Los fetiches de la izquierda adquieren vida propia, porque están concebidos como criaturas con poderes sobrenaturales: una vez vean la luz, derribarán las desigualdades, la injusticia, la codicia, en fin, todas las miserias que, a su juicio, incuba una sociedad que se excede en libertad y en confianza en las personas, en desmedro del Estado, el colectivismo y la burocracia.
Publicado el 29.05.2015
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Con la obsesión y el método que la caracteriza, la izquierda tiene la capacidad de transformar sus banderas de lucha en fetiches, en objetos de deseo únicos e irremplazables.

Su primer e inagotable objeto de deseo, antes y ahora, aquí y en la quebrada del ají, es el Estado. No como garante de libertad, justicia y bien común, sino como antagonista de la iniciativa individual. Un propósito recurrente en los proyectos políticos de las fuerzas de izquierda es instalar filiales estatales de todas las actividades posibles en una sociedad.

Ni la filantropía se escapa; en Chile ha criticado a la Teletón, porque les parece inaceptable que una organización de la sociedad civil haya levantado una red de centros de rehabilitación de esa magnitud y recaude recursos millonarios, en colaboración con las empresas privadas y los ciudadanos, sin mediar más que la voluntad y campañas exitosas (de las más exitosas en el mundo, por cierto).

Los fetiches de la izquierda adquieren vida propia, porque están concebidos como criaturas con poderes sobrenaturales: una vez vean la luz, derribarán las desigualdades, la injusticia, la codicia, en fin, todas las miserias que, a su juicio, incuba una sociedad que se excede en libertad y en confianza en las personas, en desmedro del Estado, el colectivismo y la burocracia.

El fin al lucro en la educación va a asegurar “igualdad”. Era la educación como “bien de mercado” la que impedía, hasta ahora, que los colegios públicos se desempeñaran con la calidad de los privados; y a sus alumnos acceder a iguales oportunidades. No era un estatuto docente que actúa como camisa de fuerza e impide premiar a los buenos profesores; o el exceso de trabas para que los colegios desplieguen proyectos creativos y diversos; o las carencias de un entorno de pobreza que el Estado debiera suplir no solo con más recursos, sino especialmente con mayor compromiso y exigencia. No, era el lucro y una vez que ha sido derribado, la izquierda espera que se dará a luz una educación “gratuita y de calidad para todos”.

El fetiche gratuidad ha ido escalando posiciones. Mientras se resuelve su extensión a la Educación Superior (con una fórmula que discrimina de manera grosera a más de 300 mil alumnos por el pecado de matricularse en otras universidades y no en las favoritas del Estado), la Nueva Mayoría avanza en otras líneas más innovadoras: tramita en el Congreso la gratuidad en los estacionamientos de centros comerciales por las dos primeras horas, un objeto de deseo aparentemente modesto, pero por el cual bien vale la pena jugarse porque transgrede, ni más ni menos, que la propiedad privada de uno de los símbolos del capitalismo.

El fin del binominal –uno de los fetiches mejor cultivados por la izquierda chilena– va a asegurar, ahora sí, una representación más justa de la voluntad de los electores en el Congreso, leyes de mejor calidad, el fin de los “enclaves autoritarios”, etc.

Durante décadas el sistema electoral binominal fue el chivo expiatorio de prácticamente todos los déficits sociales y políticos que afectan a nuestro país, desde la mala educación, hasta las listas de espera en salud, pasando por la corrupción, la delincuencia, la contaminación, etc. De pasada, el fetiche le permitió a la izquierda reordenar las zonas electorales de forma más conveniente para sus propósitos electorales; y multiplicar los escaños en el Congreso, de manera que en marzo de 2018 los ciudadanos de Chile vamos a darle la bienvenida a 47 parlamentarios más, pasando de 158 actuales a 205.

El objeto de deseo que obsesiona hoy a buena parte del oficialismo, es la Nueva Constitución. Tras 26 meses desde que lo planteara por primera vez (abril de 2013), la Presidenta de la República no ha podido explicarnos, hasta ahora, ni la diferencia concreta entre el texto que rige hoy en Chile y el que aspira a promover (algo adelantó la ministra Ximena Rincón hace un año, cuando dijo que en el texto actual la propiedad privada tenía una “preminencia exagerada”), ni tampoco la fórmula institucional que la va a sancionar.

Lo único que sí sabemos, es que la Princesa Azul de la izquierda, el objeto de deseo que despierta hoy sus mayores pasiones, es la Nueva Constitución.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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