Lo que observamos es un fenómeno creciente por una adhesión mayoritaria a liderazgos más bien centristas-liberales, quienes son vistos como sinónimo de progreso, de oportunidades y de libertad.
Publicado el 21.06.2018
Comparte:

Las recientes elecciones presidenciales en Colombia ratifican una tendencia que se ha venido marcando, y cada vez con mayor ahínco, en este lado del mundo. El triunfo del presidente electo Iván Duque sobre Gustavo Petro, por un 54% versus 41,8%, es el sino de una tendencia que se ha replicado, a modo de ejemplo, en Chile, con el Presidente Piñera; en Argentina, con el Presidente Macri y en el Perú, con el destituido Presidente Kuczynski: la retirada de los liderazgos de izquierda y del populismo en Latinoamérica.

Podríamos analizar o entrar a detallar las razones que han generado esta suerte de movimiento tectónico en las placas de la política continental que, en algún momento, estuvo marcada por las banderas de la izquierda y que hoy sólo se mantienen gracias a la dictadura cubana de los Castro, la dictadura camuflada de democracia que mantiene Maduro en Venezuela, y el intento de Evo Morales por mantenerse en el poder buscando triquiñuelas para adaptar la Constitución. Quizás el más “estable” de estos personajes sería el sandinista Daniel Ortega, en Nicaragua, quien llegó al gobierno en 2007 y en el año 2014 manipuló la Asamblea Nacional para poder presentarse indefinidamente a reelección.

Pareciera que la ciudadanía estaría despertado de esta especie de letargo, esta suerte de “engaño populista”, como bien lo definen Axel Kaiser y Gloria Álvarez, donde por años hemos sido testigos de cómo liderazgos de izquierda han conducido a sus países por el camino de la pobreza, del mal uso y gestión de los recursos públicos, de tasas inflacionarias desbocadas, de escándalos de corrupción del más alto nivel –siendo el caso más emblemático el del ex presidente del Partido de los Trabajadores en Brasil, Lula da Silva–, junto con severas restricciones a la libertad, a los derechos tanto individuales como colectivos y, por ende, a la destrucción de las posibilidades de progreso. En la conciencia de la izquierda, desde su ethos, se instala la conciencia populista, su desprecio por la libertad individual y la correspondiente idolatría por el Estado que los sitúa a la par de totalitarismos de antaño, así como el odio hacia el neoliberalismo o su obsesión igualitarista en desmedro del concepto de equidad o justicia social.

En la actualidad son cada vez menos las naciones que optan por respaldar proyectos de izquierda, los cuales además adolecen de planes de largo plazo y se refugian en el pasado para mantener abiertas las heridas que profundicen tanto la segmentación como la ideologización, propiciando comportamientos más bien fundamentalistas, arraigados en la lucha de clases y el resentimiento, que en estados racionales que favorezcan el diálogo, la reflexión y la valoración de las buenas ideas más allá del tinte político de quien las manifieste. Lo que observamos es un fenómeno creciente por una adhesión mayoritaria a liderazgos más bien centristas-liberales, quienes son vistos como sinónimo de progreso, de oportunidades y de libertad.

Cierto, los “legados” con los cuales asumen estos mandatarios no son ni simples de soslayar y los tiempos políticos presidenciales, en el caso por ejemplo de Chile, son bastante acotados como para solucionarlos. Sin embargo, la continuidad de estos proyectos políticos, con la consiguiente alternancia de liderazgos, produce un aumento en las expectativas que trascienden lo netamente ciudadano y que reflejan una recuperación, si bien paulatina, mucho más vigorosa y robusta que garantiza un marco de estabilidad propicio para la inversión, para el aumento de las oportunidades laborales, para una infraestructura de calidad, para la libertad tanto de educación como enseñanza. Todo esto se traduce en mejoras que se reflejan en bienestar y mejor calidad de vida para los habitantes en el territorio, quienes empiezan a enarbolar sus propias banderas: las de la prosperidad, la felicidad, la autorrealización, la meritocracia y la libertad.

Rodrigo Durán Guzmán, magíster en Comunicación Estratégica y periodista.
@rodugu