Sería deseable que la flexibilidad y la compatibilidad con otras actividades se integraran de alguna forma al régimen más tradicional de trabajo, para así obtener ingresos más altos y estables, además de estar cubiertos por las leyes de seguridad laboral. El trabajo por cuenta propia es positivo en cuanto escale a un emprendimiento más grande o funcione como “colchón” o plataforma transitoria en los momentos de mayor dificultad económica.
Publicado el 30.05.2017
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Las cifras sobre empleo siguen en la agenda pública y no sólo por el número de personas sin trabajo. La semana pasada se dio a conocer el informe de la CEPAL y la OIT, donde se indica que Chile fue el tercer país de Latinoamérica en que más creció el empleo por cuenta propia en 2016. Un dato no muy sorprendente, luego de las consecutivas mediciones del INE que muestran el protagonismo que ha tomado este grupo en nuestra economía.

Esta información es importante debido a sus implicancias: precariedad laboral, menores ingresos e inestabilidad, entre otras. Sin embargo, hasta aquí la historia es conocida, pero incompleta. Existen también otros elementos positivos del trabajo por cuenta propia que deben tenerse en cuenta; después de todo, no se trata de pura carencia.

La mayoría de los trabajos por cuenta propia (vale también para los informales) otorgan más flexibilidad a sus trabajadores, lo que permite una compatibilidad con otras actividades. Esto lo convierte en un espacio preferente para insertarse en el mundo laboral, especialmente en el caso de mujeres, jóvenes, discapacitados, jubilados e inmigrantes. Los resultados de la última encuesta de microemprendimiento del Ministerio de Economía confirman esta situación. La misma medición nos revela que la gran mayoría de los emprendimientos en Chile son microemprendimientos donde, en muchos, no hay más trabajadores que el dueño. Otra de las características es que su dinamismo permite responder con mayor rapidez y eficiencia a cambios en la demanda: no caen ni las primeras gotas de lluvia cuando ya se están vendiendo paraguas, por ejemplo.

Ahora bien, sería deseable que la flexibilidad y la compatibilidad con otras actividades se integraran de alguna forma al régimen más tradicional de trabajo, para así obtener ingresos más altos y estables, además de estar cubiertos por las leyes de seguridad laboral. Algunas empresas ya han optado por el teletrabajo o las jornadas parciales, pero aún se podría seguir innovando en esta materia. El trabajo por cuenta propia es positivo en cuanto escale a un emprendimiento más grande o funcione como “colchón” o plataforma transitoria en los momentos de mayor dificultad económica. Nuevamente, los datos del ministerio respaldan esto último. Es más, el porcentaje de quienes ejercen el trabajo informal temporalmente es cuatro veces mayor que su contraparte formal. Esto nos indica que, en momentos de necesidad, esta modalidad de trabajo se presenta como la oportunidad más próxima, pero que la pretensión inicial es salir de ella.

Para abordar este problema no bastará con aproximaciones simplistas o dogmáticas, al menos si el objetivo es ayudar a los más desprotegidos. Si el diagnóstico sobre el trabajo en Chile se reduce a un mero juego de poder asimétrico (lo que ocurre en el programa de Beatriz Sánchez, enfocado únicamente en fortalecer el poder sindical), lo más probable es que se favorezca a quienes ya tienen empleo, pero haciendo más rígido el mercado para quienes están fuera de las empresas. Más allá de que esto sea o no deseable (como quienes opinan que los costos no justifican frenar los beneficios para los asalariados), lo primero es tener conciencia de que esto pueda suceder.

Las propuestas y visiones sobre el trabajo en las distintas candidaturas debiera ser uno de los temas centrales en las próximas elecciones. Después de todo, la calidad del trabajo y los ingresos son las condiciones más inmediatas que afectan a la pobreza y la desigualdad del país.

 

Sebastián Adasme, investigador Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

FOTO: FELIPE GUARDA/AGENCIAUNO