Un ministro de Estado no habla a título personal. Menos puede plantear una opinión disonante con el gobierno o la Presidenta.
Publicado el 12.09.2015
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La primera interpretación de la larga entrevista a Nicolás Eyzaguirre -no había dado ninguna desde que asumió como ministro Secretario General de la Presidencia- es que se trató de una especie de catarsis terapéutica. Casi no dejó tiempo para preguntas, más bien desplegó un relato sin interrupciones, el que parecía ensayado una y otra vez frente a un espejo o una cámara de TV en un media training. Eyzaguirre no era Eyzaguirre. Humilde, pausado, auto crítico, moderado. Lejos del hombre acelerado, avasallador, polémico y autor de frases irónicas capaces de sacar ronchas a cualquiera.

Una confesión auto impuesta. Un mea culpa profundo y sin existir, aparentemente, ningún motivo para este acto de contrición pública. ¿Eyzaguirre actuó de vocero del gobierno?, ¿de Michelle Bachelet?, ¿o simplemente de él mismo? Tal vez todas las anteriores, pero lo cierto es que ésta ha sido una de las piezas comunicacionales más potentes y de mayor impacto en los último meses de gobierno. Sin duda, más que el malogrado cónclave, cargado de incertidumbres y ambigüedades. “Decidí hablar porque el país está pasando por un mal momento” dijo –tal vez en el único instante en que lo traicionó su gran ego- el ministro. Primero entonces, valentía para decir lo que se percibe en el ambiente. Segundo, autocrítica de los errores cometidos, especialmente con la capacidad de reconocer que se falló en el diseño y la gestión de las reformas. Tercero, propositivo, invitando a buscar acuerdos. Y finalmente, leal al proteger la reputación de la Presidenta (a quien califica entre sus amistades) y desligarla de la ambición de su nuera e hijo.

Vamos a lo formal. Un ministro de Estado no habla a título personal. Menos puede plantear una opinión disonante con el gobierno o la Presidenta. Cuando eso ocurre, las consecuencias van desde quitarle el piso (desmentirlo) hasta pedirle la renuncia inmediata. Como nada de eso ocurrió –por el contrario, fue respaldado por un descolocado ministro Díaz-, deberíamos interpretar este episodio como una vocería oficial. Y en forma más específica, de la Jefa de Estado. Eyzaguirre habló por Bachelet o la entrevista representa una avanzada, un “tanteo” de terreno, para que ella ratifique este mismo relato pronto.

Insisto en que esto huele a plan. La duda es si es una estrategia de Bachelet–Eyzaguirre o del gobierno. Suena a lo primero, ya que se acerca más al estilo de la Presidenta. Si la hipótesis es correcta, ella debería actuar rápido para no perder la oportunidad y acordar con sus secretarios de Estado que todos salgan a reforzar ese discurso.

Si la Presidenta planeó o autorizó esta insólita entrevista de su ministro más cercano, le quitó el piso a Burgos (quien debería jugar un rol clave en marcar la ruta política) y de paso la vocería estratégica al ministro Secretario General de Gobierno, aumentando la falta de una visión de equipo que se percibe del gabinete. Ha pasado un buen tiempo ya desde el ajuste de gabinete, y la verdad es que no han podido posicionarse como una unidad sólida que blinde a la Jefa de Estado. Se habla de las duplas: Burgos-Valdés y Valdés-Pacheco. Vemos a una solitaria ministra Delpiano cargando la pesada mochila de la reforma educacional. Ximena Rincón pareciera actuar bajo la supervisión de Valdés. Por su parte, al encargado de las comunicaciones, Marcelo Díaz, se le nota algo ausente, cansado, seguramente muy afectado por la bochornosa explicación del computador de Dávalos.

Definitivamente, las comunicaciones han sido un punto débil en esta nueva etapa que inauguró el gobierno. Tal vez sólo el reflejo del desorden y la falta de claridad política, pero se podría hacer mucho más. Falta mayor homogeneidad en el relato; explicitar una ruta clara y acotada, que tenga más contenidos que slogan publicitarios; se deben coordinar mejor las vocerías (pareciera que cada ministro tiene su propia estrategia comunicacional). Finalmente, dos recomendaciones: a) La Presidenta podría tener un rol más protagónico en desplegar el discurso (es malo que se interprete si otros están hablando por ella). Yo lo focalizaría y me haría cargo de los dos temas que más preocupan a los chilenos hoy: seguridad y corrupción; b) Marcelo Díaz debería tener una vocería más estratégica y menos reactiva. Y con todo respeto ministro. Podría darle una vuelta a su estilo. Juegue un poco más con los espacios y el tono. La puesta en escena de su cargo no debe parecer como que estuviera comunicando siempre una mala noticia. Al país le está faltando un cambio de ánimo y usted puede contribuir bastante.

 

Germán Silva Cuadra, Director del Centro de Estudios y Análisis de la Comunicación Estratégica (CEACE), Universidad Mayor.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO