A menos de un año de haber llegado a sus cargos, el fracaso de Burgos y Valdés es evidencia incontrarrestable de que este gobierno fue incapaz de corregir el rumbo.
Publicado el 12.01.2016
Comparte:

Ocho meses después de que su llegada al gabinete generó altas expectativas de que el gobierno de Bachelet enmendaría el rumbo y retomaría el sendero de los consensos y el foco en el crecimiento económico que siempre caracterizó a los gobiernos de la Concertación, el liderazgo que hoy tienen el Ministro del Interior Jorge Burgos y el titular de Hacienda Rodrigo Valdés está muy devaluado. Porque fueron incapaces de hacer cambiar el rumbo del gobierno y porque no han podido imponer su reconocida preferencia por el diálogo y la construcción de consensos en un gobierno que siempre ha albergado aires fundacionales, la dupla Burgos-Valdés se ha visto reducida a ser un muro de contención que sólo a veces logra frenar malas iniciativas que emanan de La Moneda.

Cuando fueron nombrados por la Presidenta Bachelet, para remplazar a Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas, la llegada de Burgos y Valdés fue celebrada como un punto de inflexión en el gobierno. Burgos y Valdés se convirtieron en la señal que necesitaba parte del mercado para declarar muerto el intento fundacional de la Nueva Mayoría. Las conclusiones apresuradas sobre la nueva hoja de ruta que tendría el gobierno fueron complementadas con el propio reconocimiento de Bachelet sobre el realismo sin renuncia. Pero ni Burgos ni Valdés lograron convertirse en hombres cercanos a Bachelet. Aunque ambos lograron frenar algunas iniciativas inconducentes al crecimiento que se promovían desde otros puestos en el gabinete, ni Valdés ni Burgos pudieron hacerse del control de la agenda legislativa ni imprimir en el gobierno su sello de moderación y diálogo.

La tramitación de la reforma laboral ha sido el mejor ejemplo del poco espacio que han tenido Burgos y Valdés para imponer sus visiones sobre la dirección que deben tomar las reformas. La dupla Interior/Hacienda no ha sido capaz de cambiar el rumbo de esa legislación para ponerla a tono con una lógica que a la vez de promover mejoras en la productividad y los salarios también promueva la creación de empleo. En cambio, al ser capaces sólo de bloquear los intentos de la retroexcavadora de izquierda, la dupla Burgos/Valdés ha contribuido a aumentar la incertidumbre respecto a cuáles serán las reglas que rijan al mercado laboral en los próximos años.

Algo similar ocurre con la anunciada-pero todavía no materializada- reforma a la reforma tributaria. Aunque parece haber bastante agua en la piscina para introducir cambios que simplifiquen el sistema, mientras más se prolongue la incertidumbre sobre qué entrará en la reforma y qué temas quedarán fuera, más dañino será el efecto sobre la ya estancada economía nacional. Porque incluso las malas noticias son mejores que la incertidumbre permanente sobre lo que ocurrirá, esta suerte de empate que existe entre los que quieren seguir adelante con las reformas fundacionales y la capacidad de obstaculizar parcialmente esas iniciativas que ha demostrado tener la dupla Burgos/Valdés ha contribuido a consolidar la percepción generalizada que en Chile, en materia de políticas públicas, no pasará nada -o al menos nada bueno- en lo que resta del período de Bachelet. Igual que un equipo de fútbol con nula capacidad ofensiva, la dupla Burgos/Valdés está sólo preocupada de que el equipo contrario no anote demasiados goles. Existe cero chance de ganar el partido. Aunque siempre es mejor perder por la cuenta mínima que perder por goleada, la inevitabilidad de la derrota ha hecho que muchos actores económicos hayan decidido cambiar de canal y poner sus inversiones en otra parte.

Las complicaciones que ha tenido Jorge Burgos para consolidarse como el jefe político del gobierno ya habían quedado de manifiesto antes del sorpresivo viaje de Bachelet a La Araucanía. Por más que Burgos haya intentado empoderarse al declarar, después de una reunión con Bachelet, que eso no volvería a ocurrir, la percepción en la plaza es que Burgos está fuera del círculo de poder de Bachelet y que este reciente encontrón lo dejó más cerca de la salida del gabinete que de los espacios donde se toman las decisiones en este gobierno.

Por su parte, las malas noticias económicas -con el cobre por debajo de los US$2 la libra- complican aún más la ya debilitada posición de Valdés. Aunque no fue responsable de lo que pasó, Valdés está en la misma posición de un entrenador de fútbol que llegó a un equipo perdedor para evitar el descenso, pero que fracasó en el intento. La culpa no es suya. Pero su desempeño no puede ser catalogado como exitoso.

A menos de un año de haber llegado a sus cargos, el fracaso de Burgos y Valdés es evidencia incontrarrestable de que este gobierno fue incapaz de corregir el rumbo. A menos de dos años de la próxima elección presidencial, el sentimiento generalizado es que da un poco lo mismo si Valdés o Burgos son capaces de evitar que el gobierno anote más autogoles. Pase lo que pasa, en este cuatrienio, Chile ya perdió el partido.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

FOTO: AGENCIA UNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Patricio Navia