que sea mejor que el actual. Pero esa propuesta tampoco parece demasiado atractiva para la gente que ya se ve superada por sus problemas cotidianos, sus expectativas, sueños y temores. La gente sabe que no hay otra opción que hacer que este mismo barco funcione mejor.

Por eso, la salida obvia y natural será buscar a líderes que sean capaces -o al menos prometan- limpiar el barco de piratas y bucaneros que se han dedicado a saquear, desde las cómodas cabinas que comparten con la elite de primera clase, a los esforzados chilenos que viajan en segunda y tercera clase. Esos chilenos aspiran a ser beneficiarios de las comodidades y oportunidades que existen en el barco pero que han sido monopolizadas por una clase empresarial y política que se reparte los beneficios entre ellos y que, además, permite que sus hijos también participen del abuso que cotidianamente cometen los bucaneros.

Desde antes que estallaran los escándalos Penta, SQM y Caval; la percepción generalizada de la gente era que el sistema no funcionaba con las mismas reglas para todos. Mientras a la gente sin apellidos ni conexiones se los trataba con el máximo rigor de la ley, a los miembros de la elite política y empresarial se les trataba con guante blanco. Ese descontento alimentó la enorme popularidad de Michelle Bachelet, que llegó al poder por segunda vez prometiendo terminar con el abuso. Pero a dos años de iniciado su gobierno, los casos de abuso se siguen multiplicando y Bachelet aparece más preocupada de proteger a su hijo -que ha venido a convertirse en el niño símbolo del abuso y trato preferencial- que de defender a los chilenos que cotidianamente son abusados por empresarios que se coluden y por políticos que se preocupan de remojar sus barbas en las regalías y privilegios del poder que de defender a los que depositaron en ellos sus esperanzas por cambio y mejoras.

Contrario a lo que muchos apocalípticos piensan, Chile no está al borde de un estallido popular ni el país arriesga hundirse en una tormenta de disconformidad social causada por los casos de financiamiento irregular de la política, corrupción y colusión. Aunque profundamente molestos, los chilenos saben que no hay otro barco al que cambiarse ni están con ganas de seguir a los profetas revolucionarios que prometen que entre todos podremos construir un nuevo barco. La gente quiere líderes que sean capaces de alzarse y limpiar este barco -el único que conocen y que saben que funciona y produce riqueza-.

La gente quiere un líder que sea capaz de expulsar a los mercaderes y vendedores que se han tomado el templo y que purifique tanto la política como la clase empresarial. Algunos dirán que el terreno está fértil para la aparición de un liderazgo populista. Pero el populismo no es la causa del problema, es el resultado inevitable de una elite complaciente e irresponsable, incapaz de materializar la promesa de igualdad de oportunidades y meritocracia.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/AGENCIAUNO

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