Como el contexto actual es el de un escepticismo más bien generalizado, el gobierno comenzó a hacer circular una minuta interna para los principales dirigentes de la Nueva Mayoría, a modo de defender y clarificarles las supuestas bondades de su programa de gobierno, que logrará cimentar “el legado”.
Publicado el 13.10.2017
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El calendario dictamina que pronto culminará la gestión de la Presidenta Bachelet, la cual fue acompañada por la música orquestada desde la Nueva Mayoría, y es por eso que se ha comenzado a hablar de manera precoz, según mi parecer, sobre lo que será “el legado” de su gobierno. Sin embargo, ella misma de alguna manera puso el tema sobre la mesa, ya que recientemente se refirió, con la mayor complacencia, a que gracias a su administración el Chile de hoy sería “más real”.

¿Hacia quiénes iría dirigido ese mensaje? Seguramente la Presidenta estaba pensando en ese reducido círculo de sus colaboradores más cercanos; en los últimos ministros sobrevivientes a los vaivenes de su gobierno; en algunos partidarios socialistas y, sobre todo, en los militantes del PC. Porque seamos francos, el listado de “realistas” no se extiende mucho más allá de eso, ya que al país en su conjunto este cuadro “a colores” no sólo no le cierra, sino que, además, simplemente no le acomoda.

Y como este es el contexto actual –el de un reinante escepticismo más bien generalizado–, el gobierno comenzó a hacer circular una minuta interna para los principales dirigentes de la Nueva Mayoría, a modo de defender y clarificarles las supuestas bondades de su programa de gobierno, que logrará cimentar “el legado”.

Todo esto me parece razonable (la minuta en cuestión), ya que la unión hace la fuerza.  Algo sine qua non en política. Sin embargo, me llamó la atención que fuese  necesario, hasta último minuto, explicarle a la Nueva Mayoría –y no al país–  lo favorable de las medidas que se emprendieron para darle mayor “realidad” a la nación, cuando fue ésta, en su conjunto, la responsable de permitir muchos de los cambios que llegarían de la mano de la era Bachelet. ¿Es que acaso nadie alcanzó a leer en su momento el programa de su líder?

Durante los últimos 27 años cada uno de los Presidentes logró imprimirle un sello a su mandato. Destaca la labor de Patricio Aylwin por otorgarle proyección democrática al país,  el énfasis de Ricardo Lagos para que nuestra economía fuese la más competitiva de América Latina, hasta el pragmatismo de Sebastián Piñera, quien a pesar del terremoto logró, de manera eficiente, sobrellevar la titánica labor de reconstruir al país. Pero independiente de los personajes y los matices de sus gobiernos (incluido el primer gobierno de Michelle Bachelet) todos mantuvieron un “legado” que los une: el de no querer emprender cambios abruptos; el de no querer escribir sobre una tabula rasa, como dijo el filósofo John Locke, como si el pasado no existiese; y, por último, el de gobernar perfeccionando y no borrando “de un plumazo” (en palabras de nuestra Mandataria) la plataforma institucional que hasta hace pocos años nos permitía ir avanzando.

Es con el correr del tiempo que se desarrolla un verdadero juicio histórico y serán otros los que estén a cargo de desmenuzar con mayor perspectiva lo ocurrido entre 2014 y 2017. Sin embargo, lo que se ha mantenido como una constante, a lo largo de toda nuestra historia, es que el desarrollo del país es sumamente sensible y se ha visto visiblemente afectado por las ideas de quienes ostentan el más alto cargo de gobierno.

En el caso de la actual administración, ya se advierte que su “legado” para el país será más en blanco y negro que a colores, porque fue poco innovadora a la hora de gestionar, porque quiso inculcar valores e ideas que no se adaptan a la realidad de países que han alcanzado el desarrollo, pero sobre todo, porque quiso gobernar como si Chile no tuviese identidad.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora

@LaPolaSchmidt

 

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR/AGENCIAUNO