El caso de Singapur es relevante para el Chile post-binominal. La atomización de partidos que generará el nuevo sistema electoral puede significar la irrupción de liderazgos populistas, testarudos, con pocas ganas de coexistir o ponerse de acuerdo en proyectos comunes.
Publicado el 27.01.2015
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El nuevo sistema electoral aprobado en Chile ha obligado a repensar no sólo cómo estructurar listas y candidaturas, sino también cómo se comportarán las instituciones y los partidos políticos. Por ahora, y hasta que no tengamos elecciones con el nuevo sistema, todas las teorías tendrán algo de ficción, pero de todas maneras podemos aprender de las lecciones que nos dejan otros regímenes políticos. Singapur es un buen ejemplo de las trampas que pueden acarrear los sistemas electorales cuando se hacen a la medida de unos pocos y no mirando el bienestar de toda la comunidad.

Singapur suele ser rescatado como un modelo de lo que hay que hacer en economía. Su modelo de gestión, libre y abierto al mundo, es atractivo para liberales y tecnócratas. Sin embargo, tras esta cortina mercantil se esconde un sistema político un tanto cuestionable, muchas veces criticado en esferas de ciencia política, y que ha permitido que el Partido de Acción Popular (PAP), de ideología de izquierda, haya sido el único grupo que ha ejercido el poder desde la independencia de este archipiélago en 1965. Es decir, por medio siglo.

Al igual que en el caso del PRI mexicano, la perpetuación en el poder del PAP se debería al absoluto control de las elecciones, pero no sobre la base de algo tan básico y pueril como “cambiar los resultados”, sino debido al manejo de las instituciones, las que son manipuladas con algo de trampa. Son muchas las argucias que se han ensayado para explicar el actuar del PAP en el gobierno, pero quiero rescatar únicamente tres: el gobierno ejerce un fuerte control sobre los medios (la prestigiosa agencia Freedom House ha categorizado a Singapur como un caso de “Prensa No Libre”, la peor categoría); existe un complejo sistema electoral que hace que la oposición, con un 40% de los votos, apenas cuente con 6 de 99 sillas en el Parlamento; y no contento con ello, el gobierno controla a la minoría, manteniéndola dividida en diversos movimientos políticos: hay casi 40 partidos constituidos, y se suele ridiculizar que en Singapur es más fácil armar un partido político que sacar licencia de conducir.

Esta facilidad para crear agrupaciones y agendas paralelas -por ejemplo, hay dos partidos laboristas, por peleas internas- es caldo de cultivo para la emergencia de egos y discordias, los que le han permitido al PAP ejercer su hegemonía de forma indeleble. “Divide para gobernar” reza el conocido cliché, y estos asiáticos lo han entendido muy bien.

El caso de Singapur es relevante para el Chile post-binominal. La conjunción de distritos con magnitudes electorales grandes (es decir, que eligen a 6 u 8 diputados y que pueden presentar hasta 9 candidatos) más la disminución de los requisitos para fundar nuevos partidos, hace pensar en posibles atomizaciones como las vistas en Singapur: si mi partido no me da el espacio, mejor armo uno nuevo y me presento a las elecciones. Eso suena muy atractivo en una primera lectura pero, a la larga, puede significar la irrupción de liderazgos populistas, testarudos, con pocas ganas de coexistir o ponerse de acuerdo en proyectos comunes. Y, probablemente, con pocas chances de tener representación parlamentaria o algún grado de influencia.

Ante esto la clave es una sola: unidad. La oposición chilena, especialmente la centroderecha -que cuenta con un apoyo no menor considerando las elecciones de los últimos 10 o 15 años-, no debe caer en el canto de sirenas que sugiere la atomización en nuevos referentes políticos. En este sentido, la idea de un partido único de centroderecha, propuesta por el senador Andrés Allamand, es interesante y debe ser estudiada en profundidad. Y si, pese a todo, surgen nuevos partidos o movimientos en la centroderecha, es imperativo que se encuadren bajo una sola coalición que no sólo les permita enfrentar elecciones de manera satisfactoria, sino que además otorgue directrices y encause proyectos comunes en los períodos no-eleccionarios. De esta manera la centroderecha podrá hacer frente a los recientes cambios institucionales de forma apropiada y exitosa. Algo que no sucede en Singapur.

 

Roberto Munita, Abogado y Master en Sociología. Estudiante Master in Political Management, George Washington University.

 

 

FOTO: HANS SCOTT /AGENCIAUNO