El epílogo de la Nueva Mayoría ha sido una suerte de comedia grotesca de los conflictos de la segunda mitad del siglo pasado. Con un ánimo de reivindicación tardío y forzado, se ha pretendido instalar una agenda que revive divisiones superadas por la inmensa mayoría de los chilenos, querellas que apenas sobreviven en los libros de historia, estertores del pasado que sólo animan a los espíritus atormentados por un revanchismo tan anacrónico como minoritario.
Publicado el 18.09.2017
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Septiembre es un mes especial para los chilenos, demasiados acontecimientos han ocurrido a lo largo de nuestra historia que lo han convertido en un símbolo de nuestra identidad. Desde la primera etapa, cuando Santiago es incendiado por los pueblos originarios, luego la instalación de la primera junta de gobierno que marca nuestra vocación de independencia, el ruido de sables en 1924 y, desde luego, el desenlace del quiebre de nuestra democracia en 1973.

Estos últimos días han tenido el eco de esos momentos de crisis, pero ha sido un eco sordo, el murmullo que irónicamente recuerda la famosa frase de Marx: la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como comedia.

Es que eso ha sido el epílogo de la Nueva Mayoría, una suerte de comedia grotesca de los conflictos de la segunda mitad del siglo pasado. Con un ánimo de reivindicación tardío y forzado, se ha pretendido instalar una agenda que revive divisiones superadas por la inmensa mayoría de los chilenos, querellas que apenas sobreviven en los libros de historia, estertores del pasado que sólo animan a los espíritus atormentados por un revanchismo tan anacrónico como minoritario.

Es una pena, pero me parece que los últimos días han estado marcados por la visión que la Presidenta Bachelet tiene de nuestra sociedad y de nuestra historia reciente. Como un ciudadano que, en este sentido, mira el acontecer nacional a través de los medios de comunicación me he formado la impresión de que es ella quien no ha logrado reconciliarse con nuestro pasado, quien sigue interpretando nuestro presente a través del cristal de las odiosidades pasadas, que no puede aceptar el punto de equilibrio al que hemos llegado y necesita modificarlo abriendo antiguas heridas.

Levantar el secreto del informe de la Comisión Valech y el eventual cierre de Punta Peuco son la máxima expresión de aquello; dejar a las Fuerzas Armadas prácticamente sin entradas para la parada militar o reaccionar sin el aplomo del Jefe de Estado en el Tedeum evangélico, son otras formas de expresar el estado de ánimo con el que la Presidenta cierra su rol protagónico en nuestra historia.

Es una pena, después de todo, este mes de septiembre ha permitido apreciar que la Presidenta nunca fue lo que pareció ser: la expresión de una izquierda capaz de reconciliarnos con nuestro pasado. Eso fue -o intentó ser- la Concertación, el Presidente Lagos, la socialdemocracia de los 90; pero la política socialista, hija de la familia militar, que se subía a los tanques y parecía el ícono del Chile reconciliado fue apenas un espejismo, una ilusión óptica que se ha develado de manera penosa en sus afanes ideológicos y reivindicatorios.

Con todo, septiembre no sólo ha sido un mes de crisis, también ha sido el punto de partida de nuestra identidad, de nuestro proyecto común de país. Chile no merece quedarse atascado en sus miserias, porque ha demostrado con creces que es capaz de superarlas y elevarse por sobre el sub continente latinoamericano. Este país ha hecho grandes cosas: ha superado una relación traumática con nuestros vecinos y hoy la integración marca la relación con argentinos y peruanos; políticas de Estado han levantado un nivel de infraestructura propio de país desarrollado en muchas áreas; los Presidentes Aylwin, Frei, Lagos, la propia Bachelet en su primera gestión y Piñera, marcan la estabilidad y continuidad de una democracia madura.

Este mes de septiembre ha mostrado con nitidez las dos opciones posibles: el revanchismo que mira al pasado, en su versión Nueva Mayoría o en su versión Frente Amplista, y la de la inmensa mayoría que quiere hablar del futuro, que quiere retomar una senda de progreso y unidad, que superó las heridas del siglo XX reemplazándolas por los desafíos del XXI.

Este septiembre ha permitido visualizar las alternativas de país que podemos elegir: el mes de las querellas pasadas o el mes de la unidad futura. Esto último es lo que conocemos como el mes de la patria, el mes de lo que nos une y no de aquello que nos divide.

 

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: FELIPE LOPEZ/ AGENCIA UNO

 

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