Lo que hay de llamativo en el reclamo y la protesta, más allá de las fantasías estatistas que ocasionalmente profetiza algún brujo de turno, es el deseo –intenso, impaciente– de que se cumplan las promesas de una modernidad tambaleante, todavía a medio camino. El descontento, malestar, o lo que sea, no remite a una experiencia puramente subjetiva.
Publicado el 01.11.2016
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¿Cómo entender la insatisfacción en épocas de abundancia y prosperidad? La pregunta quizá sea especialmente relevante para Chile: es un lugar común sostener que tras haber vivido una intensa “transformación económica”, los chilenos logramos acceder a un grado de consumo y bienestar sin precedentes en nuestra historia. Lo que se acusa, entonces, es cierta inconsistencia entre nuestra inédita riqueza y la atmósfera de reclamo y protesta, materializada con frecuencia como movilización, reivindicación de derechos sociales y rechazo de la política profesional vigente desde la transición democrática.

La manera más simple de resolver la tensión anterior es, desde luego, negar el fenómeno. O al menos, negarle toda especificidad al caso chileno, y sostener que simplemente forma parte de una tendencia mundial que, lejos de ser problemática, es simplemente un costo desafortunado (y algo desconcertante) del desarrollo.

De ser así, la conclusión sería más bien esperanzadora: aquí no hay nada que temer, sólo un mal que padecemos por acercarnos a los anhelados estándares de la OCDE. Así como Suiza, Estados Unidos o el Reino Unido tienen bajos niveles de participación sin que su estabilidad general se vea amenazada, nosotros padeceríamos la versión criolla del mismo fenómeno. La protesta, aunque se repita con cierta frecuencia, sería un síntoma más o menos irrelevante de un descontento sin consecuencias institucionales mayores.

Esta posición, además de ser un poco conformista, omite algunos datos relevantes. Uno de ellos es que varios de los países que lograron alcanzar el desarrollo lo hicieron por la vía del Estado de bienestar. Esta fue una alternativa histórica –ciertamente no la única– de aliviar los conflictos distributivos propios del capitalismo temprano y la violenta transición, guerras mundiales mediante, del siglo XIX al XX (del siglo largo al corto, como dijo Hobsbawm). El partido “Podemos”, por ejemplo, no se entiende sin una España que confirió por décadas un amplio catálogo de derechos sociales y cuyo deterioro fiscal recién comenzó a corroer este generoso régimen. La nueva generación de izquierda española es hija de un bienestar amenazado, pero que prometía durar para siempre. Es factible que esa frustración de expectativas, en conjunto con otros factores, haya dado origen a un tipo específico de crisis política. Demás está decir que Chile jamás ha experimentado un arreglo institucional semejante, y por lo tanto nuestras decepciones –cualesquiera que sean– remiten a otras fuentes.

Un segundo dato deriva del primero. La extensa y acelerada modernización capitalista (no una simple “transformación económica”) instaurada durante los años 80 en dictadura, y consolidada por los gobiernos democráticos posteriores, tuvo un arraigo insospechado quizá incluso para sus mismos promotores. Dicho arraigo es inseparable de la expansión generalizada de las creencias meritocráticas y de movilidad social.

Aunque la relación entre instituciones neoliberales y creencias meritocráticas diste de ser unívoca, éstas operan a la vez como causa y consecuencia de la expansión de aquellas: sin cierta expectativa de mérito, es improbable que las instituciones neoliberales tuvieran la validez inicial necesaria para producir efectos (a pesar de no haberse implementado por vía democrática). Pero, a la vez, las instituciones difícilmente hubieran durado tanto tiempo si no reforzaran, de uno u otro modo, la creencia en el mérito y la movilidad social. Las nuevas generaciones chilenas serán tan hijas del bienestar como las españolas (aunque con importantes diferencias de grado), pero se trata, al menos hasta ahora, de un bienestar alcanzado de manera diferente, por la vía del mercado y no la redistribución.

Estas observaciones, desde luego, están lejos de ser exhaustivas. Pero lo que hay de llamativo en el reclamo y la protesta, más allá de las fantasías estatistas que ocasionalmente profetiza algún brujo de turno, es el deseo –intenso, impaciente– de que se cumplan las promesas de una modernidad tambaleante, todavía a medio camino. El descontento, malestar, o lo que sea, no remite a una experiencia puramente subjetiva.

Por mucho consenso que haya en torno a la vigencia de la experiencia neoliberal en Chile (sea por el “triunfo” del mall sobre la marcha, en el caso de la derecha, o el hastío radical con el neoliberalismo anunciado por la izquierda), son muy pocos quienes realmente advierten la profundidad con la que dicha experiencia ha calado en nosotros. Vale decir, aunque tengamos en mente lo importantes que son las “hegemonías”, todavía nos cuesta tomarnos en serio, como dijo Isaiah Berlin, que las ideas tienen consecuencias.

 

Santiago Ortúzar, asistente de investigación, Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

Foto: VÍCTOR SALAZAR M. / AGENCIAUNO