Un año donde la principal prueba para la democracia estará puesta en la esfera pública y las condiciones para que la deliberación —y la razón— subsistan los embates de la anti-política y la pesadilla de un mundo refundado sobre bases no-democráticas, populistas, autoritarias, nacionalistas, sectarias o totalitarias de cualquiera inspiración.
Publicado el 04.01.2017
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El año que comienza verá el despliegue en muchas partes del mundo de un nuevo escenario político ampliamente dominado por los medios de comunicación, las encuestas, los movimientos de opinión pública, las redes sociales y los conflictos de identidades y símbolos. Los demás actores, aquellos que solían ser protagonistas en dicho escenario, tendrán que adaptarse: partidos, parlamentarios, gremios, académicos e intelectuales público, el Gobierno.

Es probable que en estas circunstancias las imágenes predominen sobre las ideas; los liderazgos mediáticos sobre los liderazgos tradicionales y las novedades sobre la historia, conformándose así un cuadro más cercano a la democracia de las emociones que a la democracia deliberativa.

De hecho, la esfera pública —el espacio más expresivo de la democracia deliberativa— es la principal damnificada del momento populista, nacionalista, posmoderno, anti-intelectual y anti-discursivo, sentimental y de resentimientos, que como una marea recorre a Occidente.

No es este el momento, decíamos, de los liderazgos articuladores, racionales, de ideas y concepciones de mundo, de comunicación “pesada” consonante con los ideales modernos, que buscan una coherencia de sentidos —al estilo de Obama en el norte, o de Lagos y Cardoso en el sur—, sino de aquellos liderazgos que interpelan los malestares y canalizan los temores y las inseguridades de la población.

Lo que ahora interesa en el espacio público no son propuestas de organización del futuro, que aparecen inevitablemente demasiado complejas, lejanas e inviables: cómo gobernar la globalización, distribuir la riqueza a nivel mundial, mantener viva la Unión Europea, re-balancear los poderes imperiales de EEUU y China, o salvar al capitalismo de sí mismo y sus tendencias destructivas o superarlo sin guerras religiosas ni por medio de Estados mafiosos o a través de regímenes autoritarios.

En cambio, lo que interesa es cómo dar curso y responder a los intereses concretos de innumerables grupos postergados y resentidos, al estilo Trump en EEUU: trabajadores desplazados, propietarios de vivienda endeudados, ciudadanos atemorizados, cristianos a la defensiva, jóvenes y adultos con menor educación, gente ansiosa de autoridad y jerarquía, supremacistas blancos, neoconservadores de cualquier laya, plutócratas, regiones y ciudades dejadas de lado por las industrias más innovadoras, etc.

Estos anhelos se expresan mejor en el lenguaje dicotómico de la política populista y la demagogia que mediante el discurso argumentativo de la deliberación democrática: pueblo contra elites, problemas de la gente contra ideologías, nación contra el enemigo interno, autoridad versus caos. O bien, en versión criolla: reformas contra status quo, nuevas generaciones contra el establishment, Estado frente a neoliberalismo, retroexcavadoras contra los que levantan murallas para mantener el orden condenado a desaparecer.

Se impone así la política de la no-política. Nada resulta más llamativo dentro del nuevo escenario político que la negación de la política por los políticos o aspirantes a serlo en nombre de lo social, o de la juventud, la anti-corrupción, las comunidades de base, la fraternidad, la pureza o la identificación con lo local, lo humano, la gente, las masas.

Es una suerte de abdicación a todo aquello que forma parte de la democracia en su momento propiamente político de instituciones representativas, discusión orientada por razones hacia el buen común, pluralismo de voces, libre intercambio de ideas, negociación racionalizada de intereses, convivencia pacífica, aceptación radical de las diferencias en la diversidad y construcción de equilibrios permanentemente cambiantes y renovados.

Es como si el nuevo escenario hubiese renunciado a esa construcción de un sistema que supone infinitas transacciones, redes que se forman y desaparecen, mandatos que buscan legitimarse, intereses que conversan entre sí, progresos parciales y nunca seguros, competencia por persuadir e imponer, hegemonías frágiles, intentos mil veces repetidos y muchas veces frustrados por contener las fuerzas des-igualadoras de los mercados mediante la mano visible de la ley, las regulaciones y las redistribuciones.

Una hipótesis posible es que el momento de renuncia a la política llega cuando los medios propios de ésta —de razón y legitimidad, de discurso y deliberación, de poderes plurales y competencia— no parecen ya en condiciones de hacerse cargo y de resolver, aunque solo sea parcialmente, los problemas generados y acumulados por la acción previa de la política y las políticas. Es el momento que precede a la tormenta.

Pues allí, en esas circunstancias propicias, comienza a abrirse paso la idea, o mejor la sensación, de que se necesita un cambio radical, un quiebre, una nueva figura —líder, mesías, grupo iluminado, causa abrasadora, ruptura o lo que sea— que ponga fin a los enredos y las transacciones y debilidades y corrupciones y opacidades de la democracia. Ya no se quiere más democracia, o sea más política, para salir adelante, si no que se dice: debe sustituirse la “vieja” democracia por una expresión distinta de la misma, como democracia autoritaria, popular, o derechamente ir hacia un período de post-democracia, cualquiera sea el significado que se atribuya a este término por los círculos revolucionarios posmodernos.

Este es, pues, el año que comienza con Trump y el Brexit, los Estados fallidos y mafiosos, las nuevas formas autoritarias de Erdogan o Putin, la Europa de las derechas nacionalistas donde parecen apagarse las últimas luces de la Ilustración y de unas izquierdas que no llegan más allá de los sentimientos anti-sistema.

Un año donde la principal prueba para la democracia estará puesta en la esfera pública y las condiciones para que la deliberación —y la razón— subsistan los embates de la anti-política y la pesadilla de un mundo refundado sobre bases no-democráticas, populistas, autoritarias, nacionalistas, sectarias o totalitarias de cualquiera inspiración.

En Chile, como suele ocurrir, este año que comienza nos toma por sorpresa y envuelto en querellas locales donde los fenómenos del nuevo escenario mundial apenas resuenan como débiles ecos. Tenemos nuestra propia crisis en ciernes de la democracia, el coqueteo de algunos de nuestros políticos por aparecer como no-políticos, el intento de algunos grupos y dirigentes por apelar más a las emociones que a la razón y de los media por estimular una opinión pública frustrada, ojalá rabiosa, propensa a integrarse en las mayorías del descontento.

En los próximos meses se verá si esa esa opinión pública reflejada en las encuestas gira más hacia soluciones novedosas como las que se van imponiendo a nivel mundial o hacia soluciones de mantención del status quo local. O bien, por qué no, hacia soluciones a medio camino entre ambas, que entonces permitan prolongar por cuatro años más la confusión actual.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

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